viernes, 18 de abril de 2014

TESTIGOS DE LA LUNA - Capítulo 1.

I

Derek y sus amigos están sentados en los sillones oscuros enfrente de la recepción. En lugar de paredes, la pequeña habitación está separada del resto por unas cristaleras que permiten ver quién circula por la puerta de entrada de la residencia. Para no perderse nada, han dejado la puerta, también de cristal, abierta, y así pueden escuchar las conversaciones de aquellos que se acercan a la recepción para recibir la llave de su nueva habitación. El curso está a punto de comenzar, y los estudiantes ya han empezado a llegar para asentarse en la que será su nueva vivienda durante al menos un año. 

-Como no vengan mejores tías que las del año pasado me pego un tiro –Spike, con los pies apoyados en una mesa de café del centro de la habitación, hace una mueca.
-Es imposible que sea peor, eso seguro –su amigo Owen abre y cierra distraídamente el imán de su cartera.
-Tú cuidadito –Derek lanza una mirada de advertencia a Owen.
-Relájate, sabes que tu hermana está en buenas manos –el interpelado pone los ojos en blanco-. Pero alegrarse un poco la vista nunca viene mal. 

Derek gruñe, expresando su descontento, pero lo deja estar; no tiene indicios de que Owen haya tratado mal a su hermana alguna vez. 

-Mirad.

El cuarto de los chicos, Axel, es el más callado y observador. Lleva un año menos que los demás en la residencia, pero es sin duda el que ha conseguido que salieran ilesos de casi todos los problemas en los que se habían metido. Axel señala con la cabeza en dirección a la puerta del edificio, que los jóvenes ven a través del cristal. Por la puerta está cruzando una chica que debe tener dieciocho años. Su pelo, castaño rojizo, le cae en ondas hasta más de la mitad de la espalda, donde sus caderas dibujan sinuosas curvas hasta llegar a su trasero, que se alza por unos vaqueros ajustados. Derek se pasa la lengua por los labios, humedeciéndolos. A primera vista es sin duda una chica deseable. 

La muchacha acarrea una maleta enorme, y detrás de ella hay un hombre y una mujer que deben ser sus padres, con las manos cargadas de cajas, paquetes y bolsas. Así que viene para quedarse. 

Spike silba y Owen se frota literalmente las manos. Derek vuelve a mirarle con reprobación y el novio de su hermana se cruza de brazos, molesto. 

-Creo que no vas a tener que pegarte un tiro –apunta Axel en referencia al comentario anterior de Spike.
-Un mes –dice de repente Derek.

Sus amigos lo miran, sin comprender exactamente a qué se refiere.

-Como mucho tardo un mes en conseguirla –hace un gesto con la barbilla hacia la chica, que ahora espera en recepción a ser atendida.
-Otras veces lo has hecho más rápido –se mofa Owen.
-Prefiero dejarme algo de margen con esta –se acomoda en el sillón, sabiendo que controla perfectamente la situación.
-Como quieras, pero después de un mes nos dejas paso –Spike se echa hacia delante como un depredador observando a su próxima presa.
-Dudo que eso sea necesario –Derek esboza una sonrisa de autosuficiencia.


II

Ayleen Miller camina insegura hasta la recepción de la residencia. No hay nadie atendiendo, así que tiene que esperar. No sabe muy bien por qué, pero se siente observada. Se gira para sonreír con nerviosismo a sus padres. Entonces un hombre calvo de unos cincuenta años se identifica como el conserje y le pide el documento de identidad a Ayleen. Introduce algunos datos en un ordenador que descansa en el mostrador y mira a la muchacha de forma tranquilizadora.

-¿Tu habitación era la…? –no termina la pregunta.
-Ciento dieci… 
-Amanda, deja que hable ella –susurra su padre, a lo que la mujer asiente.
-Ciento diecinueve –contesta Ayleen.
-Exacto, muy bien.

El conserje va a un armarito del que coge una tarjeta color celeste con el número 119 impreso en ella en letra grande. 

-Esta es la llave de tu habitación –se la entrega a Ayleen junto con unos papeles-. Y aquí tienes las normas, el horario de comidas y un formulario para que rellenes con los posibles desperfectos que pueda tener la habitación. También pone la clave de la conexión Wi-Fi. Si necesitas cualquier cosa, aquí estaré. Mi nombre es Phil.
-Gracias.

Ayleen camina, seguida por sus padres, algo desorientada hacia su habitación. Mira a las paredes en busca de alguna señal que le indique dónde hay un ascensor, porque con todos los paquetes las escaleras no parecen la mejor opción. Da una vuelta sobre sí misma una vez más cuando casi se choca con un joven que pasa por allí. Él la agarra de los brazos para que no pierda el equilibro y Ayleen siente que está a punto de romper a llorar, desmoralizada. 

-Hola –saluda él amistosamente-. Eres nueva, ¿no?

Ayleen  asiente con la cabeza. Al alzar los ojos para mirarle, se topa con una bonita sonrisa que decora el rostro de un joven de pelo rubio y ojos celestes. Es bastante guapo. 

-Y estás algo perdida, supongo.

Ayleen vuelve a asentir. 

-Por cierto, encantado –él saluda a los padres de la chica con la mano, y ladea un poco la cabeza para mirar a Ayleen-. Soy Connor. 
-Ayleen –le tiende la mano y él se la estrecha; el contacto cálido de sus dedos alrededor de los de ella le hace sentirse mejor.
-Soy uno de esos chicos que, como no tiene nada mejor que hacer y ya estuvo aquí el año pasado, enseña la residencia a los nuevos –su sonrisa se ensancha-. Puedo llevaros hasta tu habitación, y cuando tus padres se vayan te enseño cómo va esto. ¿Te parece bien?
-Sí, gracias –la chica está verdaderamente aliviada de haber encontrado a alguien amistoso y dispuesto a ayudarla.
-Venid –Connor hace un gesto con la mano para que le sigan. 

Les hace volver por donde habían venido, y al pasar por recepción Connor saluda alegremente a Phil, el conserje. Mientras tanto, Ayleen se da cuenta de una especie de habitación de descanso, cuyas paredes son de cristal, dentro de la que cuatro jóvenes con ropa oscura la miran al pasar. Ayleen aparta rápidamente la mirada, turbada, pero está segura de que ellos siguen observándola al caminar. 

Por fin llegan a un pasillo que comienza con una escalera, y a su lado un ascensor. Los cuatro se suben y lo cierto es que caben bastante apretados. Ayleen siente la piel suave del brazo de Connor contra la suya, y mira al suelo, sin saber qué decir. Él pulsa el botón con el número 1.

-¿Y qué vas a estudiar? –pregunta Connor con tranquilidad.
-Medicina –contesta ella antes de que lo haga su madre-. ¿Tú qué estudias? 
-Derecho –él esboza otra vez esa bonita sonrisa-. Quiero ser abogado. 

La puerta del ascensor se abre y los cuatro salen como pueden. Connor les acompaña por el pasillo de la izquierda, hasta que llegan a una puerta señalada con un 119 en letras celestes. 

-Ya hemos llegado –el estudiante mira a la chica y a sus padres-. Espero que no haya ningún problema. Estaré abajo, en recepción, para enseñarte tu nueva casa cuando termines.
-Gracias –dice Ayleen una vez más.

El joven de pelo rubio y ojos azules se marcha, llevándose su encantadora sonrisa a otra parte. Al menos Ayleen sabe que hay alguien dispuesto a llevarse bien con ella. Suspirando, entra a su habitación.


III

Natasha apoya las manos en el lavabo, agachando la cabeza. Su bonito pelo negro cae lacio hacia delante, inerte. Le duele la muñeca. En un momento de valentía se atreve a mirar las señales moradas que están empezando a salir donde él la ha sujetado con fuerza. No volverá a pasar, se dice a sí misma. 

-No –alza los ojos hacia el espejo y se lo dice a su reflejo. 

Tiene mala cara. Los ojos hinchados y húmedos, aunque se felicita a sí misma porque no ha llegado a llorar. No volverá a pasar porque él no volverá a hacerlo. No se ha dado cuenta. Es un joven fuerte, que todavía no es capaz de controlar su fuerza. Sólo pretendía que ella se quedara con él un poco más. 

Natasha se incorpora y va hasta su cama. Se sienta en ella, confusa. No está muy segura de lo que ha pasado. ¿Por qué le da tanta importancia? No ha sido nada. Pero le duele, porque le quiere. Es una estúpida. El amor es de débiles. Inquieta, se levanta y vuelve al baño. Se lava la cara y se peina. Alisa su ropa y se mira de nuevo al espejo. Sí, ahora está mejor. Respirando hondo, coge la llave de su habitación y sale de ella. Hoy ha empezado a llegar gente nueva a la residencia y seguro que hay alguien interesante a quien conocer.  


[Aquí tenéis el primer capítulo de la novela. Confío en que os haya gustado y espero que de ser así, me lo digáis en un comentario en el blog o mención en twitter, a ser posible ambas cosas. Os pediría también que si os gusta la recomendáseis a vuestros amigos. Seguro que tenéis alguien a quien le guste leer y que podría engancharse a la novela. Si no os gusta, os pediría que me dijéseis por qué, las críticas sirven siempre para mejorar. Os pido por favor que si tenéis twitter deis RT a este tweet: (pincha aquí) para difundir lo máximo posible la sinopsis de la novela. Espero que le deis una oportunidad a esta novela, le estoy poniendo mucho esfuerzo e ilusión, y vuestro apoyo significa mucho para mí. Gracias por leer.]

jueves, 17 de abril de 2014

SINOPSIS NUEVA NOVELA: "TESTIGOS DE LA LUNA"

"Ayleen Miller se muda a una residencia de estudiantes en Chicago para empezar sus estudios en medicina. Allí no conoce a nadie, pero un chico con chaqueta de cuero y pelo permanentemente revuelto se interesa por ella. Al mismo tiempo, Ayleen se hace amiga de Connor, un joven rubio de sonrisa encantadora que no está muy seguro de lo que siente por la muchacha. Ayleen llega a Chicago convencida de que sus años de universitaria van a ser los mejores de su vida, pero no tiene ni una leve idea de lo que puede llegar a ocurrir en ese tiempo. No sabe que conocerá la cara más oscura del amor, que descubrirá la pasión, que llorará y que las dudas la asaltarán por la noche, cuando mirando al techo de su habitación se pregunte si no estará cometiendo un error. No es consciente del papel que el chico de la chaqueta de cuero jugará en su vida, ni de lo que el joven rubio representará para ella. No sabe que a veces los suspiros, las miradas furtivas, los besos robados en un coche, los sentimientos más fuertes jamás experimentados pueden aparecer y desaparecer en un abrir y cerrar de ojos. Ayleen Miller está a punto de vivir algo tan poderoso como el mayor de los huracanes, que pese a su belleza salvaje siempre dejan tras de sí la destrucción."



Ahí tenéis la sinopsis de mi nueva novela. No va a ser fanfiction, no tiene personajes famosos en ella, pero aun así espero que la leáis y os guste, porque el estilo es parecido a las demás que he escrito, y la temática también. Os agradecería mucho que me dierais una opinión de esta introducción, y acepto críticas y sugerencias. Como siempre, sólo os pido que le deis una oportunidad y probéis a empezar a leerla para decidir si os gusta. Gracias por vuestro tiempo.

Ana.   

martes, 15 de abril de 2014

EN UN INSTANTE - EPÍLOGO.

Seguramente os preguntaréis qué pasó con nosotros. No sólo con Niall y conmigo, sino también con Steph y Harry, con los chicos, con ese grupo que tenían la esperanza de que triunfase, con Amber, con mis padres, con todas nuestras vidas. 

Es increíble lo mucho que cambian las cosas. Las personalidades se desarrollan, los sueños cambian, las pasiones se enfrían. Nietzsche decía que la vida es cambio. Le creo. 

En realidad, pienso que soy la que más ha cambiado. No pienso de mí lo mismo que pensaba antes, la forma de mi cuerpo ha cambiado –y mejorado, la verdad- y he comprendido las cosas que aquel psicólogo, Robert Lawson, me dijo. 

Mi relación con mis padres mejoró mucho en poco tiempo, aunque nunca ha llegado a ser una relación sin ciertas discrepancias. Amber empezó a volverse normal, porque las personas cuando maduran comprenden que una vida no puede basarse en la mezquindad, o al menos creo que ella lo comprendió. En ocasiones me pregunto si se avergüenza de lo que me hizo, pero no creo que su madurez haya llegado a tanto. 

Sobre los chicos… Dejaron el grupo. Y no fue porque por mucho que lo intentasen, no tuvieran éxito, sino porque empezaron a tener otra clase de preocupaciones, descubrieron que preferían mantener la normalidad y privacidad de sus vidas y dedicarse a otras aficiones. Niall se hizo profesor de música. Ahora cada uno vive en una ciudad diferente, pero todos los años se juntan al menos dos veces para recordar los viejos tiempos. 

Steph y Harry estuvieron juntos un tiempo, y sé que fueron muy felices. Sin embargo, cuando acabó el instituto, cada uno tenía sus ambiciones y no fueron capaces de compatibilizarlas. ¿Recordáis lo que os dije de que Stephanie tenía el perfecto perfil de una artista? En efecto, ahora mismo está viajando por toda Europa, presentando sus exposiciones de pintura y escultura, disfrutando de la vida con el ímpetu del que siempre ha hecho gala. Nuestra relación también se ha enfriado, por supuesto, pero nos seguimos llamando y viendo de vez en cuando. El trabajo de artista es muy satisfactorio, pero al mismo tiempo muy duro. 

No sé si os sorprenderá, pero yo estudié psicología. Pensé que debía haber muchos adolescentes por ahí que, con una sola conversación como la que yo tuve, consiguieran cambiar un poco su visión del mundo y aprender a ser felices. Así que a eso he dedicado mi vida.

Justo cuando estoy escribiendo esta frase Niall se acerca a mí por la espalda, sin que me dé cuenta. Soy consciente de su presencia cuando noto unos labios recorrer besando la línea de mi cuello. Giro la cara y sus labios rozan los míos, provocándome una sonrisa. 

-Te veo feliz –comenta Niall.
-Lo estoy –digo, minimizando el documento de Word en que estaba escribiendo. 
-Me gusta oírte decir eso –sus manos se posan en mis hombros, acariciándolos. 

Vuelvo a sonreír. Los ojos de Niall me miran con la misma intensidad que cuando teníamos dieciséis años, aunque ya han pasado unos cuantos. 

-¿Qué tal las clases? –le pregunto, levantándome de mi silla de escritorio.
-Pues un chico me ha dicho que quiere ser músico –me recoge un mechón de pelo detrás de la oreja, como siempre hace. 
-¿Y qué le has dicho? 
-Que puede serlo si lucha por ello –él me regala una de sus sonrisas.
-Vosotros podríais haberlo sido –le recuerdo, apoyando mis manos en su pecho y alzando los ojos para mirarle. 
-Lo prefiero así –sus labios rozan mi frente. 

Permanecemos un momento así, abrazados, yo recordando esos momentos de mi adolescencia cuando nos conocimos, él tal vez pensando en el presente, o en el futuro. 

-¿Qué te parece si vamos a cenar por ahí? –propone de repente.
-Me parece bien –me separo un poco de él. 
-Entonces voy a ducharme.

Niall se marcha al cuarto de baño para ducharse y yo me quedo guardando mi documento de Word y apagando el portátil. Voy hacia el dormitorio, donde la gran cama de matrimonio con las sábanas revueltas me recuerda lo que ha pasado en ella esa mañana, algo que jamás pensé que podría llegar a sucederme antes de conocer a Niall. Esbozando una sonrisa pícara, a pesar de saber que él no me puede ver, me dirijo al baño. Sin tocar, abro la puerta y me topo con Niall quitándose los pantalones. Su espalda desnuda está más musculada que cuando empezamos a salir, y sinceramente, así está incluso aún mejor. Deja los pantalones en lo alto del lavabo y se da la vuelta, pues ha escuchado la puerta abrirse. 

Sus ojos se iluminan al verme, y una sonrisa parecida a la de mi rostro aparece en el suyo. Me acerco hasta él y le beso, pasando una mano por sus bien formados abdominales. 

-Yo también necesito una ducha –digo en voz baja. 
-Sabía que hicimos bien comprando la ducha más grande –Niall me guiña un ojo-. Así hay hueco para los dos. 

Lo que viene después podéis imaginarlo. 

Al salir del baño, voy al armario y selecciono un vestido al azar. No es ajustado, nunca me han gustado los vestidos ajustados. De hecho tampoco me solían gustar los vestidos, pero como os he dicho antes, las cosas cambian. 

Niall se pone una chaqueta de traje y unos pantalones vaqueros. Con el pelo aún húmedo de la ducha, me ayuda a cerrar los botones traseros del vestido, depositando de vez en cuando algún beso en mi espalda. 

Salimos a la calle con calma, más bien paseando, cogidos de la mano.

-¿Te acuerdas de cuando nos conocimos? –pregunto después de unos minutos en cómodo silencio.
-¿De verdad crees que lo podría olvidar? 
-Hoy he estado pensando en ello –admito-. ¿Alguna vez pensaste que acabaríamos realmente juntos?
-Tenía la esperanza de que fuera así –Niall me mira con una sonrisa lánguida en los labios.
-¿Sabías que Stephanie y yo hicimos una apuesta sobre el viaje a Londres? 
-¿Ah, sí? –ahora su expresión es curiosa.

Asiento sonrojándome ligeramente. Hay cosas que nunca se pierden. No sé por qué nunca le había hablado a Niall de aquello. Creo que los dos preferíamos no comentar mucho el viaje a Londres, porque tuvo cosas muy importantes y decisivas pero otras poco agradables.

-Ella dijo que nos besaríamos. Y yo le dije que no pasaría.
-¿Por qué dijiste eso? 
-Porque pensaba que tú no me veías de esa forma –miro al suelo.
-¿Y qué apostasteis?
-Si ganaba yo, es decir, si no nos besábamos, Stephanie tenía que comprarse la prenda de ropa que yo quisiera y ponérsela un día para ir al instituto. Habría sido gracioso verla así –se me escapa una risa nostálgica.
-Pero ganó ella.
-Ganó ella –asiento con la cabeza-. Y yo tuve que comprarme un vestido. 
-¿Esa fue la apuesta?
-Sí. Puede parecer estúpido, pero yo odiaba los vestidos. 

Niall me mira de arriba abajo, parando los ojos un momento en mis rodillas descubiertas.

-Ahora nadie lo diría –bromea.
-Yo quería apostarme un millón de libras, porque estaba segura de que me haría rica, pero ella no quiso –recuerdo.
-Seguramente ella notó lo obvio que era que me gustabas.
-No lo era para mí –suspiro.

Él me pasa un brazo por encima de los hombros y me atrae hacia él. 

-Todavía no entiendo cómo pude gustarte –me acomodo al cuerpo de Niall.
-Igual que yo te gusté a ti.
-No es lo mismo –protesto-. Tú eras, y eres…

Me quedo callada, sin saber cómo expresar todo lo que sentí que era Niall cuando empecé a conocerle. Él sonríe, dándome un sonoro beso en la mejilla.

-Te quiero –me dice.
-Te quiero –le respondo.

Es increíble cómo puede cambiar tu vida en un instante. En un instante, Niall apareció en mi clase y puso mi mundo patas arriba. En un instante, todo estuvo a punto de romperse, pero fuimos capaces de volver a recuperarlo. En un instante, dos simples palabras, un “te” y un “quiero” unidos en una frase pueden hacer que tu corazón se acelere, aunque ya hayas escuchado esas palabras cientos de veces. En un instante, Niall apareció para quedarse. En este instante, yo no puedo sentirme más afortunada y dichosa de lo que me siento. 

FIN

[Aquí acaba. Espero que os haya gustado este epílogo y toda la novela en general. Quiero daros las gracias a todas las que habéis leído, en especial a las que se tomaban el tiempo de comentar y de animarme para que siguiera a pesar de que leía poca gente, no sabéis lo que significáis para mí. Gracias. Como siempre, esto no se acaba aquí, seguiré escribiendo, pero con otros personajes y otra historia diferente, que confío que leáis y os guste. Os pediría que me dejarais en un comentario lo que más os ha gustado de la novela y lo que menos (por ejemplo, vuestro capítulo favorito y el que menos os ha gustado, o el mejor y peor momento), porque de eso se puede aprender mucho. Una vez más, gracias. Os quiero. 
Ana]

domingo, 13 de abril de 2014

EN UN INSTANTE - Capítulo 28.

El domingo se me hizo eterno. Mis padres no parecían cansarse de preguntarme sobre lo que el psicólogo me había dicho pero lo cierto era que yo estaba flotando en mi nube y les respondía sin saber muy bien ni lo que estaba diciendo. El sábado por la noche había llamado a Steph para contarle la reconciliación, y mi amiga pareció realmente aliviada de que todo fuera a ser como antes. Mejor aún, en realidad. Tenía tantas ganas de volver a ver a Niall que, como no encontré nada que hacer para ocupar el tiempo, me puse a estudiar, lo que a mis padres les agradó bastante. 

-¿Qué estudias? –mi madre entró a mi cuarto al ver que la puerta estaba abierta.
-Historia –señalé el montón de apuntes que había esparcidos por el escritorio-. El profesor Jackson quiere hacernos una prueba sobre la historia de Londres, por lo del viaje y eso.

Pensé que si hubiera atendido más a lo que decía o hubiera entrado en la Torre de Londres seguramente no tendría que haber estudiado para la prueba, pero había tenido otras cosas por las que preocuparme y las visitas históricas me parecieron menos importantes.

-Cielo, ¿cómo te sientes? –se sentó en la cama y yo me giré en la silla para mirarla.
-Muy bien –dije, y era cierto.
-Me alegro de que ir al psicólogo te sirviera. ¿De verdad te dijo que sólo necesitabas una cita? –me preguntó por enésima vez.

Yo asentí con la cabeza. Ella pensaba que estaba mejor por la consulta, pero realmente era porque la relación con Niall se había estabilizado y parecía muy prometedora. Claro que quizás Robert Lawson también me hubiera ayudado un poco. Lo único que me importaba era que esa claridad con la que había empezado a verlo todo después del encuentro con Niall en el parque seguía filtrando mi visión del mundo. 

-Vale –mi madre se levantó de la cama con una sonrisa en los labios, se acercó a mí y me besó en la frente-. Sigue estudiando, cariño.
-Adiós, mamá –yo también le sonreí. 

Tal vez mis padres no fueran tan malos después de todo. Tal vez yo les veía frustrados conmigo por mi propia frustración. No lo sabía, todo lo que pensara en aquellos momentos estaba sesgado por el optimismo.

Ese domingo me fui a la cama antes que nunca; cuanto antes me durmiese, antes me despertaría, y a pesar de lo excitada que estaba porque al día siguiente vería a Niall de nuevo, mis ojos se cerraron rápidamente. Esta vez no soñé que me caía desde el London Eye, de hecho creo que no soñé nada. Lo que sí sé es que fue una de las noches que mejor dormí desde hacía mucho tiempo.

*~*~*

Miré al interior de mi armario, maldiciendo no tener nada especialmente bonito que ponerme. Tenía que ir a comprarme algo de ropa. Esperaba que Stephanie no se acordase, pero le debía comprarme un vestido por lo que había pasado en Londres. Al final, cogí lo mismo que me puse el día que los chicos nos llevaron al estudio. El jersey que mi amiga me había regalado era el mejor que tenía, pero como siguiera poniéndomelo tan frecuentemente parecería que sólo tenía una prenda de ropa. Esta vez, en lugar de recogerme el pelo, estuve un buen rato peinándolo con cuidado para dejarlo suelto, cayendo sobre mis hombros. No iba guapa, porque aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Tampoco podía hacer mucho más. 

En el autobús, Steph no paraba de dar saltitos de la emoción. Estaba claro que a ella no le había molestado todo lo que había pasado con los chicos, y había estado esperando a que yo decidiera reconciliarme con ellos para hacerlo ella también. Amigas tan solidarias no se encuentran todos los días. De repente me acordé de algo.

-Oye Steph.
-¡Dime! –respondió con su natural efusividad.
-¿Tú y Harry…? –dejé la pregunta en el aire.

A mi amiga empezaron a sonrojársele las mejillas, pero rápidamente se recuperó. Ella no era de las que se ponían coloradas.

-¿Yo y Harry? –alzó una ceja y me miró con picardía.
-Está claro que le gustas.
-Es normal que no pueda resistirse a mi encanto natural –dijo teatralmente con un movimiento de cabeza que hizo balancearse su pelo como en los anuncios de champú.
-¿Y tú al suyo?
-Mmm –se mordió el labio-. Digamos que lo veo un chico muy interesante.

Empecé a hacer como si diera besos imaginarios, y Steph se echó a reír.

-Para eso ya estáis tú y tu Niall –me chinchó ella.
-Y tú y tu Harold no tardaréis mucho –sonreí con la autosuficiencia de un adivino.
-Te veo genial –dijo mi amiga, con un aire más serio.
-Lo sé –admití-. Me siento bien.
-Jamás pensé que te escucharía decir eso –bromeó Steph.
-Bueno, ya me iba tocando –sonreí.

El autobús terminó su trayecto y nos dirigimos hacia la entrada del instituto. Fui a mi taquilla y casi me dio un infarto cuando lo vi. Niall tenía la espalda descansando en mi taquilla, con las manos metidas en los bolsillos de los vaqueros y una rodilla doblada, con el pie apoyado en el casillero. Tenía la mirada perdida pero en sus labios se dibujaba un asomo de sonrisa. Pensé que era perfecto. 

Steph alzó las cejas y silbó bajito. 

-Me voy a clase ya, te dejo con tu amorcín –y se marchó.

Yo me acerqué a Niall, sin ocultar yo también una sonrisa. No estaba muy segura de cómo actuar. Pero Niall me sacó de dudas.

-Buenos días –dije, algo nerviosa.
-Buenos días –uno de sus brazos rodeó mi cintura para atraerme hasta él y darme un corto beso. 

Estoy segura de que la gente se nos quedó mirando, sorprendida. ¿Cómo era posible que una chica como ella estuviera con alguien tan guapo como él? Pensarían las chicas mirándome con envidia. ¿Ycómo era posible que un chico como él hubiera escogido a una chica tan fea como ella? Dirían los muchachos, pensando tal vez que Niall estaba loco. Pero no me importó.

Sonreí en los labios de Niall y le di otro breve beso. 

-Sí, son bastante buenos –dije.
-Más que desde hace mucho tiempo.

Niall me recogió un mechón de pelo detrás de la oreja, deteniéndose un momento para acariciar mi mejilla. Cerré los ojos ante el contacto y dejé que mi corazón se desbocara. Qué bien se sentía aquello. Cuando abrí los ojos, Niall me estaba mirando con intensidad. Sus ojos azules se clavaron en los míos y me perdí en ellos, literalmente, porque no conseguía dejar de mirarlos.

Fue él quien se apartó cuando sonó el timbre para entrar a clase. Yo abrí la taquilla y saqué los libros que necesitaba.

-¿Niall? –lo miré tras cerrar la taquilla.
-¿Sí?
-¿Los chicos lo saben?

Asintió con la cabeza y soltó una especie de risa paternal.

-Aunque están esperando a confirmarlo con sus propios ojos.
-Pues habrá que demostrárselo –sonreí con cierta timidez.
-Eso he pensado yo.

Echamos a andar hacia nuestra aula, sin prisa, porque de todos modos ya sabíamos que íbamos a llegar tarde.

-Una cosa más –dejé de andar.
-Dime.
-¿Ellos sabían que yo… te interesaba? Porque Louis estaba siempre intentando emparejarnos… -me miré los zapatos.
-Yo no se lo había dicho –me contestó él-. Pero era obvio, se notaba a leguas.
-Pues yo no lo noté –fruncí el ceño. 
-Menos mal, porque cada vez que hablaba contigo luego pensaba que había dicho alguna estupidez –Niall respiró hondo, como aliviado.
-Así me sentía yo –confesé.
-¿Ves? Estamos hechos el uno para el otro –me robó un beso.

Estábamos ya en la puerta de la clase cuando Niall, antes de tocar, sonrió divertido.

-¿Cómo llevas eso de hacer dibujitos en la superficie del café? –lo preguntó en tono irónico, porque estaba perfectamente claro que eso no me interesaba lo más mínimo.
-Ja, ja, muy gracioso –le di un golpe en el brazo, aunque sin intención de hacerle daño; de todos modos, con mi poca fuerza no le habría hecho daño ni aunque hubiera querido.
-En serio, porque puede que esté interesante pero los libros hay que devolverlos a la biblioteca antes de que termine el plazo –me miró de reojo, aún sonriendo.

Yo me llevé una mano a la boca. Ni siquiera me acordaba de que tenía aún el libro, así que no, no lo había devuelto. Y tal vez hubiera terminado ya el tiempo del préstamo. 

-Veo que todavía lo tienes –negó con la cabeza, divertido-. En ese caso, algún día me tienes que enseñar. El arte del latte tiene que ser algo muy interesante. 

Le di otro golpe y Niall me besó una vez más. Aquello definitivamente no podía ser real. Era demasiado bonito, demasiado imposible para mí. Disimuladamente, me pellizqué en el brazo. Sí que dolió. Así que era real. Y yo… bueno, yo era feliz. 

[Bueno, pues este es el penúltimo capítulo, y esto está llegando ya a su fin. Espero que os haya gustado, y os pido por favor que comentéis en el blog, me mencionéis en twitter o mejor aún, ambas cosas, con vuestra opinión. Hacedme saber si leéis, por favor. Gracias por leer.]

viernes, 11 de abril de 2014

EN UN INSTANTE - Capítulo 27.

El parque era muchísimo más pequeño que en Hyde Park y me sería fácil buscarle. Si todavía seguía allí, significaba que verdaderamente quería hablar conmigo y era capaz de esperar todo lo que hiciera falta. Si no… bueno, consideraría que yo era prescindible en su vida. Al menos yo lo pensé así en aquel momento.

No tardé mucho en localizarlo. Estaba sentado en un banco que quedaba justo enfrente de una bonita fuente, cuyos chorros de agua dibujaban intrincadas formas en el aire. Se veía como un cuadro del Romanticismo, ahí sentado con cierto aire melancólico. Sería demasiado difícil intentar capturar a Niall en un cuadro. Todo él era vida, y representarlo inmóvil para la eternidad sería como matar lo que Niall era. Me sentí repentinamente angustiada, con miedo a perderle.

Caminé hasta él sin intentar ser sigilosa, y en efecto giró la cabeza para ver quién se acercaba. Sus ojos se abrieron ligeramente al verme, y estuvo a punto de sonreír.

-Dicen que la paciencia es una virtud –comentó él antes de que yo dijera nada, levantándose del banco.
-Y tienen razón.
-He llegado a pensar que no viste mi nota.
-La encontré por casualidad. Pero sí la vi –reconocí.

Niall asintió. No parecía molesto porque hubiera llegado tan tarde, más bien se le veía aliviado, aunque no sé lo que podía estar pasando por su cabeza.

-Sólo quiero saber una cosa –las palabras salieron de mis labios casi sin mi permiso.
-¿Qué?
-¿Por qué le dijiste a tu hermana lo que Steve Evans había dicho de mí? –inquirí.
-¡¿Qué?! –se le veía totalmente estupefacto- ¡Yo no le dije nada! ¿Cómo piensas que yo sería capaz de algo así?
-Bueno, en el hotel ella… ella nombró al manager, ¿recuerdas?

Ahora sus ojos se abrieron por completo.

-Te juro que no se lo dije. Jamás haría eso –frunció el ceño tanto que pensé que sus cejas se iban a juntar-. Quizás…
-Niall –de nuevo las palabras surgieron antes de que las pensara.
-¿Sí?
-Da igual. Si tú me dices que no se lo has dicho, te creo. Puede que estuviera allí y también lo escuchara, o que te pusiera un mini micrófono conectado a un satélite en la ropa para enterarse de todo, es que me da igual. Pero…

Niall me puso con delicadeza un dedo en los labios, haciéndome callar ahora él a mí. El contacto me erizó el vello. Mi corazón volvió a latir con fuerza. Los ojos celestes de Niall me miraron otra vez con intensidad. Como aquella noche a la salida del pub.

-Lo he hecho mal. Todos, los chicos lo hemos hecho mal. Y no tienes ni idea de cuánto nos arrepentimos de ello, porque tememos haberos perdido. Yo temo haberte perdido –confesó mientra su cara parecía cada vez más aliviada, como si estuviera quitándose una enorme piedra de la espalda-. Te mentiría si te dijera lo que siento, porque no lo sé. Sé que me gustas, y que no puedo soportar que estés enfadada conmigo, y la idea de que no quieras volver a hablarme se me hace imposible. Así que no, no sé lo que siento. Pero es mejor así, ¿no? Dejar lo que sea que hay aquí –se señaló el pecho- que evolucione, que cambie, que me mantenga expectante… Lo que sí sé es que eres muy especial, tanto que casi me da miedo. Desde el principio, en realidad, vi en ti algo que me capturó. Tampoco me preguntes qué es. Eres tú, supongo, simplemente tú. Por favor…

No puedo describir lo que sentí en ese momento porque usar palabras para ello sería directamente un delito. Pero sacando mi lado más peliculero y valiente, le besé. Pegué mi cuerpo al suyo con fuerza, ansiando ese contacto tanto que casi empezaba a doler. Enrosqué mis manos en su cuello, y entre su pelo, y siguiendo la línea de su espalda. Dejé que mis labios se encontrasen con los suyos sin importarme si lo hacía bien o mal, sólo quería sentirle, sentir que todo aquello era verdad, que realmente me estaba pasando a mí. Niall respondió con la misma intensidad que yo mostré. Sus manos bajaron por mis costados, como el artista que moldea una escultura, su pecho, que subía y bajaba entrecortadamente, tocaba el mío haciéndome sentir que todo había adquirido un ritmo rápido, desenfrenado, apasionado. Yo ni siquiera sabía lo que era la pasión, pero en ese instante estaba segura de que aquello era bastante buen ejemplo de un momento apasionado. Las manos de Niall subieron por mi espalda, haciéndome estremecer, casi quemándome en cada centímetro que rozaba. Acariciaron mi cuello hasta sostener mis mejillas con suprema delicadeza. Separó sus labios de los míos y me miró con una sonrisa en los labios.

-Lo siento –murmuró, y me dio un corto beso.
-Todos tenemos ciertos secretos que nos cuesta contar –mis manos seguían jugando con su pelo rubio-. Yo, por ejemplo, soy una excelente bailarina de danza del vientre.

Él soltó una carcajada y yo le imité. Me sentía mucho mejor. A veces es mejor dejar las cosas ir. Puede que nos enfademos con alguien, pero nos sentimos mejor cuando todo vuelve a ser como antes. Ese es el precio que hay que pagar por estar tan ligada a una persona.

-¿Puedo abrazarte? –preguntó Niall de repente.
-Me encantaría que lo hicieras –sonreí.

Sus brazos se abrieron y me rodearon, estrechándome con fuerza contra sí. Me sentí tan reconfortada que parecía un sueño. Los músculos fuertes de sus brazos contra mi costado me hicieron sentir un cosquilleo en el estómago que quizás fueran esas mariposas de las que a veces la gente habla. Notaba la respiración, ahora más regular, de Niall en mi cuello, y el latido de su corazón quedaba justo en mi oído. Niall estaba allí. Era real. Era para mí. Lo apreté con fuerza y el respondió al achuchón con otro. Me dio un leve besito en el cuello que me hizo encogerme, lo que debió parecerle gracioso porque me regaló una de sus risas musicales.

-Hagamos una cosa –dijo él de repente.

Alcé la vista para poder mirarle.

-¿El qué?
-Siéntate ahí –señaló el banco.
-Vale –me senté, y él desapareció de mi campo de visión.

Niall se sentó a mi lado, mirándome con los ojos curiosos de alguien que te ve por primera vez.

-Hola, soy Niall Horan –me tendió la mano y yo se la estreché-. Mi madre es la mujer del director de tu instituto. Mi hermanastra se llama Amber. Cuatro amigos y yo tenemos una banda y hemos venido aquí a intentar hacer amigos que nos ayuden en esto. Encantado de conocerte.
-Encantada –antes de que pudiera presentarme yo, él volvió a hablar.
-Ah, se me olvidaba. No te asustes pero… creo que me estoy enamorando de ti.

Sonreí. Sí que estaba asustada. Todo eso siempre me ha asustado. Amar implica resultar herido con mucha más facilidad que si no lo hicieras. Pero también implica tener a alguien en quien confiar, alguien que te abrace cuando te sientes mal, alguien que te diga que eres maravillosa aunque tú pienses que mienten. Quizás Robert Lawson tuviera razón y necesitara reconciliarme con mis amigos, con Niall. Ahora me sentía mejor. Tenía la sensación de que todo se veía más claro, más brillante, mejor. De hecho ahí estaba Niall, con su sonrisa maravillosa y sus ojos resplandecientes, mirándome a mí y sólo a mí. Ese nuevo comienzo fingido con él podía ser lo mejor. Sin ocultar cosas, sin mentiras, sin enfados ni sentimientos de traición. Sin pensarlo, me incliné hacia Niall y le besé. 

[ASDFGHJKLÑ. ¿Qué os ha parecido el capítulo? Supongo que ya teníais ganas de algo así. ¿Qué es lo que más os ha gustado? Qué pena, ya se está acabando la novela... ¡Pero aún queda algún capítulo más! Por favor, comentad aquí en el blog y por mención en twitter, ambas cosas a ser posible. Prefiero una frase corta a que no me digáis nada, en serio, porque los comentarios siempre motivan a escribir. Espero que os hayan gustado los dos capítulos y gracias por leer]

EN UN INSTANTE - Capítulo 26.

Con la determinación de saber lo que haría al día siguiente, logré quedarme dormida. Así que es cierto que el ser humano necesita un objetivo, algo de seguridad, pues el caos no le permite vivir. Al menos no a mí. También tengo que reconocer que el hecho de que Niall siguiera interesado en que todo volviera a ser como antes me reconfortó. Esa noche soñé que estaba en el London Eye, y de alguna forma inexplicable me caía desde lo más alto de la noria. Os podéis hacer una idea de cómo estaba mi mente en aquel momento.

-Arriba dormilona -escuché una voz extremadamente alta, y abrí los ojos tras parpadear varias veces.

La luz que entraba por la persiana levantada me deslumbró, y volví a cerrar los ojos y a taparme la cara con la sábana. No había dormido bien y estaba cansada.

-Vamos -me urgió mi madre-. Hoy es un día muy importante.
-¿Porque un psicólogo me va a decir que estoy loca? -farfullé entre la manta.
-Eso son los psiquiatras, cariño -respondió mi madre con voz de estar haciendo gala de infinita bondad y paciencia-. Este psicólogo te hará sentir mejor. La orientadora de tu instituto nos lo ha recomendado.
-La orientadora de mi instituto desorienta más de lo que orienta.

Mi madre debió encontrar gracioso el comentario porque la escuché reír, acontecimiento que llevaba mucho tiempo sin presenciar. Tal vez era porque estaba nerviosa ante lo que nos esperaba. No estoy segura.

Noté que tiraba de la sábana, dejando mi cabeza al descubierto. Debía tener unas ojeras de campeonato porque mi madre me miró horrorizada.

-¿No has dormido bien? -me preguntó, aunque la respuesta era evidente.
-La verdad es que no -hice que se notara que no me apetecía hablar de ello; de todos modos incluso si me hubieran preguntado directamente no les habría contado lo que me pasaba.
-Pues andando, que tenemos que coger el coche, no está cerca -mi madre tiró aun más de la manta.

Me estremecí de frío y eché a mi madre de mi dormitorio fingiendo una sonrisa.
En cuanto cerré la puerta y me quedé sola en el cuarto, mi cara volvió a ser la que reflejaba lo que sentía en mi interior. Sin importarme demasiado, saqué un pantalón y una camiseta aleatoriamente del armario. En la camiseta aparecían tres palabras una debajo de otra, a cada cual más grande: "ME, MYSELF, I". Era un mensaje bastante acorde a mi personalidad. Estaba siempre encerrada en mí misma, y nunca fui muy de relaciones sociales. Por eso lo que estaba pasando ahora me afectó tanto, supongo.

Me recogí una cola, que no me favorecía en absoluto pero me resultaba cómoda y era rápida de hacer. En el desayuno me comí los cereales con esfuerzo, para evitar un camino de interrogatorio sobre qué me pasaba por parte de mis padres hasta la consulta del psicólogo. No debieron darse cuenta de que me pasaba algo, o tal vez sí lo vieran pero no quisieron preguntarme nada, los padres son así de incomprensibles; parece que no pero lo meditan todo con respecto a sus hijos.

En el viaje en el coche le pedí a mi padre que pusiera la radio y cuando sonaba alguna canción que conocía, la tarareaba, intentando aparentar serenidad y confianza.

El edificio donde se encontraba la consulta me resultó incluso demasiado sencillo. Parecía un bloque de pisos normal y corriente, donde viviría gente igual de normal y corriente. Lo que yo no sabía es que todo eso ya formaba parte de la terapia. En efecto, un edificio blanco con una jeringuilla dibujada en la puerta no habría hecho sentir mejor a nadie, y si vas al psicólogo es porque necesitas sentirte mejor. O porque tus padres te obligan. Mi madre se bajó conmigo del coche y mi padre fue a buscar aparcamiento. Miramos en la tarjeta de visita que la orientadora le había dado a mis padres y ponía:

Dr. Robert Lawson – Psicólogo.
Silver St. nº 26, 4ºE

La puerta del edificio estaba abierta, y al entrar se veía un bloque residencial de lo más común. Llamamos al ascensor y cuando se abrió, salieron de él dos muchachos que iban cogidos de la mano y no paraban de sonreír. Me pregunté si precisamente no habrían terminado una sesión con el psicólogo. Iban demasiado felices para ello, ¿no? No estaba segura.

Al llegar al 4ºE y tocar al timbre, un tipo joven bastante guapo vestido con ropa de diario nos abrió al instante. Nos invitó a pasar a una pequeña salita de espera decorada con un elegante toque moderno y nos dijo que nos llamaría en un segundo. Siempre detrás de mi madre, fui hacia donde el recepcionista nos había dicho y me senté en un mullido sillón negro. Mi madre se sentó junto a mí, aún con la tarjeta en la mano, que, por cierto, le temblaba. No me había parado a pensar que tal vez ella también estuviera nerviosa. Suspiré y me imaginé cómo sería el tal Doctor Robert Lawson. Tan solo por el nombre ya me dio la sensación de que debía tener por lo menos sesenta años. Seguro que me tumbaba en el diván y me hacía preguntas absurdas. Suspiré de nuevo.

El joven entró en la salita de espera y, con una sonrisa, dijo mi nombre, informándome de que era mi turno. Mi madre se levantó a la vez que yo, y entonces cayó en la cuenta de que mi padre todavía no había llegado.

-¿Le importaría al doctor que esperemos un minuto? Mi marido está aparcando el coche y debe estar al llegar, no querría empezar la consulta sin él –dijo mi madre, adoptando un tono formal que yo no estaba acostumbrada a oírle.

El recepcionista sonrió, como si eso le hubiera ocurrido ya mil veces.

-Verá, es que quien tiene la cita es ella –me señaló-. Y el doctor –dijo con un deje de diversión que no entendí- quiere atenderla a ella en privado.
-Pero…
-Esa es su forma de trabajar –se limitó a argumentar, y me hizo un gesto invitándome a ir con él.

Le seguí, mirando a mi madre con preocupación. Yo era de aquellas que iba al médico y cuando éste preguntaba qué me pasaba, miraba a mi madre para que respondiera ella. Yo solía estar callada, dejando que los demás hablasen por mí. Pero estaba claro que esta vez no iba a ser lo mismo.

-Adelante –abrió una puerta y me hizo un gesto para que pasara.

Entré en una habitación bastante amplia, con un escritorio de cristal encima del cual se encontraba un ordenador portátil y que identifiqué como el lugar de trabajo del psicólogo. Busqué los típicos diplomas que se supone que suele haber colgados en las paredes pero no había absolutamente nada de eso, sino que una pared estaba recubierta al completo por una estantería llena de libros –novelas, no enciclopedias- y las otras tres tenían diversos cuadros famosos, entre ellos los Nenúfares de Monet. Era una imagen reconfortante, y más para mí, que me sentía verdaderamente cómoda entre libros. No había diván, lo que me relajó muchísimo, pero aparte sentía que faltaba algo en esa habitación.

Mire al recepcionista, que esperaba pacientemente a mi lado.

-¿Y dónde está el docto…?

Antes de terminar la pregunta lo entendí. Por eso había dicho lo de “el doctor” con ese tono divertido cuando mi madre lo había nombrado. Ese joven atractivo no era el recepcionista. ¡Era el psicólogo! ¿De verdad se podía ser psicólogo siendo tan joven? ¿Y tan guapo? Fruncí el ceño y él asintió con la cabeza, sabiendo perfectamente lo que yo estaba pensando.

-Las apariencias engañan –el doctor Robert Lawson me mostró una bonita sonrisa y se dirigió hacia su mesa-. ¿Te apetece sentarte?

Me sorprendió que me lo preguntase como una auténtica cuestión y no como una sugerencia cortés. Es decir, normalmente te preguntan si quieres sentarte para que lo hagas, pero él no, lo estaba dejando totalmente abierto a mi elección. Claro que no sabía si quedarme de pie sería una buena idea, así que me encogí de hombros. Me senté en una de las dos sillas de escritorio que había frente al ordenador, y para mi sorpresa, el joven psicólogo en lugar de ocupar la que le correspondería tras el escritorio, se sentó en la que había a mi lado, que supuestamente debía ser para los pacientes.

-¿Te molesta que me siente aquí?

Negué con la cabeza, aún algo desubicada ante el hecho de que el psicólogo no tuviera nada que ver con lo que yo pensaba que sería.

-Por cierto, ¿cuántos años tienes? Tu madre parecía tener muchas ganas de entrar contigo… -dijo él como si fuera un comentario totalmente aleatorio.
-Dieciséis –respondí-. Y mi madre quiere controlar todo lo que hago.

No me di cuenta pero estoy segura de que Robert me miraba con atención, captando cada palabra que decía y cómo la decía, analizándome ya desde el principio.

-Ya se sabe que las madres…
-Dudo que todas las madres sean así –protesté-. La mayoría seguramente estén más conformes con lo que su hija es que la mía.
-¿Y qué eres?

Me quedé callada. La pregunta me había pillado desprevenida. No tenía ni idea. ¿Qué era? Aparte de una persona poco agraciada con ningún talento destacable… nada. El psicólogo interpretó de alguna forma mi silencio, porque asintió con la cabeza y me regaló otra bonita sonrisa.

-Es difícil saberlo con dieciséis años, ¿verdad?
-Mucho –exhalé un suspiro.
-¿Quieres que te ayude?
-¿A qué? –lo miré con recelo.
-A responder a mi pregunta.
-¿La de quién soy?
-La misma.
-No creo que eso sea por lo que mis padres me han traído aquí –empecé a juguetear con el borde de mi camiseta, lo que no me gustó porque permitía ver mi nerviosismo, pero no podía morderme la cara interna de la mejilla y hablar a la vez.
-¿Por qué te han traído, entonces?
-Porque según ellos no debo conformarme con ser mediocre y soy rara. No soy la hija que querrían tener y piensan que un psicólogo puede arreglarme –me sentí repentinamente enfadada con mis padres.
-¿Eso te han dicho? –las cejas de Robert Lawson se alzaron levemente.
-No con esas palabras, claro –puse los ojos en blanco-. Bueno, lo de mediocre sí. Pero lo demás sé que lo piensan.
-¿Y tú crees que eres mediocre?
-Sí –dije con total naturalidad, y ahora me sorprendo de lo sencilla que me resultó la conversación con aquel hombre en comparación con lo que a mí me costaba hablar con desconocidos.
-¿Por qué?
-Porque no soy especial en nada.
-¿Segura que no? Piensa un poco…
-Bueno, mis amigos dicen que sé cantar –dije con reticencia.
-¡Vaya! –sus ojos se iluminaron- ¿Me cantas algo?

Inmediantamente me puse colorada, y negué con la cabeza varias veces, asustada.

-Bueno, como quieras –el psicólogo fingió hacer pucheros, lo que me provocó una sonrisa.
-En realidad creo que tampoco soy especialmente buena en eso –recordé lo que Steve Evans había dicho de mí.
-Cuando metemos una varilla en un vaso de agua, creemos que la varilla se dobla y en realidad no es así. Las apariencias engañan, repito –me guiñó un ojo-. Entonces, cuéntame algo de tus amigos.

Mi cara debió cambiar, porque la suya también cambió ante mi reacción. En esos momentos la situación con mis amigos era un poco precaria.

-¿Cuántos son? –cuestionó él antes de que yo no supiera qué decir.
-Supuestamente, seis.
-¿Supuestamente?
-Es complicado –tiré de un hilo de mi camiseta y lo arranqué.
-Estudié una carrera para algo –bromeó.
-Se podría decir que nos hemos… molestado los unos con los otros.

Le resumí un poco por encima la historia. Omití a Amber y la parte romántica con Niall, pero al final Robert tenía una idea de cómo de patas arriba estaba mi vida.

-¿Y cómo te sientes respecto a eso? ¿Les echas de menos? –se inclinó un poco hacia delante, hacia mí; tenía unos ojos marrones, casi negros, impresionantes.
-Sí –admití, pensando sobre todo en Niall.
-Eso es señal de que siguen siendo tus amigos. Reconciliaos o luego os arrepentiréis –me recomendó el psicólogo.
-No es tan sencillo –miré al suelo, y me resultó absurdo decirle eso a él, como si yo fuera la experta de la vida y él mi aconsejado, y no al revés.
-La vida es sencilla. Somos nosotros los que la hacemos complicada –sentenció el joven.

Me estuvo haciendo algunas preguntas más, aunque las enfocaba de modo que no parecía un interrogatorio sino una conversación fluida. Le conté cosas sin importancia psicológica alguna sobre mi vida, pero sé que también dije otras más profundas, que le permitieron hacerse una idea de cuál era el estado de mi mente.

-Sólo te pido una última cosa –dijo él tras preguntarme cuál era mi color favorito.
-¿Qué?
-Si tuvieras que elegir tres palabras, de entre todas las que hay en el diccionario –volvió a sonreír-, para definirte, ¿cuáles serían?

Hice una mueca con los labios y guardé silencio, pero estaba vez Robert Lawson sabía que estaba pensando y no habló hasta que yo lo hice.

-¿Por qué siempre son tres? Tres palabras para definirte, tres cosas que llevarte a una isla desierta, tres deseos que pedirle al genio…

Él soltó una carcajada.

-Está bien, dos palabras.
-Fea y gris –no dudé.
-Mmm… -mis dos palabras no parecieron gustarle- La gente no suele usar colores para definirse, pero entiendo a lo que te refieres. Aunque no comparto tu opinión. Una persona gris no sería capaz de hacer a otra reír en tan poco tiempo, ¿no crees?

Me encogí de hombros, sin saber qué decirle.

-Y ya sé por qué no sabes quién eres –hizo una pequeña pausa para darle suspense al asunto-. Piensas que tu aspecto te define, pero la apariencia física cambia y la persona que hay dentro de esa cáscara no. Por ejemplo, ¿crees que si yo esta tarde perdiese un brazo sería otra persona? ¿Crees que de sólo dos palabras que podría usar para definirme una de ellas debería ser manco?

Negué con la cabeza.

-Si piensas que tú eres cómo te ves cuando te miras al espejo, es normal que estés confusa, porque no eres en absoluto la misma que eras hace dos años, o tres, o dos días. Cada día eres una persona diferente, porque cada día cambiamos en algo. Menudo jaleo, ¿no?

Comprendí lo que decía y vi que tenía cierto sentido. Pero mi aspecto era lo que la gente veía de mí, y por tanto era lo que yo veía de mí misma.

-Sí, hay gente que sólo se fija en eso, pero lo hacen por miedo. Es más fácil juzgar a una persona por lo que ves que pararte a conocerla. Y déjame que te diga que si tuviera que usar un adjetivo para describir tu apariencia, “fea” sería uno de los últimos que escogería.

Las comisuras de mis labios se curvaron en una tímida sonrisa.

-Si me prometes una cosa y la cumples, yo te prometo que no tendrás que volver a venir a verme –me dijo de repente.

La verdad es que tampoco estaba siendo tan grave como pensaba, Robert me parecía un tipo bastante sencillo y era agradable hablar con él.

-¿Qué cosa? –pregunté aun así.
-Reconcíliate con tus amigos.
-Pero…
-Tampoco es la petición más difícil del mundo.
-Está bien –suspiré una vez más de entre tantas a lo largo de la mañana.

Él me miró elocuentemente.

-Lo prometo.
-Pues ya está, ya hemos terminado. Espero que tus padres no se hayan aburrido mucho. Y créeme que me enteraré de si has cumplido tu promesa.

Salimos de la consulta y mis padres estaban esperando sentados el uno muy cerca del otro en el sofá donde antes habíamos estado mi madre y yo. No hablaban, y parecían preocupados.

-Ella ya sabe lo que tiene que hacer –dijo Robert Lawson, actuando como si fuera el recepcionista de nuevo, lo que me hizo tener la confortable sensación de complicidad.
-¿Ya está? –mi padre pareció decepcionado cuando él asintió con la cabeza.

Pagaron la consulta y nos fuimos. Yo no estaba muy segura de que realmente aquella conversación me fuera a ayudar con mi vida, además de que mis padres me habían propuesto ir al psicólogo incluso antes de que me molestara con mis amigos, pero si él me había recetado eso… tendría que hacerlo. Sería de locos rechazar algo que supuestamente me iba a hacer sentir mejor.

Al mirar el reloj ya en el coche, vi que era casi la una del mediodía. Había estado hablando con el psicólogo más de lo que yo pensaba. Mis padres empezaron a avasallarme a preguntas pero yo les interrumpí.

-Papá, ¿te importa dejarme en Oak Park? He quedado con Stephanie –mentí, y creo que sonó creíble.

Él no parecía contento de que ignorase sus preguntas sin más, pero sabía que en la cena no podría librarme así que lo aceptó, dejándome unos minutos más tarde en una de las entradas del parque. Me despedí de ellos con la mano y entré en el parque. De repente me encontré rodeada por numerosos robles, que parecían llevar allí siglos, imponentes, majestuosos. ¿Seguiría Niall allí?

[Aunque he subido dos capítulos, me gustaría que comentárais en ambos, por favor, y que me digáis qué os han parecido y cuál es la parte que más os ha gustado. ¡Vamos a por el siguiente!]