domingo, 23 de noviembre de 2014

TESTIGOS DE LA LUNA - Capítulo 30.

I

Lleva unos tres minutos esperando cuando la ve bajar por las escaleras. Lleva unos vaqueros negros ajustados, un jersey celeste y el pelo rojo cayéndole libre por los hombros y la espalda. Quizás no lleve nada del otro mundo, pero a Derek le parece que va preciosa. Sonríe cuando la tiene delante.

-Guau –la mira de arriba abajo.

Las mejillas de Ayleen se tornan de color rojo.

-Sólo lo dices porque es lo que siempre se dice.
-No, te aseguro que no soy de los que suele decir algo que no piensa –se mete las manos en los bolsillos del pantalón-. ¿Vamos?

Ayleen asiente con la cabeza.

-¿Adónde vamos? –pregunta ella mientras salen de la residencia.
-Ahhhh –la voz de Derek adopta un tono misterioso.
-¿A tu piso? 
-Como puse en la nota, mis intenciones son honestas –esboza una sonrisa ladeada.
-Podrían serlo también en tu piso –replica ella alzando las cejas.
-Sí –concede Derek-, pero me resultaría mucho más difícil resistir a la tentación. 

Él posa una mano en la mejilla de la chica y se inclina para besarla. Automáticamente, Ayleen presiona su cuerpo contra el de Derek, y permanecen así unos instantes, besándose en la acera, hasta que el joven se separa un poco y deja que su mano resbale hasta entrelazarla con la de Ayleen. La dirige hasta su coche y se suben en él. 

Derek conduce un rato en silencio, con una pregunta rondándole en la cabeza, hasta que al final se decide a expresarla en voz alta.

-¿Te ha pasado algo con Connor? Ya nunca… os veo juntos.

Por el rabillo del ojo ve cómo ella aparta la mirada de la calle y fija los ojos en su regazo. Además, su cuerpo se ha puesto tenso.

-Nada importante –dice, aunque Derek nota que está mintiendo-. Yo fui demasiado poco sincera y él lo fue demasiado, nada más.

Él aparta los ojos de la carretera un segundo para mirarla. Parece abatida.

-Está enamorado de ti, ¿verdad? –le gustaría imprimir a sus palabras el tono de voz de te lo dije, pero sabe que eso sólo va a conseguir hacerla sentir peor.
-No, creo que no –suspira, y Derek no sabe si creérselo o no.
-Lo siento. Lo de que os hayáis peleado, quiero decir.

Ayleen se muestra asombrada.

-Creía que te haría feliz.
-No va a hacerme feliz algo que a ti te hace infeliz.

Lo dice sin pensarlo, sin ser consciente de sus palabras. Simplemente lo dice porque lo piensa, y hasta que no se escucha a sí mismo no se da cuenta de lo significativas que son sus palabras. Al menos ve a Ayleen sonreír y eso le relaja.

-Nos acabaremos reconciliándonos. Es cuestión de tiempo.

Derek asiente con la cabeza y sigue conduciendo sin decir nada. Sabe que Ayleen quiere a Connor. No sabe exactamente cómo o cuánto, si únicamente como amigo o si hay algún otro sentimiento en medio. Pero también sabe que si está con él es por algo. Ha elegido a Derek, o eso parece, y no debería tener motivos para sentirse celoso –de hecho Derek nunca se había sentido celoso-, pero le resulta imposible no sentirlo. Sin embargo, no quiere que Ayleen lo pase mal, y es ahora cuando ha sido consciente de lo importante que es Connor para ella. Cree saber qué le ocultó Ayleen a Connor, pues la pelirroja no quería que su amigo supiese de su relación con Derek, pero se pregunta qué será lo que Connor le habrá dicho a ella. 

Derek busca un aparcamiento, y antes de bajarse del coche, Ayleen se inclina hasta él y le da un leve beso en los labios. Derek no puede evitar fijarse en su trasero, alzado por los vaqueros ajustados, cuando sale del coche. Una oleada de calor se extiende por su cuerpo al pensar que la noche anterior la hizo suya. Y sin embargo aún no cree que sea suya del todo. 


II

Ayleen se deja guiar por las calles de Chicago. Sabe que están por el centro, pero no termina de ubicarse hasta que no tiene el Millenium Park delante. Son cerca de las doce de la noche, y aunque sigue habiendo un continuo de coches por la carretera, el típico hervidero de turistas que se agrupa siempre en Millenium Park parece haberse ido ya a dormir. 

Juntos y en silencio entran en el parque. Hay algunas personas caminando por allí, pero está esencialmente vacío. La luna ya está completamente llena, y acompañada de la luz de las farolas los ilumina lo suficiente como para que puedan caminar por allí, aunque las sombras de los árboles hacen que el parque se vea muy distinto a como se ve durante el día. 

-Nunca había venido aquí de noche –comenta ella.
-Es el único momento del día en que parece que forme parte de Chicago, y no de turistalandia

Ayleen suelta una carcajada. Como siempre que está con Derek, consigue olvidarse de Connor o de que tiene una carrera de medicina que intentar aprobar.

-¿Vamos al Haba? –pregunta con repentina emoción.
-Esa era mi intención, sí.

La joven pelirroja asiente con la cabeza y le toma de la mano. Le hace ir a paso ligero hasta que encuentran la escultura. Es sin duda su parte favorita de Chicago, aunque no haya estado muchas veces allí. Como su nombre indica, El Haba tiene la forma de esa legumbre, aunque de un tamaño gigante, y su superficie de metal refleja todo a su alrededor: los rascacielos, los árboles, las personas, la luna. 

-Es la primera vez que no hay absolutamente nadie aquí –dice ella, fascinada ante ese hecho.
-A veces hay turistas incluso por la noche. Hoy hemos tenido suerte. 

Ayleen se acerca al monumento y mira su reflejo, oscuro por la falta de luz. Junto a su imagen aparece la de Derek, que encuentra sus ojos en el metal y sonríe.

-Ven –la atrapa por la cintura y la lleva al interior del Haba.

Desde debajo, la forma de la figura hace que se vean reflejados por todo el techo, infinitos Ayleens y Dereks mirándolos desde arriba. 

-Es increíble –susurra Ayleen.

Ya lo había visto antes, es cierto. Pero aun así, cada vez que lo contempla le resulta maravilloso, y más todavía cuando no hay nadie a su lado haciéndose fotos, cuando no escucha idiomas extraños que no comprende a su alrededor. Es todavía más bonito cuando un sitio que normalmente pertenece a todos ahora está vacío, ahora es sólo de Derek y de ella. O a lo mejor le parece especial simplemente porque el brazo de Derek está rodeando su cintura, y nota su cuerpo contra el de ella, y sabe que en ese momento Derek es para ella. Que él es igual que El Haba, que solía ser de todos pero ahora ya no es así, ahora se ha reservado sólo para ella.

Se sientan en el suelo, apoyados en la base de uno de los lados del monumento. Ayleen descansa la cabeza en el hombro de Derek, y éste acaricia su pierna distraídamente. Se alegra de que no haya querido llevarla a su piso, porque aunque la noche anterior fue increíble, no está dispuesta a permitir que su relación se convierta meramente en sexo, porque eso es precisamente lo que lleva intentando evitar desde el principio, y es además lo que todos le han advertido de Derek. Pero él tampoco lo ha propuesto, ha sido su elección llevarla allí, a un parque a ver algo bonito en lugar de a una cama. Puede que todos estuvieran equivocados con respecto a Derek. O puede que Derek esté cambiando poco a poco. No importa mucho, en realidad.

La chica se estira un poco para besar la base del cuello de Derek, y él gira la cara para mirarla a los ojos, esos ojos negros que parecen ver en su interior cada vez que se clavan en los suyos. Ayleen sonríe, una sonrisa amplia, sincera, sencilla, y Derek le corresponde con otra igual. La muchacha pasa sus dedos por los labios de él, sintiendo su aliento sobre su piel. 

-Me gusta esto –susurra-. No sé qué es, pero me gusta.

Derek posa un beso sobre las yemas de los dedos de la muchacha.

-A mí también me gusta, Ayleen.

Se inclina para besarla, y sus infinitos reflejos le imitan. Muchas veces ha pensado Ayleen que intentar algo con Derek era un error, pero ahora, cuando la besa, cuando las manos de él recorren su pelo, cuando la distancia entre sus cuerpos es de milímetros y sigue pareciendo demasiada, ahora se pregunta cómo algo que sienta tan bien, algo que la hace sentir viva, podría llegar a ser un error.  



[He aquí lo que he intentado que sea un capítulo asdfghjklñ. Quería hacer alguno así y bueno, aquí lo tenéis, espero que os haya gustado y que también os haya gustado que suba capítulo dos días seguidos, a ver si compensa un poco todo lo que he tardado en subir otras veces. En fin, como a esto le queda nada para acabar, pero a la vez le queda por pasar algo que estoy segura que ninguna os esperáis, me gustaría que me dijerais cómo pensáis que termina la novela. Comentad aquí en el blog y mencionadme también por twitter si podéis, muchas gracias por leer]

sábado, 22 de noviembre de 2014

TESTIGOS DE LA LUNA - Capítulo 29.

I

Con las piernas cruzadas y una taza de té entre las manos, Natasha descansa en una alfombra, justo al lado de la mesita que ocupa el centro del estudio de Derek. Su hermano, también sentado en el suelo, está inclinado sobre la mesa, trazando nuevas líneas sobre las anteriores del último tatuaje de su cuaderno.

-¿Dónde vas a hacértelo? –pregunta ella.
-Creo que en la base de la espalda –responde, sin alzar la vista del papel.
-Derek.
-¿Sí?
-Llevas todo el día muy raro. ¿Te pasa algo?

Termina de dibujar una línea y mira a su hermana.

-Claro que no.

Natasha alza una ceja y Derek se rasca la nuca, molesto ante la mirada suspicaz de su hermana.

-No te creo. Estás como ido. Y ha sido hoy porque ayer por la noche antes de irte con Ayleen estabas normal… 

El volumen de su voz decrece a la vez que sus ojos se estrechan. Luego una amplia sonrisa se expande por su rostro, una que Derek llevaba bastante tiempo sin ver.

-¡Os habéis acostado! –exclama; da un bote en el suelo y el té amenaza con salirse de la taza- ¡Lo habéis hecho! 

Derek se muerde el labio inferior, buscando una forma de negarlo, pero nunca ha sido capaz de mentirle a su hermana. Nota los latidos de su corazón en sus oídos.

-¿Esta noche? 

El joven acaba por aceptarlo y asiente.

-No pidas más detalles, hermanita, que no te los voy a dar.
-Puaj –hace una mueca-. No tengo ningún interés en saber tus experiencias sexuales.

Derek pone los ojos en blanco.

-¿Y ahora… qué? –pregunta Natasha tras un breve silencio.
-¿Cómo que “y ahora qué”? 
-Pues que cuáles son tus intenciones con ella.
-No lo sé –exhala un profundo suspiro-. Te juro que no lo sé. Es que es… Ayleen es…
-Lo sé –Natasha esboza una sonrisa comprensiva-. Sólo piensa si los dos queréis lo mismo. No se merece que le hagan daño.

Su hermano asiente con la cabeza, dándole vueltas al lápiz entre los dedos.

-Mi único objetivo no era acostarme con ella.
-Derek…
-Ya lo sé –dice en voz cansina-. Quizás al principio lo fuera. Ya me conoces, Naty. Pero ahora… no.

Natasha se bebe lo que le queda de té en la taza y se pone en pie.

-¿Has pensado que tal vez ella no sepa eso? –camina hasta la cocina, y antes de desaparecer por la puerta, se vuelve hacia su hermano y le sonríe una vez más- Yo sé que la gente es capaz de cambiar. Puede que tú ya lo hayas hecho. 


II

Ayleen descansa en una de las tumbonas que queda al lado de la piscina de la residencia. Le parece que hace un día demasiado bonito como para pasárselo encerrada en su habitación, así que se ha llevado los apuntes de bioquímica consigo y allí los está leyendo, si bien realmente no les está prestando demasiada atención. Su mente no deja de viajar a la noche anterior, y de su rostro no se ha borrado la sonrisa. 

Sin embargo, esta desaparece cuando escucha cerrarse la puerta que da al patio y ve aparecer a Connor con un libro en la mano. Él la mira como si no esperase verla allí. Posiblemente no lo hiciera. Por un momento, la joven pelirroja tiene la sensación de que Connor va a darse la vuelta y marcharse, pero no lo hace. Ayleen ya está de pie cuando él llega hasta su tumbona. 

-Supongo que no vienes a bañarte –comenta ella, intentando sonar casual pero con voz tensa.

Connor alza el libro que tiene entre las manos. 

-No, venía a leerme la Constitución. Tenemos que escribir una redacción para el martes.

A Ayleen se le escapa una risa nerviosa. Es increíble lo parecidos que son en algunas cosas.

-¿Qué pasa? –pregunta él, con el ceño fruncido.
-Que yo también he venido para estudiar.

La expresión de Connor se relaja, y un amago de sonrisa asoma a sus labios.

-Echo de menos estudiar contigo –dice Ayleen en voz baja. 

Al principio el joven de ojos azules no responde, y ella se pregunta si la habrá escuchado, pero tras unos instantes suspira y se deja caer en la tumbona al lado de la que Ayleen estaba ocupando.

-Yo también.

La muchacha lo mira con resolución. Necesita reconciliarse con él, lo necesita.

-Connor –él la mira-, no sé muy bien qué ha pasado, pero quiero que volvamos a ser como antes.
-Yo también quiero…
-¿Pero? 
-Pero no sé si puedo.
-¡¿Por qué no?!
-Porque me mentiste, y porque no quiero sentir por ti cosas que no llevan a ninguna parte. 

Ayleen se lleva las manos a la cabeza, desesperada.

-Connor, te necesito.
-No es cierto –aparta la mirada.
-¡Claro que lo es!
-A la única persona a la que realmente necesitas es a Derek, siempre ha sido así. 
-Mírame –le insta ella, y Connor acaba por acceder-. Sí, Derek y yo estamos juntos, o algo así. Sí, te lo oculté porque tenía miedo de que pasara lo que ha pasado en cuanto te has enterado. Y sí, necesito que tú y yo volvamos a estar bien porque esta situación que tenemos me está matando. ¿Sabes? Tú también dijiste cosas que no me gustaron, cosas sobre Derek, sobre mí. Pero creo que nuestra amistad vale más que eso, y he perdonado que lo dijeras porque prefiero recuperar lo que teníamos. Y creo que tú deberías hacer lo mismo. 

El silencio se instala entre ellos como una barrera inquebrantable. No obstante, siguen mirándose a los ojos, y Ayleen ve en las profundidades azules de los de su amigo que está librando una lucha interna. 

-Creéme que lo intento –dice él en un susurro tan leve que Ayleen no está segura de haber escuchado bien-. Por lo pronto, quizás deberíamos simplemente estudiar.

Sus miradas se separan y Ayleen se sienta también en su tumbona. Connor no está enamorado de ella, él mismo se lo dijo, de modo que no entiende por qué le cuesta tanto dejar ir el tema de Derek y volver a la normalidad. Al menos ahora la tensión de ese muro entre ellos parece haberse debilitado un poco, y la familiar sensación de estudiar con Connor al lado reconforta a Ayleen lo suficiente como para pensar que tal vez puedan volver a ser amigos.


III

Derek desliza la nota por debajo de la puerta de Ayleen y vuelve sin prisa a su habitación.  Se cruza con Natasha en el pasillo de su cuarto, quien le saluda con un beso en la mejilla y sigue su camino. El joven no comprende qué hacía su hermana en esa planta hasta que no ve la puerta de la habitación de Axel cerrándose. Exclama el nombre de su amigo antes de que cierre por completo la puerta, y el interpelado asoma la cabeza por el quicio.

-Hey.

Derek camina hasta él con las cejas levantadas.

-¿No deberías ser tú el que acompañara a mi hermana a su habitación, y no al revés?

Axel suelta una carcajada.

-Y la faceta protectora de Derek ataca de nuevo.
-Teniendo en cuenta todo lo que ha pasado…
-Tienes razón –la expresión de su amigo se vuelve más seria-. Pero ya la conoces, es la persona más independiente de esta residencia, y le gusta demostrarlo.
-¿Más independiente que yo?
-Bueno, según las malas lenguas, has caído en las redes de una chica pelirroja…

El joven de piel bronceada pone los ojos en blanco, pero no consigue contener una sonrisa 

-Axel.
-Dígame.
-Aunque parezca que no, Natasha necesita que la cuiden. 
-Lo sé –Axel suspira-. Y tranquilo, no estamos juntos.
-Lo estaréis –Derek da golpecitos en el marco de la puerta con los dedos.
-¿Y no tienes ganas de partirme la cara? 
-No eres como Owen. En fin, ya sabes –camina hasta su habitación-. ¡Cuídamela! 

Entra en su cuarto y va directo a la ducha. Sabe que Natasha no necesita una relación ahora mismo, pero necesita a alguien que le demuestre que merece la pena confiar en el cariño de los demás, y ese alguien es sin duda Axel. 

Mientras se ducha, piensa en Ayleen, y un escalofrío le recorre la espalda. Se muere por volver a verla, besarla, tocarla. Pero Ayleen no es como las demás –en absoluto-, y sabe que tiene que ser paciente. Sabe que tiene que valorar cada pequeño trocito de ella que le da, y el hecho de que anoche le diera algo tan grande le fascina y le asusta a la vez. Y eso sólo consigue hacerla aún más especial.


IV

Después de una escueta pero alentadora despedida de Connor, Ayleen vuelve a su habitación. Va a poner el pie en el suelo cuando se da cuenta de que está a punto de pisar algo, y se queda con el pie en el aire hasta que pierde el equilibro y lo apoya justo al lado de un papel doblado. Se agacha y lo abre. Una sonrisa vuelve a apoderarse de sus labios cuando lee:

Como buena pelirroja rebelde que eres, espero que no tengas inconviente en escaparte esta noche a las 11. Prometo que mis intenciones son honestas. 
-D.



[¿Qué pensáis? En fin, espero que os haya gustado y que comentéis tanto en blogger como por mención en twitter, muchas gracias por leer. PD: la novela está a punto de terminar, así que acepto ideas para comenzar a escribir algo nuevo, si es que queréis que siga escribiendo.]

domingo, 9 de noviembre de 2014

TESTIGOS DE LA LUNA - Capítulo 28.

I

Ayleen contempla a Derek, apoyada de costado en su brazo izquierdo. Está dormido, su respiración pausada haciendo que su pecho desnudo suba y baje rítmicamente. La sábana gris lo cubre parcialmente, llegando desde el principio de su cadera por un lado hasta el inicio de las costillas en el otro. Ayleen lo mira y siente que es la primera vez que lo ve. Nunca le había visto dormir, de hecho, pero le gusta ese aire de inocencia que le rodea ahora. Puede ser una estupidez, pero para ella dormir con otra persona es un acto de confianza. Sí, dormir en el más estricto sentido de la palabra. Cuando te quedas dormido al lado de alguien estás, de algún modo, poniéndote en sus manos. Y a ella le gusta pensar que Derek se ha puesto en sus manos, aunque él no lo vea así, aunque para él dormir al lado de alguien no signifique nada, aunque ya lo haya hecho tantas veces que para él ya no haya nada especial en ello. Por un momento, se siente feliz. Su cerebro juega con el pensamiento de que tal vez lo que haya entre Derek y ella sea real, que vaya más allá de lo que todos le quieren hacer creer, y quizás Derek sienta algo más fuerte por ella.

Sacude la cabeza, pues no quiere estropearse a sí misma el momento. Con cuidado para no despertarlo, roza su mejilla con las yemas de sus dedos. Está áspera por la barba incipiente, pero a Ayleen le gusta ese tacto.  
Unos segundos más tarde, Derek abre los ojos. 

-Buenos días -saluda Ayleen.

Él gira la cara para mirarla y le regala una de las sonrisas más sinceras que la joven le ha visto esbozar nunca. Le da un breve beso en los labios y Ayleen sonríe también.

-Hola, preciosa -su voz es ronca.

Es entonces cuando Ayleen se da cuenta de su desnudez. Las sábanas también la cubren a ella, pero no del todo, y es ahora que Derek está despierto que es consciente de ello. Es una tontería, pero la joven coge la sábana y se tapa hasta la barbilla con ella. Si anoche tuvo tales pensamientos, su mente debió desecharlos porque no le importó, estaba demasiado perdida en Derek. Ahora ya no es lo mismo.

Tras un breve instante de confusión, Derek suelta una carcajada.

-¿En serio? -pregunta, divertido.

Ayleen tira un poco más de las sábanas, hasta que le llegan a la nariz.

-Eres consciente de que ya te he visto, ¿no? -señala a su cuerpo debajo de la tela.
-Mmm, sí.
-¿Entonces?
-Pues... -Ayleen duda un momento- Bueno, anoche estaba oscuro y con suerte estabas más pendiente de otras cosas.
-Créeme que esa fue precisamente una de las cosas de las que estuve pendiente.

Ayleen suspira. No podía esperar otra cosa, cuando ella se fijó en cada detalle del cuerpo de él, intentó memorizar cada tatuaje. Se siente imbécil por esa vergüenza; ni siquiera es la primera vez que un hombre la ve desnuda. Tal vez sea la primera vez que está tan implicada con ese hombre. También es cierto que ella no es tan experta como Derek. No es virgen, pero no ha hecho el amor tantas veces como para no sentir al menos algo de preocupación después. Para Derek, sin embargo... 

Ayleen le mira a los ojos. Realmente no sabe con cuántas chicas ha estado, ni si de verdad ha estado con tantas como ella piensa. Pero Connor se lo ha dicho, aunque eso ni siquiera era necesario. Al ver a Derek, sólo con verle moverse, ya se sabe que ha sido así. No obstante... en el fondo de sus ojos, detrás de ese brillo divertido, en ese instante le parece ver una sombra de preocupación. ¿Es posible que esa sensación no se pierda por muchas veces que lo hagas? ¿O que, como para Ayleen, para él esto signifique algo más? No hay forma de saberlo.

-Pero si eres preciosa -repite Derek, esta vez en voz más baja.

Ayleen siente el calor extenderse por sus mejillas y tiene que apartar la mirada. Derek no puede pensar eso realmente. Ayleen sabe que no es una  chica fea, pero tampoco es guapa. Ya le gustaría serlo. De repente siente el calor de unos labios sobre su frente e inmediatamente después Derek aparta las sábanas y se levanta. Ayleen le observa de reojo caminar por la habitación. Probablemente no sea justo que ella mire cuando no quiere que él lo haga, pero no puede evitarlo. Le gusta ver sus músculos contraerse y estirarse al andar, le gusta ver la V que se forma en sus caderas y el tatuaje que ocupa todo su hombro. 

Derek se agacha para recoger algo, primero a los pies de la cama y luego en el otro extremo de la habitación. No parece importarle andar desnudo. Ayleen vuelve a sonrojarse una vez más cuando el joven le tiende su ropa interior, preguntándose cómo acabó una de las dos prendas tan lejos de la cama. Realmente no se acuerda. Saca una mano de debajo de las sábanas y coge su ropa, pero no hace amago de ir a ponérsela. 

-¿Tienes hambre? -pregunta él después de unos segundos.

Ayleen asiente con la cabeza.
Antes de salir del dormitorio, Derek abre el armario y saca algo de ropa. Luego se va.

La chica pelirroja se da cuenta de que estaba conteniendo la respiración y suelta todo el aire de golpe. ¿Qué le pasa? Sale de bajo las sábanas y se pone su ropa interior con dedos temblorosos. Es absurdo. Está más nerviosa que en su primera vez. ¿Por qué? Puede que sea porque entonces también era la primera vez del chico con el que lo hizo, y al menos sabía que él no tenía a nadie con quien compararla. Con Derek es diferente, porque sí que tiene donde comparar. Seguro que está decepcionado. Esperaba otra cosa. Ni siquiera ha intentado volver a tocarla, aunque tampoco es que ella haya dado lugar a sugestión. Pero Ayleen imaginaba que podrían quedarse un rato tumbados en la cama, el brazo de él rodeándola, hablando de todo y de nada. Las cosas no son así, sin embargo. Le gustaría tanto saber qué significó la noche anterior para Derek...

Coge su camiseta, que está revuelta entre las sábanas, y ya que se la está poniendo decide ir un paso más allá. Se la quita y abre el armario de Derek. Saca una camiseta de manga corta rojiza, casi del mismo color de su pelo, y se la pone. Huele a él.

Pasa por el cuarto de baño y después va a la cocina. Es pequeña, pero Derek no necesita algo más grande. Está apoyado en la encimera mientras algo gira en el interior del microondas. Se ha puesto unos pantalones de tela grises y va descalzo. 

Ayleen se acerca a él, se pone de puntillas, y lo besa. Las manos de él resbalan por su pelo a lo largo de toda su espalda, estrechándola contra sí. Derek le da un beso en la línea de su mandíbula y Ayleen alza los ojos para fijarlos en los suyos. Negros. Preciosos.

-Sinceramente, no sé por qué sueles ponerte ropa de mujer, con lo sexy que estás en la de hombre -dice llanamente.

La chica esboza una sonrisa. 

-¿Te importa?

Él niega con la cabeza.

-Te la regalo.

Se miran durante unos segundos hasta que Ayleen se encoge de hombros. Sus ojos se iluminan al pensar que no es probable que Derek le regale una camiseta suya a cada chica con la que está, o posiblemente su armario ya estaría vacío. 

El microondas hace un 'clin' y Derek se inclina para abrirlo y sacar dos tazas de chocolate. Se coloca un paquete de galletas bajo el brazo y camina hacia fuera de la cocina. 

-Lo siento por no tener nada más, como ya estoy otra vez en la residencia esto está un poco vacío.
-No pasa nada.

Se sientan en el sofá que hay en el estudio. Beben unos cuantos sorbos en silencio hasta que Ayleen descubre que en la pequeña mesa que hay enfrente está la libreta con los tatuajes de Derek, abierta y con un lápiz encima.

-¿Puedo? -la señala, y él asiente.

Está abierta por el último tatuaje, el que aún no estaba terminado. Ahora ya está casi completo, pero la luna del centro no está terminada del todo.

-¿Dónde vas a hacértelo? -pregunta, casi convencida de que hizo esa misma pregunta cuando lo vio la primera vez; si la hizo, no recuerda que él respondiera.
-¿Dónde me quedaría bien? -sonríe- Aparte de en todas partes, porque, mírame, soy yo.

Ayleen ríe. Hacía tiempo que no reía. 

-Eres un engreído.
-Y no me faltan motivos para ello.

Ella sonríe de nuevo. Si no fuera porque es Derek, y se le hace imposible imaginárselo nervioso por cualquier cosa, diría que en el fondo lo está. 

-Quizás por aquí.

Le toca en la base de la espalda. Los músculos de Derek se tensan, y aunque Ayleen no lo ha hecho con esa intención, no lo ha tocado intentando provocarlo, deja sus dedos ahí, en contacto con la piel de él. Está caliente. Quiere preguntarle si lo de anoche le gustó, pero no sabe cómo hacerlo. 

-Creo que si hubieras sido virgen habría sido más fácil -confiesa él de repente, con la misma expresión en el rostro que cuando la llevó por primera vez a su estudio para enseñarle una de las cosas más profundas de él.

Ayleen no sabe cómo interpretar aquello.

-¿Por?
-Porque no tendrías con quién comparar.

Una amplia sonrisa se extiende por la cara de ella al descubrir que a Derek le asaltan las mismas preocupaciones que a ella. De nuevo ha aparecido el Derek sensible, el que confiesa, el que tiene temores. Y ese Derek le encanta.

-Tonto.

Ayleen le da un beso en la mejilla y él sonríe, como si con eso se disiparan todas sus dudas. Tal vez sea así. En ese instante Ayleen lo único que sabe es que no es consciente de cuándo ha pasado, ni cómo, y que no le importa qué sea ella para Derek porque lo que siente ya no tiene vuelta atrás, el hecho de que Derek la vea de una forma u otra no va a cambiar nada, ya no. Sólo sabe, al mirarle, que en algún momento se ha enamorado de él.

[AJHSVDAGSDASJGDA. Ya hacía falta un capítulo así, ¿no? En fin, espero que os haya gustado, porque a mí al menos me ha gustado escribirlo, y espero que comentéis tanto en blogger como en twitter por mención. Muchas gracias por leer.]

sábado, 1 de noviembre de 2014

TESTIGOS DE LA LUNA - Capítulo 27.

I

Connor hace girar distraídamente la taza de chocolate entre sus manos. Ni siquiera es consciente de que lo está haciendo, pues su cabeza está muy lejos de allí. O no tanto, teniendo en cuenta que MacMurray’s está justo enfrente de la residencia y que él está pensando en Ayleen. Cuanto más lo piensa, más le cuesta comprender qué hace una chica tan fantástica como ella con alguien como Derek. 

-Connor, cariño, el chocolate caliente se suele beber caliente –la señora MacMurray se acerca hasta su mesa.
-Lo sé, lo sé –dice él dándole un sorbo para contentar a la mujer.
-¿Qué te pasa? –lo mira con ojos tristes.
-¿Por qué hay siempre personas que se llevan lo que no se merecen?

La mujer piensa durante unos segundos.

-Bueno, el mundo no es un lugar justo –hace una breve pausa-. Pero muchas veces no somos nosotros quienes debemos decidir qué merecen los demás. En realidad nunca sabemos por completo sus circunstancias y… en fin, en cualquier caso, que nosotros deseemos algo no quiere decir que no haya otros que lo deseen también.

El joven asiente con la cabeza y da un pequeño sorbo a su bebida.

-No estés triste, cielo. El tiempo siempre pone las cosas en su sitio.

La campanilla de la puerta tintinea a la llegada de un nuevo cliente y la señora MacMurray se marcha para atenderlo. 

Sí, tiene razón. El tiempo siempre pone las cosas en su sitio. Pero ese sitio no siempre es en el que querríamos que estuvieran.


II

Natasha deja que el movimiento del autobús la balancee y cierra los ojos un instante. Las visitas al psicólogo la hacen acabar agotada. No sabe mucho de esas cosas, pero cree que el suyo es un buen psicólogo. Tiene un diván en la habitación, pero a ella siempre la ha dejado quedarse en la silla. Puede que los psicólogos sólo usen los divanes en las películas; en cualquier caso, este en concreto pasa el tiempo de la consula charlando con ella. Le hace preguntas sutiles, le habla de la vida, la escucha como nunca nadie la había escuchado y sobre todo, habla con ella de temas no-Owen.

Desde que salió del hospital, todos le preguntan por lo mismo. Natasha prefiere responder de forma ambigua, porque no le apetece que medio Chicago sepa que quien fue su novio había intentado violarla. De todos modos, un cuarto de Chicago ya lo sabe. Posiblemente gracias a las conversaciones con el psicólogo, no se avergüenza de ello, pero le duele y mucho, y no soporta cuando la gente siente lástima por ella, o cuando creen saber lo que le está pasando. Igual que Natasha no puede comprender lo que están pasando millones de personas que sufren de diferentes formas en el mundo, nadie excepto los que realmente hayan vivido lo mismo que ella pueden comprenderla. No pueden, porque no saben lo que es que la persona a la que amas, aquel que debería protegerte, el que debería ser tu refugio del mundo, sea en realidad el que te haga daño. 

Pero Natasha es fuerte. O al menos intenta serlo, y lucha contra ese sentimiento de humillación y de abandono que crece en su interior cada vez que piensa en lo ocurrido, porque no está sola, y aunque le cueste admitirlo el apoyo silencioso que le están transmitiendo Derek, Axel, Ayleen e incluso Connor no tiene precio. Hasta sus padres han estado en Chicago todo el tiempo que estuvo en el hospital más varios días estando ya fuera de él. A Natasha les costó convencerles para que se fueran, pero la realidad es que tienen que trabajar. En cualquier caso, su madre va a ir hasta allí tres veces a la semana sólo para asegurarse de que su hija está bien. 

El hombro de Natasha choca con el de Axel y la muchacha abre los ojos con sobresalto. Él la mira y sonríe. Axel tenía que hacer unas cosas por el centro de Chicago y han ido y venido juntos en el autobús.

-¿Cómo te sientes? –pregunta él.
-No lo sé –responde ella con sinceridad.

Se produce un breve silencio.

-¿Te apetece ir a ver una película? –propone Axel de repente.
-¿Ahora?
-¿Por qué no?

Natasha se encoge de hombros.

-¿Cuál sugieres? –pregunta.
-Ya lo decidiremos cuando estemos en el cine.

Ambos se sonríen mutuamente. Axel está proporcionándole una ayuda inestimable en todo este tiempo, pues es una de esas pocas personas que parece acordarse de que su vida es algo más que un ex novio maltratador.

El cansancio de Natasha casi se desvanece ante la perspectiva de una tarde diferente a la rutina, y los dos jóvenes se bajan en la siguiente parada, en busca del cine más cercano. Cuando llegan, miran la cartelera para decidir qué película ver.

Natasha se gira hacia Axel para preguntarle cuál le parece mejor, pero se da cuenta de que él no está mirando a las películas, sino que la mira a ella. 

-¿Qué pasa?
-Nada –esboza una leve sonrisa y su mirada sigue fija en la de ella.

Es justo en ese momento cuando la bombillita se enciende en la cabeza de Natasha y por fin lo comprende. Esa forma en que la mira… Ya la ha visto antes, hace mucho tiempo, pero hubo una época en que Owen la miraba así. Tristemente, ella siguió mirándole a él de esa forma durante mucho más tiempo. Ahora el brillo de los ojos de Axel y esa permanente sonrisa le delatan, aunque tampoco parece que esté haciendo nada en especial por ocultarlo. 

-Axel…
-Me gustas –suelta él de repente.

Bum. Lo ha dicho. Natasha suspira, insegura. No sabe qué contestar porque no sabe qué siente.

-Axel –repite ella-. Yo ahora mismo no puedo… no puedo.
-Lo sé.
-Ni siquiera sé si alguna vez seré capaz de tener una relación.
-Sólo he dicho que me gustas, no te he pedido que te cases conmigo –la sonrisa vuelve a aparecer en su rostro-. Sólo como nota informativa.
-Como nota informativa –repite ella, ligeramente divertida y algo aliviada.
-Exacto.
-Bueno, pues, como nota informativa… si alguna vez vuelvo a creer en las relaciones, serás el primero en saberlo.

La sonrisa de Axel se ensancha de satisfacción.

-Con eso me basta.


III

Unas horas más tarde, Derek y Ayleen contemplan silenciosamente el cielo desde la parte más alta del edificio del piso de él. Allí arriba no hay nada ni nunca va nadie, pero eso –o quizás eso- lo hace un sitio agradable. 

Derek está sentado en el pequeño muro que separa la terraza del vacío, dándole la espalda a la calle, y Ayleen, con la espalda apoyada en ese mismo muro y los brazos rodeándose las rodillas, descansa la cabeza en el lateral de la pierna derecha de él. 

La joven lleva un rato mirando la luna. Sólo le falta una pequeña parte para estar completa, y su brillo, junto con el de las farolas de la calle, permite que no estén totalmente a oscuras. 

-¿En qué piensas? –pregunta de pronto Derek, después de un buen rato de silencio.
-En nada –miente ella.
-Según Mark, no se puede pensar en nada porque la nada también es algo. 
-Psicólogos –dice Ayleen quitándole importancia, y Derek lo deja estar.

Claro que está pensando en algo, y ese algo no es la nada. Esa mañana se le ha ocurrido algo que en un principio le resultó totalmente absurdo, pero que cuanto más lo piensa más sentido tiene. Según Connor, Derek está con ella porque quiere sexo, y por algún motivo lo quiere con tantas ganas que sigue ahí, intentando conseguirlo aunque podría haber abandonado en su empeño y haberse buscado a otra que fuera más fácil. Esa es una posibilidad. La otra es que Derek esté con ella porque quiera estar con ella, interés físico aparte, o al menos no sólo interés físico. Y esa duda está corroyendo a Ayleen por dentro. Necesita salir de dudas. Necesita saber si Connor tiene o no razón, aunque eso implique perder lo que ahora tiene. Y sólo hay una forma de saberlo. Pero no sabe cómo plantearlo. 

-Derek.
-Dime.

Ayleen tira del pantalón de él para que se siente abajo, a su lado. Ya refresca por la noche y la chica lleva puesto un jersey, pero Derek no parece tener frío y sólo lleva una camiseta de manga corta. La muchacha recorre con dos dedos uno de sus tatuajes del brazo y luego se inclina para besar la piel que acaba de tocar. Él la observa hacer, sorprendido ante ese cambio tan brusco de la situación. Ayleen se inclina sobre él y le besa. Todavía entrelazados en ese beso, Derek la rodea con los brazos y se la coloca sobre las piernas, reajustando sus cuerpos para estar más cómodos. En algún momento, la boca de ella avanza hasta debajo del oído de él, y tras un suave mordisquito en el cuello, susurra en su oído con voz entrecortada:

-Quiero hacerlo.

La chica siente perfectamente el respingo de él al escucharla. Por suerte, no hay suficiente luz como para que él vea que se ha sonrojado. Derek todavía la sujeta por la cintura, y sus ojos están muy cerca, mirándola fijamente.

-Ayleen…
-No irás a decirme ahora que tú no quieres –su preocupación es real, pues nunca se ha planteado la posibilidad que él se niegue.
-Evidentemente, quiero.
-¿Entonces…?

Derek parece dudar.

-¿Cuál es el problema? –Ayleen está cada vez más nerviosa, pensando que quizás haya sido una estupidez- Es algo natural, todo el mundo lo hace, los animales lo hacen, las parejas lo hacen y…
-Es que no sé si es el momento adecuado para una primera vez –confiesa él con voz trémula.

La joven pelirroja rompe a reír en una sonora carcajada provocada por la tensión que ha acumulado en muy poco tiempo.

-¿Qué…? –los ojos de Derek la miran sin comprender- ¿No eres…?
-¿Virgen? –dice ella aún riéndose- No. ¿Qué te hace pensar que sí?

Derek parpadea varias veces, avergonzado. Carraspea y vuelve a recuperar su habitual actitud unos segundos después.

-Bueno, nunca nadie se me había resistido tanto, y esa es mi única explicación… o lo era.
-¿Y qué te pasaba? ¿Te daba miedo ser mi primero?
-No es eso, sólo que… ese es un tema al que hay que tenerle cierto respeto.
-Entonces, ¿quieres o no?
-No debería ser necesario que diera una respuesta a esa pregunta.

Ayleen le coge de la mano y tira de él para que se levante. Juntos bajan las escaleras y juntos se deslizan entre las sábanas. Y pausadamente, todo lo más cerca que se puede estar de pensar en nada, sólo bajo la luz que entra por la ventana de esa luna casi llena, hacen el amor.  


[Pueeees... ya ha pasado. Ahora queda esperar a qué hará Derek. ¿Qué os ha parecido? Por favor, comentad en el blog y mencionadme en twitter, muchísimas gracias por leer y por comprender que no tengo mucho tiempo de escribir]

domingo, 19 de octubre de 2014

TESTIGOS DE LA LUNA - Capítulo 26.

I

Derek abre los ojos lentamente, aturdido. Está tirado en el suelo de su dormitorio, con la camiseta a medio poner y un brazo en un ángulo extraño e incómodo. Se incorpora y un fuerte mareo le sobreviene de repente, de modo que se queda sentado, con la espalda apoyada en los pies de la cama. El dolor del costado se ha mitigado un poco, pero se niega a desaparecer. Ha logrado respirar hondo cuando nota que algo caliente le baja por la mejilla. Derek se lleva los dedos a la cara y al mirarlos los ve ensangrentados. Ha debido darse un buen golpe en la frente al caer al suelo.

Todavía sentado, se pone la camiseta. Consigue ponerse de pie –lo que aumenta el dolor de las costillas y la cabeza-, se lava la cara y se coloca una gasa en la herida de la frente. El ojo derecho se está volviendo de un tono azulado bastante feo, y hay morados empezando a aparecer por sus brazos, además de sus nudillos en carne viva. Sabe que tiene que ir al hospital porque todos deben estar preocupados por él, aparte de que una radiografía no le vendría nada mal para saber por qué le duele tanto el puñetero costado, aunque no le apetece en absoluto que lo vean en ese estado tan lamentable. Se obliga a no pensar en cómo habrá dejado a Owen, que durante tanto tiempo fue su amigo.

Derek baja las escaleras no sin dificultad, y conduce hasta el hospital sirviéndose sólo de la mano derecha, pues usar la izquierda agrava su dolor. Caminar tampoco le resulta nada fácil, pero entra al hospital erguido y con su habitual porte de dignidad; se traga sus dolencias porque es lo que Derek Harris hace siempre. Se pone su chaqueta negra para ocultar las contusiones de los brazos y mira al frente.

Al primero que se encuentra es a Connor, sentado en un banco de la entrada del hospital. Parece abstraído en sus pensamientos hasta que se da cuenta de que Derek está entrando por la puerta. Lo mira horrorizado, preguntándole con los ojos qué clase de locura ha hecho, pero Derek simplemente se encoge de hombros y le dedica una media sonrisa. Ninguno de los dos hace amago de intentar hablar con el otro.

Ya que ha llamado al ascensor, decide ir por las escaleras. Si le ven aparecer por su propio pie, tal vez piensen que no es nada grave. En realidad, Derek no sabe si lo es o no, pero primero quiere ver a su hermana y que todos vean que está “bien” antes de ir a suplicar en urgencias que le confirmen que se equivoca.

No se da cuenta de que Ayleen está sentada en un escalón hasta que está casi encima de ella. Tiene los ojos y la nariz enrojecida aunque no está llorando, y su cabeza descansa apoyada en la pared y tiene la mirada fija en la pared de enfrente. Se la ve exhausta.

-Hola, pelirroja.

La muchacha vuelve la cara hacia la voz y sus ojos se iluminan al ver a Derek, si bien inmediatamente frunce el ceño y sus labios se unen en una fina línea de preocupación. Ayleen gira la cara para evitar su mirada.

-¿Cómo está Natasha? –pregunta Derek al comprobar que ella no va a decir nada.
-Eres un gilipollas. 

Él está a punto de levantar la voz y darle una respuesta airada, pero se da cuenta de que por las mejillas de la chica caen sendas lágrimas, y que su labio inferior tiembla en un pobre intento de evitar echarse a llorar.

-Eh, eh –se agacha junto a ella y la rodea con los brazos, sin importarle que eso aumente el dolor que siente por todo el cuerpo.

Ayleen se deja abrazar y tras sorber por la nariz lo mira a los ojos.

-¿Crees que puedes hacerme esto? ¿Eh? –su voz suena furiosa y cansada a la vez- ¡No puedes! ¡No puedes mentirme e irte por ahí a pegarle a la gente! O a que te peguen a ti. ¿Es que no lo entiendes? 
-No debería haberte mentido. Pero no me arrepiento de lo que he hecho.
-Pero mírate –señala su ojo morado y su herida en la frente.
-Owen está peor que yo.
-¿Y eso cambia algo de lo que le ha pasado a tu hermana?
-No, pero te aseguro que ese cabrón no va a volver a hacerle daño.

La muchacha pelirroja se separa del abrazo de Derek y se limpia los ojos con el dorso de la mano. 

-Deberías ir a que te miraran eso. Y Natasha no debería verte así.
-Estoy seguro de que de todos modos sabe lo que ha pasado. Y quiero verla.

Ayleen se encoge de hombros y se pone en pie. Echa a andar al piso de arriba y Derek la sigue. Cuando llegan a la habitación, Ayleen ve a través del cristal a un hombre y una mujer de mediana edad al lado de Natasha. Inmediatamente se da cuenta de que son la pareja que vio antes cuando estaba abajo hablando con Connor. De modo que esos deben ser los padres de Derek.

-Mierda –murmura él entre dientes.
-Son tus padres, ¿verdad?
-Joder. Sí.

Derek farfulla una excusa y se marcha. Por supuesto, no quiere que sus padres le vean tal y como está. ¿Quién les habrá avisado? Importa poco, en realidad. A pesar de todo, Ayleen camina tras Derek. Sabe que a Natasha en es momento no le sirve de demasiado, y sin embargo la joven pelirroja necesita saber si el horrible aspecto de Derek es más o menos grave de lo que aparenta, y está segura de que él también.


II

Dos semanas más tarde, la piel de Derek ha perdido casi por completo el tono violáceo que tenía en algunas zonas, y su moreno habitual está volviendo a ser el de siempre. Afortunadamente no tenía ninguna costilla rota, pero se había llevado unos buenos golpes que estaban tardando en curar. La versión que ha contado a sus padres ha sido que estaba tan preocupado por Natasha y enfadado con lo que había pasado, que sin darse cuenta se había resbalado y se había caído bajando las escaleras. Es la versión oficial, pero nadie se la cree. 

En cualquier caso, Owen no ha aparecido por allí, ni ha dado señales de vida. Vivo tiene que estar, porque Derek le había dado una buena paliza, pero no tan buena como para matarlo. No obstante, no tiene sentido que hasta el momento hubiera ido a devolvérsela a Derek, porque seguramente a esas alturas todavía le duele moverse, además de que la superioridad de Derek había quedado bastante clara, independientemente de que contase o no con el factor sorpresa. Por otro lado, Derek sabe que Owen no se planteará denunciarlo. Ha surgido una especie de acuerdo tácito en que ni siquiera han necesitado hablar para comprenderlo. Ninguna de las dos partes dice nada, y Owen no tiene que pagar por el acoso a Natasha ni Derek por el ataque a Owen. Seguramente no sea lo correcto, pero la conciencia de Derek está más tranquila así que permitiendo que lo único que le pase a ese capullo sea que un juez le diga que ha sido un chico malo y que tiene que recapacitar. 

Al menos Natasha ha aceptado ir a ver a un psicólogo. No es gran cosa ni las sesiones son especialmente largas, pero toda la ayuda que se le pueda dar es poca, ahora que por fin ha admitido que la necesita. Claro que hay cosas que sólo el tiempo puede poner en su sitio.



III

Ayleen baja a la cafetería a por una botella de zumo de arándanos. Le han dicho que es bueno para concentrarse, y sin duda concentración es lo que más necesita en esos momentos. Lleva dos semanas en las que se siente incapaz de estudiar. Dos semanas desde lo que le pasó a Natasha, y dos semanas desde que Connor ha hecho voto de silencio y actúa casi como si ni siquiera conociese a Ayleen. Tal vez no sea sólo culpa de él, y ella también haya permitido que su relación se enfriase, pero tal vez simplemente fuese algo que tenía que pasar. Sea como fuere, Ayleen ya se había acostumbrado a estudiar con Connor a su lado, y ahora se ve incapaz de hacerlo sola. 

Con voz somnolienta pide el zumo al camarero, que sonríe, comprensivo, y se mete en la habitación que hay detrás de la barra para buscarlo. Cosas del destino –o no-, en ese momento en que la cafetería está completamente vacía, Connor atraviesa el umbral de la puerta. Mira a Ayleen con expresión dubitativa y casi parece que vaya a darse la vuelta y marcharse, pero se lo piensa dos veces y camina con paso decidido hasta la barra.

-Hola –murmura ella.
-Hola, Ayleen. 

Su nombre suena extrañamente familiar en los labios de él. La chica cruza las manos y jugueta con sus dedos, preguntándose si es que el camarero estará exprimiendo los arándanos uno por uno.

-Bueno, ¿qué haces aquí a estas horas? –pregunta él.
-Vengo a por zumo de arándanos.
-Ah, dicen que es bueno para estudiar.
-Eso parece.

La conversación es tan impersonal y extraña como la que dos desconocidos mantienen sobre el tiempo cuando coinciden en el ascensor. Ayleen siente ganas de darle un puñetazo a la barra y zarandear a Connor hasta que vuelva a tratarla como antes. Ya ni siquiera le importa que Connor dijera que Derek sólo está con ella porque quiere acostarse con ella. Sólo quiere que las cosas vuelvan a ser como antes, aunque eso es complicado teniendo en cuenta que Connor admitió que siente algo por Ayleen. Quizás sólo se comporte así porque está tratando de olvidar sus sentimientos, piensa Ayleen.

El camarero por fin aparece con el zumo de arándanos. La muchacha lo paga y se marcha de allí despidiéndose con un breve gesto. Ayleen mira varias veces hacia atrás de camino a su habitación, esperando que Connor aparezca de repente y arreglen las cosas. Pero eso no ocurre. 

Una para nada fructífera hora de estudio más tarde, se escuchan tres toques en la puerta de la habitación de Ayleen. La chica abre y se encuentra a Derek con los brazos cruzados y apoyado en el marco de la puerta. Sus labios dibujan una media sonrisa.

-Bonito pelo.
-¿Qué? Ah –Ayleen se da cuenta de que lleva un moño despeinado, uno de esos que se hace para estudiar, y sonrojándose, se suelta el pelo-. Esa frase me suena de algo, por cierto.
-¿De verdad? 

Derek frunce el ceño, pero Ayleen está convencida de que se acuerda de que fue lo primero que le dijo cuando se conocieron, aquel día en que él llamó también a su puerta y se autopresentó con descaro. 

-¿Cómo lo llevas? –él señala con la barbilla hacia el escritorio de ella.
-Mal –admite, con un suspiro-. No soy capaz de concentrarme.
-Quizás que sean las doce de la noche no ayuda mucho, pero no me hagas demasiado caso.
-Pero es que tengo mil cosas que estudiar, no me sé nada y…

Derek le pone la mano en la boca, haciéndola callar. Se miran a los ojos un momento, y Ayleen contiene la respiración. Siguen en la puerta cuando Derek arrastra su mano hasta la mejilla de ella, y recorre sus labios con el dedo pulgar. El cálido contacto con su piel hace que Ayleen se estremezca. Derek se inclina hacia delante, sus labios rozando el lóbulo de la oreja de ella. 

-Necesitas olvidarte de todo por un momento –susurra-. Relajarte.

Su voz es sexy, rematadamente sexy. Sus labios resbalan por el cuello de ella, depositando un beso tras otro. Derek cierra la puerta tras de sí al avanzar un par de pasos. Ayleen gira la cara, buscando los labios de él con su boca, y cuando por fin los encuentra, le besa como si nunca le hubiese besado. Verdaderamente logra olvidarse de los estudios, de Connor, y de sus dudas, consigue por algún motivo dejarse llevar, tal vez porque esa es la forma más sencilla de dejar ir la tensión acumulada. Introduce las manos bajo la camiseta de Derek y se empapa del calor de su espalda a la vez que él baja las manos hasta el trasero de ella y lo masajea, desde la base de la espalda hasta peligrosamente abajo. Sus respiraciones se convierten en jadeos agitados hasta que Derek se separa un poco y aparta el pelo de Ayleen de su cara. Clava sus ojos negros en ella y sonríe al ver su expresión contrariada.

-Quizás esa no sea la definición más adecuada de relajarse –comenta como si nada.
-Probablemente no –contesta Ayleen, todavía respirando con dificultad, y sin comprender por qué se ha detenido.
-Al menos espero que haya servido para que te olvides del mundo.
-Sin duda.
-Buenas noches, pelirroja. 

Tras darle un suave beso en la mejilla, sale de la habitación. Ayleen se queda un minuto de pie frente a la puerta, sin comprender bien lo que acaba de pasar. ¿Acaso Derek no quería seguir? Oh, vamos, eso es imposible tratándose de Derek. Lo único de lo que Ayleen está segura es de que, por si le faltaban motivos para no ser capaz de estudiar, ahora ya tiene uno más, y ahora sin duda le va a ser imposible concentrarse esta noche. 


[Espero que os haya gustado, y si leéis por favor comentad en blogger y por mención en twitter, muchas gracias por la paciencia que tenéis siempre conmigo, os quiero.]