martes, 29 de diciembre de 2015

Tú la pescadilla y yo la cola.

Siempre eres tú. O yo. Nunca hay un nada. Nos autodestruimos porque es lo único que sabemos hacernos. Tú me exiges demasiado y yo te pido mucho. Y cuando te olvidas de mí quieres poder seguir pidiéndome. Cuando te convenga. Supongo que yo soy igual, siempre lo fuimos. Por eso funcionábamos tan bien. O puede que nunca llegásemos a funcionar. Suelo imaginarme las cosas que quiero que pasen, y te prometo que tú eras una de ellas. Pero yo te quito la calma y tú me quitas las ganas. Me parece que el ternernos manía está a un paso. Un paso por detrás, quiero decir. Al menos ten el valor de admitirlo. Acepta que nada es como creías (ni querías). Acepta que me ves y miras a otro lado, que no abres la boca cuando me tienes cerca, que ya no te sale, ni a mí tampoco. Quizás piensas que tus palabras no merecen mis oídos pero quizás son mis oídos los que no merecen tus palabras. Tampoco merece la pena, que no ha sido poca. Ni es, porque sigue siendo. Seguimos en el bucle. Y seguiremos, hasta que no entendamos que perder el orgullo no es lo mismo que perder la dignidad.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Epílogo de una historia que nunca sucedió.

Me decepcionaste, y tú ni siquiera sabes cómo.
O por qué. 
Quizás ni sabes que me has decepcionado.
Esperaba más
como siempre.
Demasiado. 
La gente ya no se da por completo,
y tú no ibas a ser diferente. 
no me considerabas especial.
Yo a ti sí, supongo.
No hace falta suponer; lo hacía.
Tal vez el problema fuera que me habías dado motivos para creer que todo era distinto.
Que yo era distinta.
No lo era, nunca lo soy.
No te preocupes,
ni para ti ni para nadie.
Pero esta vez
eras tú.
Tú.

Fuiste tú quien
sin saberlo
me engañaba.

Quiero alejarme de ti.
Quiero un motivo real para alejarme de ti.
Dámelo, por favor
porque yo sigo sin encontrar uno definitivo.
Vete.
Te prometo que esta vez
no intentaré que te quedes.

miércoles, 29 de abril de 2015

Bandera blanca.


Las peores historias de amor, las más trágicas, son las que nunca han pasado. No al menos en la vida real, porque en la mente y en los desvelos nocturnos suceden una y mil veces, siempre de una manera diferente, pero a fin de cuentas siempre lo mismo. En mi opinión, las historias de amor más tristes son esas que casi pasan, que te hacen desear gritar de impotencia, que tienes que luchar por olvidar y por dejar ir. Son tan frecuentes. Y lo peor de todo es que nadie sabe cuándo pasan. Esas historias forman parte de los secretos de esa chica que mira pensativamente a través de la ventana del autobús, escuchando con los auriculares una canción que habla de lluvia y de melancolía. Forman parte de los secretos de ese chico que da vueltas al café hasta que se enfría tanto que ya ni le apetece tomarlo, porque le recuerda demasiado a cómo se siente su corazón. Helado, frío y solitario. Porque así son las historias de amor que nunca pasan. Tremendamente solitarias. Son un cúmulo de pensamientos atropellados todos en torno al mismo nombre, son momentos de miradas perdidas en los que el mundo alrededor se esfuma sin motivo alguno, son miradas en una habitación llena de gente en busca de algo que saben que nunca poseerán. O quizás no lo saben, y eso sólo lo hace aún peor. Porque si hay algo peor que las historias de amor que nunca pasan, son las historias de amor que creemos que podrían llegar a pasar. Agonía lenta, tortuosa, como desangrarse poco a poco pero sin darse cuenta de la existencia de la herida hasta que ya es demasiado tarde para cerrarla. Es caer en la esperanza del ¿y si…? cuando es imposible, pero no lo sabes. Es dudar, e imaginar aún más, y preguntar al reflejo en el espejo por qué. Peor que la desolación es la esperanza. La esperanza respira del aire que debería entrar a nuestros pulmones, se alimenta de nuestros más profundos pensamientos, se apodera de ellos, los envenena. Pero llega un punto en que ni la esperanza consigue mantenernos en pie. Hay un momento en que ya no queda aire que quitar, en que la caída ya es segura, pero preferible a seguir ascendiendo si igualmente después vamos a tener que caer. Llega un momento en que hay que desistir, hay que dejar de luchar, de imaginar, de esperar cosas que nunca pasarán. Llega un punto en que la esperanza se desvanece, y deja un vacío imposible de llenar tras de sí. En que querríamos pero sabemos que no podemos seguir intentándolo, en que hay que confiar en el tiempo para que nos haga olvidar, para que nos repare, para que nos devuelva al nosotros mismos que perdimos por el camino. Lo aceptas y te rindes. Y así es como acaba una historia que nunca empezó.  

jueves, 9 de abril de 2015

De príncipes-rana y locas de los gatos.

Me confundo y sé que es culpa mía. Quizás es que soy excesivamente tradicional, o que he visto demasiadas películas fantásticas, comúnmente conocidas como comedias románticas. Qué virus. Se extienden como nada y lo único que hacen es engañarnos, crearnos una bonita utopía en la cabeza, que, como su propio nombre indica, no es real. No puede serlo. Supongo que soy una estúpida. Confío en el romanticismo de los cantares medievales y pienso que los príncipes azules –o verdes, o rojos, no soy delicada en cuanto al color- existen, en alguna parte. Que serán difíciles de encontrar pero que serán reales. Mentira. No existen los príncipes azules, al igual que tampoco lo hacen las princesas de cuento. Porque, seamos honestos, igual que jamás encontraremos al chico perfecto, la chica perfecta tampoco existe, por si alguien andaba buscándola. Somos personas, qué le vamos a hacer. Y el gran y mayor problema de seguir teniendo esperanzas en el romanticismo y/o príncipe azul es, básicamente, que como no existe, es más probable que acabe cual loca de los gatos que siendo feliz con alguien. No porque soltera no se pueda ser feliz, sino porque buscar algo que es imposible encontrar tiene que acabar con la cordura de más de uno. Tampoco es que vaya por la vida buscando una relación, pero la cosilla al ver las ya mentadas pelis fantásticas siempre se queda ahí un rato, recordando que, bueno, tú podrías vivir algo así en lugar de verlo a través de la pantalla pero mira donde estás. En fin, algo así así tampoco porque los flechazos esos a primera vista y el amor eterno que supera todas las barreras habidas y por haber es poco probable que suceda, pero algo parecido, no sé, alguien con quien compartir momentos bonitos, alguien con quien salir a dar un paseo, con quien hablar de todo –y con todo me refiero a todo, no sólo temas banales, también cosas importantes-. Pero tengo varios problemas. El número uno, el problema estrella, es que no sé si cuando me fijo en alguien lo hago porque me gusta esa persona o porque veo la posibilidad de que con esa persona surja algo, alias, no sé si quiero a una persona en concreto o sólo quiero que me quieran, y sinceramente es una duda desquiciante, no poder confiar ni en ti misma. Hay por ahí una frase de un libro (posteriormente una película) que dice que aceptamos el amor que creemos merecer.  Yo creo que es cierto, que a veces nos conformamos sólo porque pensamos que no merecemos más de lo que tenemos, que nunca conseguiremos más. Así estoy totalmente convencida de que no es cuando surgen las historias de cuento, si es que ocurren alguna vez. Tampoco pido eso, como ya he dicho, ni cosas empalagosas con flores y bombones por todos lados, pero la parte que nos hace creer que el amor es algo real es bastante atractiva. Y aquí viene el problema número dos. Por si no se había notado con todo mi escepticismo anterior, me resulta considerablemente arduo creer en el amor. No es porque no haya visto parejas que dicen estar enamoradas –aunque sólo ellos saben lo que sienten realmente-, pero eso de las maripositas en el estómago y tal y cual a mí nunca se ha dignado a pasarme, y viendo algunas cosas que hace la gente, creer que el amor existe me resulta tan difícil como pensar que si beso a una rana se hará príncipe. Quiero creer en él, de verdad. Pero a veces pienso que es más las ganas de que exista (y sea posible encontrarlo) que su propia existencia. Un jaleo. Yo simplemente dejo planteada la siguiente cuestión: ¿es amor, o es que los seres humanos, como cualquier otro animal, tiene el instinto de emparejarse, y como somos seres sociales buscamos a alguien con quien compartir nuestra vida, y elegimos a aquella persona con la que nos encontramos más a gusto de nuestro círculo, aunque no haya maripositas de por medio? Puede parecer lo mismo, pero no lo es. Lo primero suena a literatura, lo segundo suena a practicidad. A fin de cuentas, nadie quiere acabar cual loca de los gatos. 

jueves, 26 de marzo de 2015

"Who's gonna be the first to say goodbye?"

Zayn se ha ido. Sé que hace tiempo dije que ya no soy directioner y que no quería involucrarme en los fandoms, pero Zayn se ha ido. Y no se trata de que vaya a dramatizar o a describir un mar de lágrimas o algo así. No, simplemente creo que es el fin de una era, y como siempre, me apetecía escribir. No voy a hablar de lo mucho que se le echará de menos, de que cada vez que haya una foto o un vídeo del grupo, faltará una persona más al lado de los cuatro, o de lo extrañas que van a ser sus canciones cuando… ¿quién hará las notas altas? Liam, supongo. Pero no, voy a hablar de que comprendo a Zayn. Bueno, realmente no porque nunca he tenido millones de seguidores de todo el mundo, ni un estadio lleno de gente cantando a coro conmigo, ni un montón de dinero suficiente para vivir cinco vidas sin tener que trabajar, ni a todas las revistas del mundo pendientes de hasta mi último movimiento, ni a gente cuestionando el amor que siento hacia mi pareja, ni desconocidos parándome por la calle a cada dos pasos que doy para hacerse una foto conmigo. Poco a poco suena menos bonito, eh. Sinceramente, no sé por qué Zayn se ha ido ni necesito saber sus motivos. Lo que sé es que tanto él como el resto empezaron demasiado jóvenes a tener responsabilidades, tuvieron –como toda estrella juvenil- que dejar rápidamente atrás toda su adolescencia para convertirse en algo que, perdonadme que lo diga, tal vez ni siquiera ellos estaban seguros de querer. No soy famosa y no sé lo que es la fama, pero tampoco quiero saberlo, porque estoy segura de que no es agradable. Imaginad sólo los rumores y las críticas. Tiene que gustarte mucho lo que haces para que al final del día merezca la pena. Y eso nunca pareció ser lo que Zayn quería. Canta bien, sin duda. Le gusta cantar, seguramente. Pero sólo recordad a aquel chico al que Simon Cowell tuvo que convencer para que saliera a bailar, y pensad si Zayn alguna vez ha querido eso. Soy afortunada porque puedo decir que fui a dos de sus conciertos cuando todavía eran One Direction, pero lo triste es que también puedo decir que en ninguno de los dos vi a Zayn como se suponía que debía estar. Se suponía que debía estar animado, disfrutando, porque si ni siquiera en los conciertos lo pasas bien, ¿cuándo vas a hacerlo? Pero no, estaba apagado y cantaba sus partes porque, bueno, era lo que tenía que hacer. Pero no creo que la fama sea soportable simplemente por hacer lo que tienes que hacer. Tienes que hacer lo que quieres hacer. Y está claro que Zayn prefiere dibujar, estar con su familia, con sus amigos, con su novia, prefiere salir, prefiere disfrutar de la juventud que ha perdido. Y lo entiendo. Imaginad lo que es no tener ni un segundo para uno mismo. Tener que vestir, actuar, hablar, incluso cantar como te digan que lo hagas. Puede parecer irónico, pero estoy segura de que Zayn quiere más de su vida, quiere dar más de sí, pero no de cara al público sino a sí mismo, quiere algo más auténtico, más real, supongo que quiere empezar a vivir, y es lo que va a hacer. Y me alegro por él. Me alegro porque en el fondo todos sabemos que lo necesitaba, que llevaba mucho tiempo en que se notaba que no estaba a gusto en su situación, y sé que a partir de ahora será más feliz. Es muy triste, sí, porque One Direction me acompañó durante mi adolescencia y ya nada será lo mismo, ha sido como ver caer una de esas cosas que se mantenían imperturbables en mi vida, pero siempre hemos dicho –y yo también, sea o no directioner- que apoyarles es estar ahí sin importar las decisiones que tomen, que si alguna vez te ha importado esa persona lo que querrás será su felicidad. Pues bien, estoy convencida de que Zayn estará mejor a partir de ahora, y sí, le apoyo en su decisión, pase lo que pase, siempre. 

domingo, 15 de marzo de 2015

PAS DE DEUX - Entrée, Capítulo uno.

Déboulé déboulé déboulé fouetté. Era fácil imaginarme a mí misma moviéndome por la clase con total ligereza, como si volara, flotando en lugar de girando, con el cuerpo erguido y el porte orgulloso, con las piernas fuertes y la mirada fija en un punto. Yo había sido así una vez, había podido hacerlo. Ahora estaba al fondo de la clase, aferrada a la barra y luchando por mantener los dos pies a la vez -y más de una milésima de segundo- sobre las zapatillas de punta. Tras una triste semana en la que intenté por todos los medios seguir el ritmo de la clase, se demostró que no era posible, y la profesora me dedicó un frío "incorpórate con tus compañeras cuando no supongas un peligro para ellas". Así que allí estaba, luchando porque mis tobillos sujetaran todo el peso de mi cuerpo, después de tres años sin tener que hacerlo. Cuánto cuesta conseguir algo, y qué rápido se desvanece. 
He de admitir que no pensé que sería tan difícil. Pensé que, de algún modo, mi cuerpo recordaría. Pero era evidente que no. Mi mente, en cambio, sí recordaba los pasos, la técnica, lo cual sólo hacía que no ser capaz de hacerlos fuera doblemente frustrante. Ver a mis compañeras con sus giros perfectos (o casi, porque en una clase de ballet nunca nada es perfecto y todo puede mejorarse) tampoco ayudaba demasiado. En realidad, de nuestro antiguo grupo sólo quedaban Luna, Catie, Maggie y Wei. Me resultó triste pensar que de unas veinte personas sólo cuatro habían seguido hasta ahora, y me sentí por un lado culpable por haberlo dejado y por otro orgullosa de volver a estar ahí. En fin, todo lo orgullosa que puedes sentirte cuando tienes tanta presión en los dedos que sientes que va a caérsete las uñas. De hecho me sorprendía que todavía no se hubieran caído.
Mi frustración al acabar la clase era evidente, y caminar como si llevara aletas en los pies no ayudaba a mi dignidad.  Me dirigía, como mis compañeras, a los vestuarios, cuando la profesora me llamó.
-Escucha, Adriana -me dijo con un tono más amable que sólo se permitía fuera de las clases-. Sé que quieres estar en este grupo, pero creo que deberías plantearte pasarte a un nivel inferior. Las chicas serían algo menores que tú, pero están menos acostumbradas a las puntas y te sería más fácil engancharte.
-Usted misma dice siempre que una bailarina jamás va a por lo fácil -me atreví a replicar, y en su cara se formó un amago de sonrisa.
-Es tan solo un consejo.
-Lo sé -mis dedos de los pies ardían-. Pero si me deja, me gustaría seguir en su clase.
Me hizo un gesto que indicaba "adelante", yo asentí con la cabeza y me fui al vestuario sin mirar atrás.

Las chicas ya se estaban vistiendo para cuando yo hube cogido mi toalla y me dirigía a las duchas. Ver sus cuerpos fuertes y musculosos -pero nunca tanto como para perder la elegancia- me hizo sentirme gorda y fofa, y eso que siempre he estado bastante delgada. La sangre de mis pies tintó el agua de la ducha en cuanto que empezó a caer. Ya había pasado por eso antes. Lo peor, claro, es que la única forma de que dejen de sangrar es que salgan callos, y para eso hay que bailar, y para bailar hace falta ponerse sobre las zapatillas, y eso sólo hace que los pies sangren y duelan más. Digamos que es dolor sobre dolor. Cuando ya crees que no es humanamente posible que duela más, lo hace. Y cuando sientes que preferirías arrancarte los pies antes que andar con ellos -y me refiero literalmente a arrancarlos, no es una exageración ni una metáfora-, llegados a ese punto, entonces el dolor disminuye y dejas de sangrar. Por un momento me sentí enfadada con mis pies, enfadada de que hubieran perdido la costumbre y de que ya no fueran capaces de sostenerme como yo sabía que podían, como ya habían hecho.

Volví a casa exhausta. Mi madre me lanzó una mirada de preocupación, tal vez porque ella también entendía por lo que estaba pasando. Fue de hecho encontrarme sus viejas zapatillas de punta lo que me hizo volver a bailar. No estaba dispuesta a abandonar lo que me gustaba, como había hecho ella, aunque hubiera tardado demasiado tiempo en darme cuenta.

Después de cenar subí a mi habitación. Me gustaba mi cuarto. Y no sólo porque fuera el único lugar del mundo sobre el que tenía un relativo derecho a llamar mío, sino porque adoraba que lo que en cualquier casa sería un desván en la mía fuera mi habitación, me encantaba esa ventana redonda y el techo inclinado, y el repiquetear cercano de las gotas cuando lluvia cuando llovía, que parecía inundar el dormitorio.

Todavía tenía que hacer una redacción para clase de literatura, pero por otro lado también era el cumpleaños de Andrea (mi digamos mejor y única amiga en España), y no me creía capaz de elegir entre lo uno o lo otro así que saqué mi ejemplar de El Gran Gatsby y un folio en blanco, y encendí el ordenador e inicié sesión en skype. Algo que tenía muy claro era que el ballet me iba a quitar mucho tiempo, pero merecía la pena.

Como suponía, Andrea estaba conectada. Estuvimos hablando un rato -en mi algo oxidado español- de lo que le habían regalado y de cómo pasaba el tiempo, hasta que supongo que no pudo resistirse más y me preguntó si en el instituto me acribillaban a deberes, porque era tarde y ahí estaba yo, haciendo una redacción. No le había contado que había vuelto a apuntarme a baile, pero decidí que ese era el momento. De modo que alcé la vista del Gran Gatsby y se lo dije. Su imagen poco nítida me estuvo mirando unos segundos antes de contestar:

-¿Y si vuelves a lesionarte?
-No voy a volver a lesionarme.
-¿Has hablado con el médico?
-El médico me dijo que ya estaba curado.
-Que esté curado no es lo mismo que que puedas bailar otra vez.

El océano Atlántico que había entre nosotras no me dejaba ver la preocupación en sus ojos, pero yo sabía que estaba ahí.

-Andrea, no va a pasar nada. 
-Ya, bueno, lo que tú digas. ¿Lo sabe Kurt?

Entrecerré los ojos.

-Kurt no tiene por qué saber lo que hago o dejo de hacer. Ya no estamos juntos, ¿recuerdas? 
-Sabes que no le va a hacer ninguna gracia -dijo, ignorando lo que yo acababa de decir.

Así era Andrea. Obstinada y cabezota como ella sola. Aunque qué puedo decir yo, si en un concurso a cabezotas seguro que habríamos quedado empate. Por eso me sorprendía que nos lleváramos tan bien, claro que el hecho de que viviéramos separadas por miles de kilómetros y que nos viéramos con suerte una vez al año ayudaba, aunque pueda sonar raro. Por cierto, Kurt era el que había sido mi novio durante casi dos años. Y no, no le gustaba que hiciera ballet, por muchas razones que creo que ni él mismo llegó a entender del todo. Creo que simplemente no le gustaba que fuéramos tan diferentes. Él tenía un grupo de rock. Supongo que el contraste es evidente.

-Me da igual que no le haga gracia -repliqué.
-¿Rompiste con él por eso? -pregunta, de repente muy seria.
-¿Qué?
-Que si rompiste con él porque querías volver a bailar y sabías que Kurt no iba a estar de acuerdo.
-¡Claro que no! He roto con él porque quiero... no sé, libertad.

Unas pequeñas interferencias se interpusieron entre nosotras durante un momento en que su imagen permaneció congelada.

-Escucha, yo sólo quiero que estés bien -me dijo Andrea cuando la videollamada volvió a funcionar-, y creo que con Kurt lo estabas. No sé si cortar con él ha sido una especie de acto de rebeldía para volver a bailar o viceversa, pero creo que estabais bien.
-¡Exacto! -alcé la vista un instante del folio ya escrito por la mitad para inmediatamente volver a mirarlo y seguir buscando recursos lingüísticos- Estábamos bien. Y ya está, no me pidas más emociones porque ahí se acaba la lista. Pero yo no quiero eso, yo quiero más. Yo no quiero que mi novio sea como una vieja cortina que no cambio porque bueno, aún está bien.
-Qué metafórica te me has vuelto.

Sonreí sin mirar a la pantalla.

-¿Y qué? ¿Te gustan las nuevas cortinas?
-Bueno, todavía no he puesto unas nuevas. Ahora mismo he descubierto que detrás hay una ventana y un mundo enorme. A lo mejor nunca pongo otras cortinas.
-¿Te sientes mejor ahora?

Asentí con la cabeza.

-En fin, me duelen un poco los pies, nada por lo que no haya pasado antes.
-Es que mira que tienes valor para volver a meterte ahí, eh.

Seguimos hablando un rato más, pero para ser sincera no le presté mucha atención a Andrea. Estaba pensando en Kurt, y en lo que ella había dicho, en que quizás tuviera razón. Tal vez, en parte, había roto con él porque quería volver a bailar y no quería que él me pidiera no hacerlo. Pero lo que yo dije también era totalmente cierto, no quería estar simplemente bien. Quería sentir todo eso que dicen que se siente en las películas y en los libros, aunque no estaba segura de que eso fuera real y alguien pudiera experimentarlo alguna vez. Os diré una cosa. El amor es un problema. No uno solo, además, sino muchos, uno tras otro. Ya os adelanto que esa situación idílica de los libros no es más que ficción, y que no puedes pasarte la vida buscando eso porque jamás lo encontrarás. El amor nunca es perfecto, es caótico. Para empezar, no siempre es correspondido. Y cuando tienes la suerte de que lo sea, es como una montaña rusa que sube y baja constantemente, sacudiéndote y haciéndote o apretar los dientes o gritar. Pero también te provoca esa sensación cosquilleante en el estómago, y también te deja sin respiración. Y, al igual que el niño que sale vapuleado de la montaña rusa pero quiere subirse una vez más, los seres humanos nos enamoramos sin remedio por mucho daño que nos hayan hecho. Porque en el amor se hace daño, mucho. El amor te rompe, pero también te repara. Por eso, supongo, volvemos a él, porque igual que te destroza de la mejor manera, es capaz de hacerte sentir vivo como nada más lo hace. Así es el amor. No es perfecto, pero es real, y eso hace que sea bonito.

Con Kurt yo sólo había experimentado una leve parte de esto que os acabo de contar, posiblemente porque le quería, pero nunca había estado completamente enamorada de él, no al menos todo lo que poco después descubrí que se puede llegar a amar. No lo supe hasta que llegó él. Destruyéndome una vez tras otra como olas del mar que te hacen chocar contra las rocas, pero a la vez reparándome lo suficiente como para conseguir mantenerme a flote. Él.

[Bueno, pues éste es el primer capítulo de mi nueva novela. Hace ya un tiempo que la empecé a subir a wattpad, así que si queréis seguir leyendo sólo tenéis que pulsar aquí. Espero que os haya gustado/ os guste, y comentad, ¡gracias!]

Expuesta.

Perdida. Muchas veces incomprendida. Ni mejor ni peor, de hecho imperfecta en absolutamente todos los aspectos. Respiro palabras mientras todos a mi alrededor cambian su sangre por alcohol. Quiero crear, explorar hasta los más recónditos rincones de la condición humana, no quiero conformarme, quiero marcar una diferencia, aunque sepa que no es posible. Idealista hasta la médula, si bien sé que todo es mentira. Que el mundo es una mentira, que la sociedad es una mentira, que a nadie le afecta lo que hago pero a todo el mundo parece importarle, que la gente se alimenta de las vidas de los demás pero nunca se sacian, porque lo que creen ver no es lo que realmente es, y llenan sus cabezas de humo e ilusiones. Pero el humo se propaga con tanta facilidad, ah, la vida es humo. Y me gustaría pensar que entre el humo todavía quedan algunas personas auténticas, de esas que prefieren conversaciones cara a cara antes que a través de una pantalla, de esas que no han convertido las risas en una forma de salir del paso y los te quiero en un compromiso. Fantaseo con la idea de que todavía hay alguien que retiene una puesta de sol en su memoria en lugar de una cámara de fotos, que algo de lo que vemos es real y que los demás actúan por sí mismos y no por lo que piense el resto. Me encantaría encontrarme a personas que aún guardan bajo llave misterios de su vida, en lugar de lanzarlos al aire y convertirlos en más humo, y que pueden llegar a mostrártelos si comprenden que vales la pena. Quiero creer que la vida es algo más que ver hojas caer, que quedan personas en las que puedes confiar, de esas que sonríen a los desconocidos sólo porque la felicidad es mayor si se comparte. Ya lo he dicho y lo repito, soy una idealista. Y es muy cierto que, menuda estupidez, las personas me ponen nerviosa. Quizás debería haber nacido en otra época, porque nunca logro comprender cómo ve la gente de mi edad las cosas. No entiendo que lean un libro sólo para decir que lo han hecho, o para aclamar que adoran la lectura, porque es lo que se lleva. No entiendo que el único tipo de relación social que la mayoría parece ser capaz de tener sea o beber en compañía hasta que el cerebro no puede retener los recuerdos o comentar cosas banales vía mensajes que hablan por sí solos con cuatro simples términos (un reloj, un tic, dos tics, y una última hora de conexión, y no importa lo que la persona haga o diga después porque ese lenguaje ya lo ha dicho todo). Anhelo alguien con quien hablar de la vida, pero de la vida en general, no de lo que creemos que puede que quizás esté pasando en la vida del prójimo, porque, sinceramente, de eso no tenemos ni idea. Sé que todavía quedan personas como esas en alguna parte, de esas que se abren paso a través del mundo de humo que hemos creado, pero no sé cómo encontrarlas, ni si al final no acabarán cayendo también, igual que yo a veces me noto tambalearme. Es tan fácil dejarse llevar, tan fácil… no hay que hacer nada, no hay que esforzarse, sólo hay que hacer como hacen todos los demás y mirar antes a la pantalla de un pequeño (o no tan pequeño) aparato electrónico que a los ojos de otra persona. Y es que nos sentimos tan solos que hemos inventado cosas que nos hacen creernos que no lo estamos, pero lo cierto es que el vacío sólo se hace más y más grande, y nos quema por dentro, hasta que nos consumimos y nos volvemos humo. Yo no quiero ser humo, pero sería tan sencillo… No quiero serlo, me repito una y otra vez, no quiero. El problema es que tal vez ya lo sea.