sábado, 14 de febrero de 2015

ESPECIAL SAN VALENTÍN HARRY Y BOMBÓN

(Para que os situéis, digamos que esto pasa entre la primera y la segunda temporada. Disfrutad del especial de San Valentín, y por favor, agradecería comentarios.)

~~~

Abres los ojos perezosamente, hasta que la consciencia del día que es te hace incorporarte en la cama de un salto. 

-¡Buenos días! -Julia aparece por la puerta, como si hubiera sabido en qué momento te ibas a despertar- ¡Feliz San Valentín!

Todo lo que contestas es un gruñido de protesta, y mientras ella sube tu persiana, te dejas caer en la cama y te entierras bajo las sábanas.

-¿Qué te pasa? -notas el peso de tu amiga hundir un poco el colchón al sentarse.
-No me apetece -resoplas desde debajo de tu parapeto.
-¿No te apetece pasar el día con ese fantástico -y guapo- chico con el que sales? -sus palabras se posan en tus hombros con un leve deje de reproche.
-No es eso -asomas sólo hasta la nariz para mirar a Julia-. Es que no sé, el día de San Valentín es mucha presión. "¿Le gustará mi regalo?" "¿Haremos algo interesante?" Es como que te obligan a querer a la otra persona, y yo ya le quiero sin necesidad de que me digan que lo haga.
-Tú siempre tan antisistema -tu amiga y compañera de piso se ríe y tira de ti para levantarte-. Lo pasaréis bien, ya lo verás.

Es tu primer 14 de febrero que estás con alguien, y no estás muy segura de cómo debes actuar. Es una tontería, y lo sabes, pero un cosquilleo de inseguridad se ha asentado en tu estómago.

Julia sigue sentada en la cama mientras sacas un jersey marrón y unos vaqueros claros del armario. 

-¿En serio? -alza las cejas cuando coges un sujetador celeste del cajón.

Ella coge un conjunto negro de encaje y te lo pone en las manos en lugar del otro. Sonríe, satisfecha.

-Pero...
-Nada de peros -y sale de la habitación tarareando una canción.

Miras un segundo el conjunto de lencería que descansa entre tus manos. Bien, aumentando la presión.

Te vas a la ducha, y después de un buen rato, sales liada en una toalla y con el pelo mojado. Vas a tu cuarto para vestirte, pero te quedas paralizada en la puerta.

Allí está, sentado en la cama.

Tarda un breve instante en darse cuenta de tu presencia, pero cuando lo hace, sus ojos verdes te recorren desde los pies hasta la cabeza, parándose un poco más de lo estrictamente necesario en tus piernas desnudas. Se pasa una mano por el pelo, que lleva algo más largo que normalmente, y se muerde sin ser consciente el labio inferior. Tú no puedes sino sonrojarte. 

-Hola, bombón -sus labios se curvan en una sonrisa.
-Hola -contestas entrando por fin, y cerrando la puerta tras de ti. 
-Guau, esto sí que es un buen recibimiento -sus dedos rozan el encaje de tu sujetador, que está en la cama.
-No te hagas ilusiones -tus mejillas arden al tiempo que coges tu ropa.
-¿Por qué te sonrojas? He visto hasta el más oculto rincón que escondes ahora mismo con esa toalla.
-Ah, cállate, Styles -le lanzas los vaqueros pero él los coge en el aire.
-Míos -dice, triunfal.
-Harry, mis pantalones.
-Ven a por ellos -su risa inunda la habitación.

Por un momento te lo planteas, pero lo más probable es que la toalla acabe en el suelo y la sangre de todo tu cuerpo se vaya a tu cara, y entonces Harry conseguiría lo que quiere, así que alzas un poco la barbilla y te vas al baño. 

-Gracias por dejarle entrar sin avisarme, Julia, gran maniobra -gritas mientras caminas por el pasillo, de forma claramente irónica.
-¡De nada! -contesta ella.

Harry ríe de nuevo.


Cuando vuelves del baño, vestida completamente excepto por los pantalones -al menos el jersey te llega a la mitad del muslo-, vuelves a pedirle a Harry los pantalones, y él se niega a dártelos de nuevo. Pero ahora ya sí estás dispuesta a luchar. Te lanzas a la cama para cogerlos, pero él se da cuenta y los quita de tu alcance. Has caído encima de Harry, de modo que te atrapa con un brazo por la cintura para que no llegues a tu prenda. Como tiene las manos ocupadas, te roza el cuello con la nariz. Sabe dónde tienes cosquillas. Sueltas una carcajada y sigues forcejeando por librarte de él, pero entrelaza sus piernas con las tuyas y te inmoviliza por completo. Dejas de luchar y miras hacia abajo, a sus ojos. Tu pelo húmedo cae a ambos lados de tu cara, mojando un poco las mejillas de él, pero no parece importarle. Sus labios rozan los tuyos un instante, y después Styles susurra:

-Feliz San Valentín, bombón.

Sonríes en sus labios y le besas, aprovechando ese momento de distracción para quitarle los pantalones de la mano. 
Te levantas, triunfal, y riendo te pones la prenda.

-Y luego las mujeres decís que somos nosotros los que os utilizamos a vosotras -suspira él.
-No te he utilizado. Sólo he sabido reconocer cuándo estás con la guardia baja -le guiñas un ojo y coges tu mochila-. ¿Vamos?

Styles asiente con la cabeza y coge una pequeña bolsa de la que no te habías dado cuenta antes.

-Mmm, ¿qué llevas ahí? -preguntas.

Sus cejas se arquean levemente.

-Ya te enterarás -sonríe y sale con autosuficiencia de la habitación.

Niegas con la cabeza pero no insistes. Desde la entrada, te despides de Julia con una voz y salís del edificio.

-Bueno... -te quedas quieta una vez que estáis en la calle y él también se para- ¿Adónde vamos?

Harry suelta una carcajada.

-¿Qué? -frunces el ceño.
-¿Te he contado alguna vez con antelación los sitios a los que voy a llevarte?
-No -no necesitas siquiera pensarlo.
-¿Y qué te hace pensar que hoy va a ser diferente?
-Quizás porque es San...
-Valentín, ya -hace un gesto quitándole importancia con la mano-. Espero que no estés pensando que te voy a llevar a un restaurante empalagoso lleno de corazones y velas y parejitas cogidas de la mano porque...

No puedes evitarlo. Das un paso al frente y le besas. Inmediatamente, sin que parezca importarle que le hayas interrumpido, te rodea por la cintura y responde a tus labios.

-Me encantas tus impulsos -dice Harry, tú aún entre sus brazos-, pero no estoy seguro de haber entendido por qué.

Te muerdes el labio y le miras.

-Porque te aseguro que no quiero ir a un restaurante empalagoso lleno de corazones y velas. No sería nada parecido a lo que... nosotros somos.
-¿Verdad? -te regala una sonrisa con hoyuelos.

Tú asientes con la cabeza.

-Pues venga, vámonos por ahí a un antro de mala muerte -te coge de la muñeca y tira de ti.

Le das un golpe en el brazo.

-Ay -protesta, aunque es evidente que no le has hecho daño.
-Término medio, Styles.
-¡A sus órdenes, mi Capitana Bombón! -se pone erguido y hace el saludo militar.
-Eres un payaso -contestas, riendo.
-Pero precisamente por eso te enamoraste de mí.
-No, me enamoré de ti por tu moto -señalas el vehículo que descansa en la acera, enfrente de vosotros.
-iPero si te daba miedo!
-No. Tú me dabas miedo -haces énfasis en ese tú-. Anda, vamos. 

Te subes en la moto, como ya has hecho tantas veces, y dejas que Styles te lleve a quién sabe dónde.


Durante todo el trayecto llevas la mejilla apoyada en su espalda, tus brazos alrededor de su torso, sintiendo el reconfortante calor que desprende su cuerpo en contraste con el frío aire londinense que choca contra vosotros. Todavía no estás tan familiarizada con los viajes en moto como para sentirte cómoda separándote de él, o tal vez es sencillamente que te gusta su proximidad. En cualquier caso, no sabes dónde estáis hasta que Harry para la moto y te invita a bajar. Son las afueras de la ciudad, y hay…

-¿Una feria? –preguntas, mirando la noria que sobresale por encima de los puestos.
-¿No te gusta? –te mira con preocupación.
-¡Me encanta! –lo agarras de la muñeca y tiras para ir al interior del recinto.
-Bombón…

Te giras para mirarlo.

-El casco –dice, riéndose.

Te ruborizas, guardas el casco en la moto, y por fin entráis a la feria. Hay una afluencia considerable de gente –no sois la única pareja que ha decidido pasar el día de San Valentín allí-, pero no está tan lleno como para que sea agobiante. 

-¡Consígale un peluche a su dama! ¡Gane para ella uno de estos fantásticos regalos! –grita sistemáticamente un tipo de uno de los puestos.

Styles lo escucha y te mira.

-¿Quiere mi dama un peluche? –ladea una sonrisa.
-¿Soy tu dama? 
-La otra opción es mi moto, pero sinceramente, te prefiero a ti.

Es absurdo que te haga ilusión que te diga que te prefiere antes que a un objeto inanimado, pero te la hace. No es un objeto cualquiera… es su moto. Su posesión más preciada. Sonríes de oreja a oreja.

-Me lo tomaré como un sí. 

Te lleva hasta el puesto.

-Buenas tardes, buenas tardes –os saluda alegremente el dueño-. ¿Quiere un regalo para la dama?

Harry asiente con la cabeza.

-Es muy sencillo. Aciertas tres veces, eliges peluche normal. Aciertas tres veces en el centro, eliges peluche gigante –explica mecánicamente al tiempo que le tiende una escopeta de bolitas.

Styles se coloca en posición, respira hondo y dispara. Da en la diana, aunque no en el centro. Vuelve a disparar, y vuelve a darle. La tercera vez que dispara, falla. Suelta un bufido y tú no puedes evitar una carcajada ante su gran orgullo herido. 

-Estaba calentando –murmura.
-Claro, Styles, lo que tú digas.

Y como no hay persona más cabezota en el mundo que Harry Styles (sobre todo cuando se trata de su autosuficiencia resentida), juega dos veces más para intentar conseguirte el peluche. Va a pagar la cuarta ronda cuando tú pones tu dinero en el mostrador. 

-Tal vez yo pueda conseguirle el peluche al caballero –sonríes ampliamente y coges la escopeta. 

Harry alza las cejas.

-¿Qué pasa? ¿No crees que pueda darle? –entrecierras los ojos.
-Yo no he dicho nada –alza las manos, exculpándose.
-Pues ya veremos qué pasa.

En tu vida has jugado a eso, pero ya se dice por ahí eso de la suerte del principiante. Por algún motivo que no tú comprendes, consigues darle las tres veces. 

Cuando te giras para mirar a Harry, ves que está con la boca abierta.

-Así que no pensabas que pudiera acertar... -esbozas una sonrisa de autosuficiencia- ¿Qué peluche quiere el señorito?
-Te dejo que elijas tú.
-No, yo he acertado, tú escoges -alzas las cejas.
-Mmm... -Styles estudia todas las opciones y el tipo del puesto os mira con aire divertido- Ese de ahí.

Señala al peluche de un delfín. El hombre lo coge y se lo tiende. 

-¿Quiere volver a probar a conseguirle algo a la dama? -sugiere.
-Creo que ya estamos bien -se disculpa Harry. 

Camináis unos minutos, Harry con el delfín bajo el brazo, hasta que se para y te mira.

-Es tuyo -te lo ofrece.
-Con lo que me ha costado ganarlo para ti... -te metes con él.
-Ja, ja, muy graciosa. A lo mejor yo he fallado a posta.
-Ni lo sueñes -coges el delfín y lo aprietas contra ti-. Dime una cosa...
-Una cosa -te regala su sonrisa con hoyuelos.
-Imbécil -le das un golpe en el hombro con el peluche.
-Vaaaale, perdón. ¿Qué cosa?
-¿Has cogido el delfín porque sabes que es mi animal favorito?

Harry ladea la cabeza.

-Pues claro. Me lo dijiste aquella vez que fuimos al zoo, poco antes de nuestro primer b...

Igual que has hecho antes, le interrumpes en mitad de frase y le besas. Tú te acuerdas perfectamente de aquel día, cuando te llevó al zoo y os disteis vuestro primer beso. Lo que no pensabas era que él se fuese a acordar de aquel detalle.

-Guau bombón, hoy estás pero que muy efusiva -parpadea un par de veces.
-No todos los días son 14 de febrero.
-No, de hecho es uno cada 365, a menos que sea año bisiesto que entonces...

Vuelves a pegarle con el delfín.

-Vamos a la noria.

Él ladea una sonrisa y te coge de la mano.

-Sus deseos son órdenes.


Después de todo el día en la feria, decidís ir a casa de Harry. Toda la despreocupación que habías conseguido desaparece, y no estás muy segura de por qué. Quizás porque se acerca el momento de darle el regalo... y de otras cosas.

-¿Qué pasa, bombón? -te pregunta Harry mientras sostiene la puerta de su piso para que entres.
-Nada -te encoges de hombros, pero Styles no se lo cree.
-¿Segura?
-Cien por cien.
-Bueno... 

Caminas hasta el salón y te sientas en uno de los sillones. El piso de Harry es para ti casi como tu segunda casa. De hecho Julia dice que pasas más tiempo allí que en vuestro piso.

-¿Quieres beber algo? -pregunta él desde la cocina.
-¿Agua? 

Styles aparece un momento más tarde con sendos vasos de agua en las manos. Los deja en la mesita que hay delante del sofá y te mira. En su ausencia, has sacado el paquete envuelto en papel de regalo que llevabas en la mochila. La bolsa que él ha llevado todo el día descansa en el suelo, apoyada en el sillón.

-¿Por qué no la has dejado aquí? Has tenido que ir cargando con ella... –das un sorbo a tu vaso de agua.
-Porque así te creaba intriga -guiña un ojo.
-Pues no lo ha hecho -mientes.
-Sé que sí.

Te sonrojas. ¿Por qué no puedes saber mentir?

-Já, te pillé.

Sueltas un bufido y le tiendes su regalo. 

-Feliz San Valentín -murmuras.
-Podría decir algo que sonaría totalmente pasteloso y pegajoso y ñoño...
-Prueba.
-Que cuando es contigo, todos los días son como San Valentín.

Te quedas mirándolo un momento y sueltas una risita.

-Demasiado pegajoso, sí -aunque en el fondo te parece bonito escuchar algo así de vez en cuando.
-Vale pues... -carraspea y adopta voz más ronca de lo que ya la tiene- Feliz día, nena.

Ahora sí que no logras evitar la carcajada.

-Prefiero bombón.
-Pues antes no te gustaba...
-Pero ahora sí. Además, nena no te pega nada, Styles.
-Bueno, es que es a ti a quien tiene que pegarle, no a mí.

Niegas con la cabeza, divertida.

-Ábrelo -señalas tu regalo.

Sus ojos se iluminan en cuanto ve una chaqueta de cuero negra. La estudia por delante y por detrás, como un niño con un juguete nuevo, alucinado. De repente deja caer la chaqueta a su regazo y te mira con preocupación.

-Pero esto vale una fortuna...
-¿Te gusta?
-Sí, pero...

Un Harry sin palabras es difícil de ver, por lo que sonríes, fascinada.

-Harry -empleas su nombre, su nombre propio, ese que reservas para ocasiones importantes-. Es mi regalo. Sólo quiero que lo uses con seguridad, que te pongas casco... esas cosas.

En lugar de decir nada, se inclina hacia ti y te da un suave beso en los labios. Recorre con sus dedos índices las líneas de tu mandíbula, hasta que te sostiene por la barbilla y la alza para que le mires. Vuestras miradas entran en contacto, y como siempre te pierdes en sus ojos, esos preciosos ojos verdes que te vuelven loca, que te producen escalofríos. Dios, ¿cómo puede ser tan guapo? Pasas una mano por su pelo, y lo acercas a ti para besarlo de nuevo.

-Todavía falta tu regalo, bombón -susurra, en tus labios.

Reticente, te separas de él. 

-¿Te he dicho alguna vez lo preciosa que eres? ¿Y la suerte que tengo de que voluntariamente hayas decidido aguantarme? -pregunta al tiempo que coges la bolsa.
-He de admitir que es una tarea ardua pero satisfactoria.

Styles pone los ojos en blanco y tú te ríes. Al abrir la bolsa encuentras dos paquetitos, uno del doble de tamaño que el otro.

-Sé que no se puede comparar con tu regalo, pero...
-Shhh.

Coges primero el más grande y lo sopesas. Como no tienes ni idea de qué puede ser, lo abres. Aparece ante ti una caja de tapa transparente con un montón de bombones -cada uno distinto- dentro, y en el hueco para cada uno, una palabra escrita. Al quitar la tapadera lees algunas: 

"Felicidad"
"Fortuna"
"Locura"

-Es de una tienda que te deja hacer una selección... Cada bombón tiene un nombre, y bueno yo he cogido los que tienen nombres de emociones que me haces sentir, porque en fin, yo te llamo bombón y eso son bombones así que es como una metáfora o algo así...

Sigues leyendo, maravillada, ahora viendo cada palabra como un tesoro.

"Amor"
"Libertad"
"Deseo"

Te sonrojas levemente ante esta última.

-Me encanta -dices en voz bajita.
-¿Qué? -Harry se revuelve en el sillón con nerviosismo.
-Que me encanta. De verdad, es maravilloso.

Su alivio es casi palpable. 

-Falta el otro... -te recuerda. 

Asientes con la cabeza, y dejando con cuidado los bombones en la mesa, coges el paquete más pequeño. 

Es un portafotos de color madera, que dentro tiene una foto que os hicisteis Harry y tú un día sentados en el césped, tú entre las piernas de él con una enorme sonrisa en los labios. Harry sale besándote la mejilla. 

-Está escrita... por detrás.

Sacas delicadamente la foto del marco y le das la vuelta. Ves a Styles mirarte ansioso, de esa forma en que no se le ve muy a menudo, cuando deja de lado su típica prepotencia y se convierte en alguien sensible y casi tímido. Te encanta. Todo él te encanta. Eres consciente de lo afortunada que eres, y un enorme sentimiento de calidez y de amor te invade y casi te quema por dentro. Todos los nervios que has sentido antes desaparecen por completo.

-Te quiero -dices, todavía sin haber leído lo que pone.
-Yo también te quiero -se inclina para darte un beso en la frente.

Entonces lees, su letra desordenada pero para ti tan bonita escrita con rotulador negro.

"Quería algo perfecto para regalarte, y me di cuenta de que no hay nada más perfecto que momentos como este contigo. Así que te regalo esta captura de uno de esos momentos, pero también todos los que espero que queden por venir. Te quiero. 
-H"

jueves, 5 de febrero de 2015

NUEVA NOVELA... PRÓXIMAMENTE


Bueno, como yo siempre digo, mi mente no descansa y no, no tengo intención de dejar de escribir, y de hecho ya tengo un proyecto de nueva novela. Una chica que hace ballet, cuya vida se ve determinada por las decisiones que toma, y cuyos sentimientos ni ella misma es capaz de terminar de comprender. Aquí os dejo el trailer, espero que os guste, y ¡comentad qué os parece! 


Ana.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

TESTIGOS DE LA LUNA - Capítulo 34 (ÚLTIMO CAPÍTULO)

I

Ayleen espera de espaldas a la entrada de la residencia. No ha sido capaz de entrar de nuevo desde que empaquetó sus cosas y se marchó de allí, y no entiende cómo Natasha ha podido quedarse. Quizás sea porque la vida de Natasha ya estaba allí, en esa residencia, mientras que la de Ayleen estaba empezando a asentarse cuando lo único que verdaderamente la ataba a ese lugar dejó de existir. Cuatro meses después de la muerte de Derek todavía le duele, todavía piensa en él, y no cree que eso vaya a cambiar nunca.

Una mano se posa delicadamente sobre el hombro de Ayleen, y la chica se da la vuelta. Frente a sí tiene a Natasha y a Connor. Esboza una pequeña sonrisa porque verdaderamente se alegra de que vuelvan a ser amigos, pero al pensar que tal vez eso sólo haya sido posible porque Derek no está le produce una punzada de dolor, y su expresión se vuelve seria de nuevo. 

Los tres echan a andar, y durante un rato caminan en silencio.

-¿Cómo te va en el piso, Ayleen? –pregunta Connor.
-Bueno, no puedo quejarme. Os echo bastante de menos, pero mis compañeras me tratan bien. ¿Y a vosotros en la residencia?

Natasha y Connor se miran con un brillo de complicidad en los ojos. La muchacha morena alza las cejas y Connor se muerde el labio inferior.

-¿Qué pasa? –Ayleen los mira al uno y al otro intermitentemente.
-Vamos, díselo –le insta Natasha.

El joven de ojos azules frunce los labios, como debatiéndose internamente por algo.

-¡Bah, ya se lo digo yo! –Natasha para de andar y mira a Ayleen con expresión grave- Connor está…
-… empezando a salir con alguien –termina la frase él mismo.
-Vaya –Ayleen sonríe-. Contadme, ¿la conozco?, ¿cómo se llama? ¿Qué hace?

Y durante todo el camino hasta la cafetería, le cuentan. Andrea, se llama, y estudia Derecho en la misma clase que Connor y Natasha. Ayleen sonríe y se intenta mostrar entusiasmada ante lo que su amigo le cuenta, pero le cuesta. No sólo le cuesta por el sencillo y egoísta motivo de que eso implique perder a una parte de su amigo, que ahora estará centrado en la tal Andrea, sino que sobre todo le resulta duro escuchar hablar de cómo otra persona ha encontrado a alguien con quien estar, cuando ella ha perdido al chico del que estaba enamorada. Cuando ella ha perdido la ilusión en las parejas, y en un futuro con alguien, porque no cree que sea capaz de volver a confiar en las historias de amor y en los finales felices. Al menos no en mucho tiempo.

-Pero bueno, aún estamos empezando, no es nada oficial… 
-Me alegro mucho por ti, Connor, de verdad –Ayleen se pasa una mano por el pelo, revolviéndoselo-. ¿Y tú, Natasha? ¿Cómo va la cosa con Axel?
-Nos estamos tomando las cosas con calma, ya sabes…
-Una tortuga tomándose las cosas con calma es más rápida que vosotros dos –bromea Connor.

Los labios de Natasha se curvan en una sonrisa, algo tampoco demasiado usual para ella. Por suerte tienen a Connor. Al principio, justo después de la muerte de Derek, cuando Ayleen decidió irse para seguir estudiando en un piso, solían quedar Natasha y ella, y sus reuniones, para qué negarlo, eran bastante depresivas. Entonces llegó Connor, a quien realmente la muerte de Derek le afectó, para qué mentir, por lo mal que lo estaban pasando Ayleen y Natasha. Para él no era lo mismo. No era la misma clase de dolor, de rabia, de impotencia, de asfixia. De modo que instauraron esas salidas, sólo ellos tres, con Connor como salvavidas, como bromista cuando es el momento adecuado. Como por acuerdo tácito, no se nombra a Derek cuando quedan, pero él está allí, todos piensan en él. Sin embargo, hoy, ese acuerdo se rompe.

-¿Y tú, Ayleen? 
-Yo, ¿qué?

Han llegado a la heladería y se sientan en la única mesa libre que hay, una para cuatro personas.

-Que si hay alguien por ahí que…
-Estás de coña, ¿no? –lo mira con incredulidad, y después sus ojos buscan los de Natasha, esperando que desapruebe lo que Connor acaba de sugerir.
-Ayleen… -Natasha suspira- A mí no me importaría. Y creo que él te diría lo mismo. No estarías faltando a su memoria, sólo estarías…
-Por favor, por favor –Ayleen cierra los ojos-. Dejadlo. Yo le quería. Y tardé mucho menos en enamorarme de lo que voy a tardar en olvidarle. Todavía le quiero. Y no podría… no puedo…
-Lo siento. No debería haber preguntado.
-Yo me alegro de que lo hayas hecho –dice Natasha-. En algún momento quería que Ayleen supiera que cuando decida empezar algo con alguien, la apoyaré.
-Si lo decido –la corrige la pelirroja.
-Ayleen, la vida sigue adelante, con o sin nuestro consentimiento… Pero si es con nuestro consentimiento, será mejor. Quizás no más fácil, pero mejor.

Ahí está. La joven cuyo novio la maltrató, cuyo hermano murió, la chica que conocía a Derek desde que nació y que posiblemente le quisiera más de lo que ya Ayleen jamás sería capaz de quererle, animándola a ella, a Ayleen, dándole consejos sobre la vida y transmitiéndole su fuerza. Eso sí es ser fuerte.

-Natasha, eres la persona más valiente que he conocido en toda mi vida –sentencia Ayleen, provocando a su amiga una pequeña sonrisa. 

En ese momento llega, muy oportunamente, el camarero, un tipo joven y bastante atractivo que siempre que van les atiende con un poco más de la atención estrictamente necesaria, y les pregunta si van a querer lo de siempre.

Ayleen asiente, pero luego cambia de idea, mira la carta, y selecciona un café al azar. Quizás nunca sea tarde para cambiar un poco.



II

Ese mismo día, está atardeciendo cuando Ayleen va en el autobús de vuelta a su piso, y no deja de pensar en Derek. Ha pasado tiempo, ya no es lo mismo, ya no se ahoga cada vez que piensa en él, ya ha empezado a aceptar que las cosas son así, y e incluso a veces, sólo a veces, es capaz de sonreír al recordar algún momento que vivieron juntos. Qué desgarradora es la vida, que en un instante se nos escapa de las manos, sin avisar, sin dar tiempo a despedidas, ni a dejar tras de ti unas últimas palabras dignas de recordar. Que a algunos no los abandona cuando lo desean, y a otros se les va antes de que sepan siquiera lo que es vivir. 

Ayleen mira por la ventana del autobús, y ve acercarse cada vez más Millenium Park. A ella todavía le faltan un par de paradas, pero antes de ser casi consciente de ello, ya está en pie y camino de la puerta del autobús cuando éste para.

Hay gente entrando y saliendo del parque –sobre todo saliendo-, y la muchacha reproduce en su mente cuando Derek la llevó allí por la noche, y tuvieron el Haba sólo para ellos. 

“A veces hay turistas incluso por la noche. Hoy hemos tenido suerte”, le había dicho Derek. Hoy es uno de esos días en los que el flujo de turistas no parece tener fin, aunque quizás sea mejor así. Cuando fue con Derek, quería tener el mundo para ellos dos solos, pero ahora prefiere huir de la soledad, porque no tiene a Derek para compartirla con él.

Camina tranquilamente hasta el Haba, como hicieron aquel día, y observa en ella su reflejo, acompañado de los rascacielos de fondo y de la luz rojiza del atardecer. No sólo se ve a sí misma, sino que ve también a toda la gente que pasa por allí y que se mira también, quizás, como ella, buscando ver a alguien a quien nunca encontrarán. No está sola, claro que no. El mundo está lleno de gente, gente a la que irá conociendo a lo largo de su vida, gente que entrará en ella y que luego se irá, y otra que se quedará para siempre. El problema es que ella quería que Derek fuera una de esas personas que se quedara. Tal vez, en el fondo, ellos dos nunca estuvieron hechos para estar juntos. 

Ayleen va hacia la parte interior de la escultura y se sienta en el mismo sitio donde se sentó la vez que fue con él. Justo en ese momento no hay nadie allí dentro, y puede verse mil veces a sí misma. Una extraña calma se apodera de ella. Derek no murió heroicamente, ni tras una larga lucha con una enfermedad, ni haciendo algo que le gustaba especialmente, ni por ningún motivo que le honrase. Simplemente, murió. Como mueren la mayoría de las personas. Pero eso ya no importa. Ahora lo que para Ayleen importa es que hay gente que le echa de menos, gente que le recuerda. El único sentido que tiene la vida es hacer más felices a los demás, dejar una huella imborrable en sus vidas, y Derek dejó varias de esas. Es cierto que no era perfecto, ¿quién lo es? Pero quería a su hermana, y ahora ella es una persona más fuerte. Y fue el primer amor de Ayleen. La muchacha nunca se había enamorado de la forma en que lo hizo con Derek, y no sabe si volverá a sentir algo así alguna vez, pero se siente agradecida de que al menos tuvo la oportunidad de vivirlo, aunque durara poco. Aunque la última conversación que tuvieran fuera una pelea, porque ella pudo decirle que le quería antes de que muriera, y de alguna forma, Derek se las arregló para decírselo también a ella con ese mensaje de voz. 

En ese instante, Ayleen casi siente latir el tatuaje de la base de su espalda, a pesar de que se lo hizo un mes atrás. Le resulta casi imposible verlo se mire como se mire en el espejo, pero no le importa, porque tiene cada línea de ese dibujo grabada en su memoria. Unas runas entrelazadas a la luna, de la que tantas veces Derek y ella fueron testigos. El último boceto del libro de tatuajes de él, ese que Derek ya nunca podría hacerse. Ayleen apoya la cabeza en la superficie reflectante del Haba. Tal vez sea absurdo, pensar que lleva a Derek consigo sólo por unas líneas de tinta negra en su espalda, pero quiere mostrarlo, quiere llevar por fuera, como lo lleva por dentro, esa huella que Derek dejó en ella, quiere recordar siempre que estuvo enamorada de él y que fue feliz, aunque algún día encuentre a otra persona, aunque algún día tenga una familia y Derek no forme parte de esa familia, siempre formará parte de ella.

Ayleen cierra los ojos y por unos segundos casi le siente a su lado, su cálida pierna rozando la de ella. Todo irá bien, puede prácticamente oírle susurrar. Ya no duele tanto, y se pregunta si algún día dejará de doler completamente. No quiere que duela. Quiere recordar los momentos felices, porque eso es al fin y al cabo todo lo que tenemos en la vida: momentos. No hay que quedarse con el último, ni con el peor, ni tampoco con el mejor. Hay que rememorar todos y cada uno de ellos, los intermedios, las risas sin sentido, los besos, las palabras susurradas al oído, las lágrimas, los suspiros. Y entonces una frase pasa por su mente, fugaz, casi tan fugaz como cuando fue pronunciada. Una leve sonrisa cruza sus labios. El propio Derek lo dijo, después de ver con ella una película de la que Ayleen ya no se acuerda, porque lo importante en aquel momento eran sus labios, sus palabras. Derek dijo: Que una historia no acabe bien no quiere decir que no fuese bonita.

Y tiene razón. 


FIN

[Se acabó, y me gustaría deciros algo. Sé que me arriesgué con esta historia, porque es la primera que no es fanfic, y que no conseguí hacerla bien y enganchar a la gente, y que la gente ha dejado de leerme progresivamente a lo largo de los capítulos (en lo que supongo que también tiene algo que ver que no suba casi nunca por falta de tiempo). Por eso quiero agradecer el doble, el triple que de costumbre a las que seguís aquí que habéis leído hasta el final. Sé también que posiblemente haya sido un final que no os haya gustado, pero espero que tengáis en cuenta precisamente la última frase de este capítulo. En fin, por último deciros que mis intenciones son seguir escribiendo. No sé cómo de frecuentemente, pero una idea se está empezando a formar en mi mente, y no, no tengo planeado dejar de escribir en los próximos tiempos. Gracias de veras una vez más,y por favor, os pido hoy especialmente que si habéis leído comentéis, aunque sea sólo un par de palabras (si puede ser más, mejor, ya sabéis), para hacerme saber que estáis ahí. Vuestros comentarios son mis motivos para sonreír. Os quiero, y feliz año nuevo.

Ana.]

sábado, 6 de diciembre de 2014

TESTIGOS DE LA LUNA - Capítulo 33.

[Pulsad en los dos hipervínculos en rosa si queréis escuchar las canciones que he puesto para mientras leéis (el primero está en el I del principio y el segundo en el "bip"), y espero que os guste el capítulo]

I

Los ojos de Ayleen están fijos en la ventana, aunque en realidad no ven nada. Hace un día estúpidamente soleado, sin una sola nube que impida ver el cielo, como recordándole que el mundo sigue, ignorando el dolor ajeno.

Cada vez que suena el teléfono, cada vez que tocan a su puerta, Ayleen piensa que será él. Que ha vuelto. Que nunca se ha ido. Y cada una de las veces, cuando no es su voz la que escucha al otro lado del teléfono, cuando no son sus ojos negros los que encuentra al abrir la puerta, cada vez la realidad la invade de nuevo, la golpea, se la lleva a un lugar donde se asfixia, y no puede respirar, y siente una presión en la garganta que le impide incluso llorar. Después, después entra en un estado de inconsciencia en que sólo está a medias, en que no siente ni escucha nada, hasta que el final, cuando cierra los ojos, esa fuerza que la ahoga libera un poco la presión, pero sólo lo suficiente para que por fin pueda llorar, llorar hasta que se queda sin lágrimas y todo el ciclo empieza de nuevo. Y así desde hace dos interminables e insufribles días. Quiere gritar, pero no tiene ni voz ni fuerzas para hacerlo. Quiere volver atrás, a cuando estaba tumbada a su lado, sintiendo el latido del corazón de Derek bajo su mano, a cuando le dijo que le quería, para desdecirlo. Si no lo hubiera dicho, no se habrían peleado. Si se hubiera callado, si tan sólo hubiera dejado las cosas como estaban, si no le hubiera pedido que se fuera... Derek estaría vivo. Y es culpa suya, es culpa suya, no deja de repetirse que es culpa suya. "Bien" fue lo último que se dijeron el uno al otro. Una pelea fue la última conversación que tuvieron. La última. No habrá otra. Se acabó.

El proceso empieza una vez más. Comienza a faltarle el aire, y Ayleen lucha por respirar, pero no puede, se ahoga. Connor le acaricia el pelo y le susurra palabras que ella no llega a entender. Se balancea hacia delante y detrás entre los brazos de su amigo. Quiere a Derek. Le quiere. Y ahora no sólo sabe que él no llegó a sentir eso por ella, sino que nunca lo sentirá, que ya no hay un nosotros por el que luchar. Que ya no hay nada, nada.


II

Durante la cena, la residencia está sumida en un mutismo más que inusual. Seguramente Derek no les cayera bien a todos, pero por empatía, por respeto, o por contagio, nadie habla. Sin embargo, la mesa de Ayleen y Natasha está especialmente silenciosa. De toda la gente de la residencia, la una es la que mejor puede entender a la otra, y por una vez Connor, Hugo, Hayley y Marcus comparten mesa con Natasha, Axel y Spike. Axel mira a Natasha y le repite una vez más que tiene que comer algo, un poco, pero ella niega con la cabeza. Lleva dos días en los que baja a cada comida porque Axel la saca de su cuarto y la lleva gentilmente de la mano, porque se deja llevar como una muñeca que ha perdido la vida y lo único que consigue es mantenerse en pie. Pero no come, por mucho que Axel se lo pida.

-Natasha... -están en la puerta del dormitorio de ella.

La joven gira levemente la cabeza, como si no estuviera segura de que le están hablando a ella.

-Tienes que cuidarte, no puedes...
-¿Para qué, eh? -su voz suena angustiada- ¿Para qué? Me he quedado sola, sola...
-Eso no es verdad.
-¿Qué más da? Por mucho que me lo repitas no voy a comer, no puedo, es que no puedo. Y si eras su amigo, deberías estar sufriendo por él antes que vigilando lo que hago y lo que no.

Axel aprieta los dientes. Sabe que está desesperada, frustrada, cansada, que tiene una situación a sus espaldas que poca gente es capaz de soportar, y que está luchando por salir adelante. Pero su lucha es como intentar sacar los pies del barro, cada vez que lo intenta acaba más y más hundida.

-Pues claro que era su amigo. Pero la vida es de los vivos, y que tú te abandones a ti misma no va a cambiar nada.

Natasha lo mira, furiosa. 

-Voy a hacer la maleta para el entierro. Si piensas venir, deberías hacer lo mismo.

Saca la tarjeta de su habitación y entra, dejando fuera a Axel. Le duele verla así y le duelen sus palabras, pero no puede enfadarse con ella, y menos todavía en esta situación. Por muy egocéntrico que pueda sonar, sabe que Natasha le necesita, porque necesita ver que no esta sola. Es posible que, en cierto modo, esa sea la forma que Axel tiene de esquivar el sufrimiento por su amigo: intentando cuidar de su hermana tal y como Derek le pidió. Y piensa hacerlo. Piensa cuidar de ella pase lo que pase.


III

Ayleen guarda un vestido negro en la bolsa de viaje. No se lo ha puesto desde que llegó a Chicago, y ahora se arrepiente de que Derek no la viera con él, porque está segura de que esas mangas de encaje le gustarían.

Probablemente la rodearía por la cintura, la atraería hacia sí y le susurraría al oído lo sexy que estaba. Parece apropiado para su entierro, pues, y además tampoco tiene nada negro que ponerse para la ocasión. Un funeral no estaba precisamente entre sus planes ese año. 

Ayleen se sienta en la silla del escritorio para recuperar el aire que ya ha empezado a faltarle. Quizás aunque no hubiera tenido ese accidente, los brazos de él nunca hubieran vuelto a rodearla, quizás estaba tan enfadado con ella, o tan asustado del amor, que nada entre ellos hubiera vuelto a ser lo mismo. Pero lo preferiría, claro que sí, preferiría que estuviera vivo pero lejos de ella a saber que el mundo de ha acabado para él.

Llorar es absurdo, se dice a sí misma mientras intenta evitar que las lágrimas escapen de sus ojos. No tiene sentido, no va a cambiar nada, no puede hacerla sentir mejor porque nada puede hacerla sentir mejor. Llorar es absurdo, pero el llanto vuelve a apoderarse de ella una vez más. 

La pantalla del teléfono de Ayleen se ilumina, y la muchacha mira quién está llamando, otra vez con la estúpida esperanza de que sea Derek. Pero no, son sus padres. No puede contestar al teléfono así, llorando e incapaz de pronunciar una palabra coherente, especialmente porque sus padres siguen sin saber nada de lo que ha pasado. Ni siquiera les habló nunca de la existencia de Derek, ni tampoco les ha dicho que va a irse de Chicago dos días para ir al entierro de él en su ciudad natal. Una vocecita en su cabeza le dice que tal vez si se lo contase a sus padres podría desahogarse, pero no se ve capaz de hacerlo. De modo que espera a que la llamada se agote, y cuando empieza a poder respirar otra vez, se levanta para terminar de preparar su bolsa de viaje.

Entonces llaman a la puerta, y al abrir, Ayleen se encuentra a Natasha con el móvil en la mano. Su corazón da un vuelco ante la sensación de déjà-vu, pero esta vez no parece que la joven morena traiga malas noticias. No peores de las que ya hay, al menos.

-¿Puedo pasar? –dice Natasha.
-Claro.

Ayleen se hace a un lado para que su amiga entre a la habitación, tras lo cual cierra la puerta. Natasha se sienta en la cama, cansada, y Ayleen se queda apoyada en la pared. 

-¿Cómo estás? –pregunta la pelirroja.
-Tú sabes la respuesta a esa pregunta tan bien como yo –esboza una sonrisa triste.

Guardan silencio un momento, cada una pensando en el vacío de su interior. La mirada de Natasha acaba posándose en el equipaje de Ayleen.

-¿Todo listo?

Ella asiente con la cabeza.

-Aunque sigo sin saber qué explicación voy a darle a tus padres de quién soy… porque supongo que no les habrá hablado de mí.

Natasha niega con la cabeza.

-Derek no es el tipo de personas que suelen hablar de su vida… era –se corrige, al darse cuenta de que ha hablado de él en presente, y cierra los ojos un segundo con una mueca de dolor-. Pero te aseguro que el simple hecho de que vayas ya les hará ver que eras importante para él. 
-O simplemente que él era importante para mí –susurra Ayleen.
-Por eso he venido –Natasha alza las cejas como si acabara de acordarse de por qué está allí, y luego muestra el teléfono que sostiene en sus manos-. Con todo lo que ha pasado, ha estado llamándome mucha gente, y no había visto… no había visto el mensaje hasta hoy. En fin, creo que tú también deberías escucharlo. 

Le tiende el teléfono móvil y Ayleen lo coge, sin estar muy segura de qué está hablando Natasha. En la pantalla del móvil pone que pulse la tecla verde para escuchar un mensaje de voz. 

-Ya me lo darás cuando termines –Natasha se levanta antes de que Ayleen pueda pulsar, y sale de la habitación con un suspiro. 

Ayleen mira el móvil, aterrorizada. No sabe qué va a escuchar, ni si quiere escucharlo. Pero pulsa la tecla verde y espera.




Hola Naty. Supongo que estás con mamá y por eso no contestas, pero… necesito hablar con alguien y ya que tú no estás disponible, tu contestador automático tampoco me parece tan mala opción. Ayleen y yo nos hemos peleado, pero peleado de verdad, y es la primera vez que nos pasa y ahora no sé qué hacer. No me vendría mal algún consejo femenino. Ha sido una tontería, ¿sabes? Estábamos bien, y de repente me ha dicho que me quiere. Nunca nadie me lo había dicho antes, y no he sabido cómo reaccionar. Ha sido una estupidez, porque me he quedado callado, sin más, cuando una parte de mí se moría por decirle que yo también la quiero. Pero es que no lo sé, no sé lo que siento, sólo sé que nunca antes me había pasado algo así con una chica, nunca había querido andar por la calle de la mano de alguien, o simplemente pasar horas hablando, o incluso en silencio, y es una tontería pero me da miedo porque no lo entiendo. Así que soy gilipollas y en vez de decirle que yo siento lo mismo, nos hemos puesto a discutir, y ahora sé que la forma de arreglarlo no es decírselo de vuelta porque va a pensar que sólo lo hago para que nos reconciliemos, no porque lo sienta de verdad, y necesito tu ayuda, necesito que me digas qué puedo hacer, porque sí que lo siento, creo que sí lo siento, y estoy hecho un lío, pero no quiero perderla, porque es… especial, lo es. Y no sé lo que es implicarse tanto con una persona, pero si lo hago con alguien quiero que sea con ella y… En fin, perdona por darte la lata, pero cuando escuches esto, llámame, por favor. 
Te quiero.




Bip.

domingo, 30 de noviembre de 2014

TESTIGOS DE LA LUNA - Capítulo 32.

I

Los ojos de Derek siguen fijos en el techo, aunque Ayleen puede notar el latido del corazón de él acelerarse bajo su mano. Finalmente gira la cara y la mira, y por un momento Ayleen cree que va a responderle que él también la quiere, pero sus labios no se separan, y sus ojos negros, muy abiertos, se inundan de algo parecido al terror. Sigue en silencio durante un largo minuto, como si las palabras de la chica se le hubieran atado al cuello y le impidiesen hablar. 
Ayleen cierra los ojos un momento. No debería haber dicho nada. Debería haberse tragado las palabras, pero no ha podido, no ha podido. Han salido solas, se ha arriesgado a asumir que Derek no le dijera "te quiero" de vuelta, y en efecto no se lo ha dicho. Evidentemente, si no se lo ha dicho es porque no lo siente. Abre los ojos de nuevo y su mirada se cruza con la de Derek, que ha dejado de acariciarle la espalda. 

Es normal que los sentimientos de uno de los dos se desarrollen antes que los del otro, es normal que sea uno el que tenga que arriesgarse a decirlo primero, es normal que Derek aún no la quiera, teniendo en cuenta que tampoco llevan tanto tiempo juntos. Es normal, y aun así le duele. Trata de convenverse a sí misma de que no importa, eso no cambia nada. Pero su estómago está encogido y le escuecen los ojos.

Ayleen aparta el brazo del pecho de Derek y coge su camiseta de la parte baja de la cama, repentinamente incómoda por su desnudez. Es precisamente la camiseta suya que él le regaló. La muchacha se sienta en la cama, rodeándose las rodillas con los brazos. Derek sigue exactamente en la misma posición de antes, como una estatua. 

-Lo siento –murmura ella-. No debería haberlo dicho.
-No, bueno, si eso es lo que sientes, en fin, está bien… saberlo.

La chica mira incrédula a Derek. ¿Está bien saberlo? ¿Eso es todo? Acaba de confesarle que se ha enamorado de él, ¿y lo único que le contesta es que está bien saberlo? Como si fuera un dato que archivar, como si eso fuera algo que se dijera todos los días. Como si no fuera algo que jamás había sentido por nadie y que nunca le ha dicho a ningún chico.

-También está bien saber que al menos has sido sincero y no me lo has dicho de vuelta sólo para que siga acostándome contigo –dice ella amargamente. 
-¿Qué? –él parpadea, como si no pudiera creerse lo que acaba de escuchar. 
-Da igual, en serio.

Ayleen suspira. No quiere pelearse con él, ni siquiera que él le diga que también la quiere. Visto lo visto, se habría conformado simplemente con otro tipo de reacción, quizás con un beso, o con una sonrisa, o con cualquier otra tontería que siguiera sin significar “yo también te quiero”, pero que fuera más un “me gusta que me quieras” a un “la palabra amor me produce alergia”, que es la forma en que Derek ha reaccionado. 

-No, no da igual –él se incorpora también, con las sábanas cubriéndolo a partir de la cintura-. Acabas de decir que lo único que quiero de ti es sexo, y eso no es verdad, no entiendo…
-¿Qué no entiendes? –le interrumpe ella- Tampoco es tan extraño que lo piense teniendo en cuenta que eso es precisamente lo que siempre has buscado con todas las tías.

Derek frunce el ceño, su pecho subiendo y bajando cada vez con más agitación. Ayleen aparta la mirada. No quería decirlo, no quería sacar el tema ni hablar con Derek de su pasado y de todas las chicas con las que ha estado. Hasta ahora había sido un asunto enterrado que ninguno de los dos se había atrevido a mencionar. Pero no podía permanecer así siempre, en algún momento iba a surgir. Ayleen gira la cara, incapaz de mirarle.

-Lo primero es que tú no sabes cómo era mi vida antes de que llegaras aquí…
-Oh, no, pero hay gente que lo sabe muy bien.
-… y lo segundo es que si lo único que buscara de ti fuese acostarme contigo, no te habría llevado a ver mi estudio, no te habría enseñado cosas de mí que nadie más sabe. No estoy tan desesperado como para tener que recurrir a eso.
-Es verdad, se me olvidaba que el grandioso Derek Harris puede conseguir a la chica que quiera y cuando quiera. Tiene sentido, ¿para qué preocuparse por el amor cuando todo puede quedarse en un revolcón?
-No lo entiendes, no entiendes nada –Derek coge sus pantalones y se los pone, seguramente asaltado por la misma incomodidad que Ayleen-. Te crees lo que sea que Connor te haya contado de mí, pero no que mi hermana y Axel, la gente que me conoce de verdad, te digan que he cambiado. 
-Dime pues que Connor me ha mentido.
-Probablemente no lo haya hecho, pero Natasha tampoco.

Ayleen se pone de pie, la camiseta cubriéndole hasta por encima de las rodillas, y Derek hace lo mismo. Quedan cara a cara, pero separados por varios metros. 

-Derek, me daba igual. Lo decía en serio. Sí, habría preferido que me dijeras “yo también te quiero, Ayleen”, pero me daba igual. Lo único que quería era que no reaccionaras como si acabara de convertirme en un cuchillo que te va a cortar si lo tocas, o incluso si lo miras. 
-Pero es que no entiendo por qué hay que meterlo todo en categorías. Creía que estábamos bien y que no hacia falta etiquetarnos como nada.
-¡Dios, Derek, no te he pedido que te cases conmigo! Sí, estábamos bien, y precisamente por eso he admitido lo que siento. ¿Tú no sientes lo mismo? Pues ya está, no pasa nada, ya lo sentirás, o a lo mejor no, a lo mejor te da tanto miedo enamorarte que puede que nunca lo sientas, no lo sé –gesticula con las manos, intentando expresar su frustración.
-¿Ves a mi hermana? ¿Ves cómo está, cómo la dejó Owen? ¡Eso es lo que pasa con el amor!
-No, para nada. Owen no la quería, ése es el problema, no el amor.

Ayleen siente la rabia y la impotencia apoderarse de todo su cuerpo, y subir por su garganta como un fuego que la quema por dentro. Sólo quiere que Derek la quiera, y cada vez le da más la impresión de que eso es imposible, de que nunca va a pasar.

-Bien, sí, escúdate en tu apariencia de chico duro que no cree en nada y que no necesita a nadie.
-Eso es una estupidez –se cruza de brazos, todo su cuerpo rígido, como si estuviera luchando consigo mismo para no explotar-. Sólo mira lo que acaba de pasar, míralo, cuando empiezan a aparecer expectativas que se supone que hay que cumplir, cuando todo se complica…
-¡Claro que se complica! Es mucho más fácil ignorar al mundo, hacer las cosas como uno quiere, pero no consiste en que sea fácil, sino en que hay veces en que las dificultades merecen la pena, en que arriesgarse a querer merece la pena. Yo acabo de arriesgarme, de admitirlo, porque creo que lo nuestro merece la pena –su tono de voz baja gradualmente, sintiéndose cada vez más cansada.
-Decir o no decir dos palabras no cambia nada, ¡no debería hacerlo! 
-¡Evidentemente no! Pero si a ti te asusta la idea de enamorarte, a mí me asusta la idea de que en realidad no hayas cambiado y de que no busques nada conmigo, de que en cualquier momento te vayas a hartar de mí y te vayas, como habrás hecho con tantas chicas y…
-¡Dios, para! No puedo, es que no puedo. ¿Lo único que crees de mí es que soy una especie de persona sin sentimientos que trata a las tías como si fueran de usar y tirar?

La furia de Ayleen se desvanece de su cuerpo como el aire de un globo al que acaban de pinchar con una aguja. No sabe ni siquiera cómo ha empezado la pelea, sólo sabe que necesita que acabe, y que no aguanta los ojos de Derek mirándola acusadoramente, que no aguanta el olor de su piel inundando la habitación, haciéndole pensar que tal vez nunca llegue a recibir nada más de él sólo porque le asusta dejarse llevar y amar. 

-Sinceramente, ahora mismo me gustaría estar sola. 
-¿Así, sin más? Sólo porque…
-Derek, por favor.

Sus ojos se encuentran unos dolorosos segundos, y la certeza de que nunca va a tener de él lo que le gustaría se apodera de Ayleen, atenazándole la garganta y haciéndola desear llorar. Pero no con él allí, no, necesita que se vaya. Quizás si no lo tiene delante aún pueda imaginar que él siente lo mismo, que ha cambiado lo suficiente como para quererla. 

Derek se pasa una mano por el pelo revuelto y se pone su camiseta.

-Bien –dice entre dientes.
-Bien –replica ella. 

Camina con paso decidido hasta la puerta, y tras mirar una última vez a Ayleen, casi como si quisiera decir algo pero no encontrase la forma, sale de la habitación con un portazo. 

Ayleen se queda de pie, clavada donde estaba, dejando que las lágrimas resbalen por sus mejillas. Es la primera vez que se pelean, y no está segura de qué pasará después. Se pregunta qué haría si Derek volviera ahora mismo, a pesar de que le ha dicho que quiere estar sola; más aún, se pregunta si realmente querría que él volviera, y la respuesta es no. No sería capaz de dejar que la estrechara entre sus brazos o de que le susurrase al oído que lo siente después de que prácticamente le haya dicho que nunca va a permitirse querer a nadie porque eso sólo conlleva complicaciones. Porque para él estar con ella no merece esas complicaciones. 

El fuerte rugido de un motor hace temblar a la chica, y en efecto al mirar por la ventana ve el viejo Ferrari rojo de Derek estremecerse levemente cuando éste pisa el acelerador y salir después a toda velocidad. Huye literalmente de ella. 

Ayleen hace la cama, como si así pudiera borrar lo que acaba de pasar, y se sienta en ella. Ha dejado de llorar, pero una profunda sensación de desolación se ha apoderado ahora de su cuerpo. Se le pasa por la cabeza ir a hablar con Connor, pero desecha la idea tan pronto como aparece, pues no se siente con fuerzas de escuchar un te lo dije. Natasha tampoco está disponible, porque está con su madre y porque siendo la hermana de Derek seguramente no sea lo más oportuno contárselo a ella. Entonces se da cuenta de lo sola que está allí. Se levanta, vuelve a poner a reproducir el disco de Ed Sheeran y se sienta de nuevo en la cama, mirando en la pantalla del ordenador más que escuchando como pasa, minuto a minuto, canción a canción.



II

Hace un rato que el disco ha terminado de reproducirse, pero Ayleen sigue sentada en la cama. Tiene los músculos entumecidos pero no quiere levantarse. De hecho es ya la hora de la cena, aunque sabe que esa noche no va a bajar; cualquier intento por comer se vería frustrado por su estómago, incapaz de aceptar comida. Ahora no le importaría que Derek apareciera. Es más, debe haber vuelto ya de adonde sea que fuera antes –a menos que vaya a quedarse a pasar la noche en su piso, lo cual sería un acto tremendamente cobarde-. Sí, está enfadada con él, por no quererla, más aún, por no querer quererla. Pero un enfado no cambia lo que siente, y ante todo quiere que vuelvan a estar bien.

Entonces tocan a la puerta. Dos golpes sordos, pausados. Ayleen se levanta de la cama como un resorte, convencida de que es él. Carraspea, se alisa el pelo, respira hondo y abre la puerta. 

Se encuentra con unos ojos negros, pero no son los de Derek, sino los de su hermana. Su rostro tiene un color pálido que Ayleen nunca le había visto antes –a pesar de que ha visto a Natasha en situaciones verdaderamente malas-, y sus ojos carecen de emoción. Abre los labios para hablar, y lo intenta dos veces antes de conseguir pronunciar una palabra.

-Se ha… ido –dice, la vista fija en el vacío.
-¿Qué? –Ayleen la mira sin comprender qué pasa.

Sólo entonces ve que Natasha sostiene un teléfono móvil entre su mano, los nudillos blancos de la fuerza con que lo aprieta.

-Derek –casi se ahoga con el nombre de su hermano-. No sé… qué ha pasado. Dicen que iba en el coche… ha tenido un accidente y… y se ha ido. Está... está... muerto.