sábado, 6 de diciembre de 2014

TESTIGOS DE LA LUNA - Capítulo 33.

[Pulsad en los dos hipervínculos en rosa si queréis escuchar las canciones que he puesto para mientras leéis (el primero está en el I del principio y el segundo en el "bip"), y espero que os guste el capítulo]

I

Los ojos de Ayleen están fijos en la ventana, aunque en realidad no ven nada. Hace un día estúpidamente soleado, sin una sola nube que impida ver el cielo, como recordándole que el mundo sigue, ignorando el dolor ajeno.

Cada vez que suena el teléfono, cada vez que tocan a su puerta, Ayleen piensa que será él. Que ha vuelto. Que nunca se ha ido. Y cada una de las veces, cuando no es su voz la que escucha al otro lado del teléfono, cuando no son sus ojos negros los que encuentra al abrir la puerta, cada vez la realidad la invade de nuevo, la golpea, se la lleva a un lugar donde se asfixia, y no puede respirar, y siente una presión en la garganta que le impide incluso llorar. Después, después entra en un estado de inconsciencia en que sólo está a medias, en que no siente ni escucha nada, hasta que el final, cuando cierra los ojos, esa fuerza que la ahoga libera un poco la presión, pero sólo lo suficiente para que por fin pueda llorar, llorar hasta que se queda sin lágrimas y todo el ciclo empieza de nuevo. Y así desde hace dos interminables e insufribles días. Quiere gritar, pero no tiene ni voz ni fuerzas para hacerlo. Quiere volver atrás, a cuando estaba tumbada a su lado, sintiendo el latido del corazón de Derek bajo su mano, a cuando le dijo que le quería, para desdecirlo. Si no lo hubiera dicho, no se habrían peleado. Si se hubiera callado, si tan sólo hubiera dejado las cosas como estaban, si no le hubiera pedido que se fuera... Derek estaría vivo. Y es culpa suya, es culpa suya, no deja de repetirse que es culpa suya. "Bien" fue lo último que se dijeron el uno al otro. Una pelea fue la última conversación que tuvieron. La última. No habrá otra. Se acabó.

El proceso empieza una vez más. Comienza a faltarle el aire, y Ayleen lucha por respirar, pero no puede, se ahoga. Connor le acaricia el pelo y le susurra palabras que ella no llega a entender. Se balancea hacia delante y detrás entre los brazos de su amigo. Quiere a Derek. Le quiere. Y ahora no sólo sabe que él no llegó a sentir eso por ella, sino que nunca lo sentirá, que ya no hay un nosotros por el que luchar. Que ya no hay nada, nada.


II

Durante la cena, la residencia está sumida en un mutismo más que inusual. Seguramente Derek no les cayera bien a todos, pero por empatía, por respeto, o por contagio, nadie habla. Sin embargo, la mesa de Ayleen y Natasha está especialmente silenciosa. De toda la gente de la residencia, la una es la que mejor puede entender a la otra, y por una vez Connor, Hugo, Hayley y Marcus comparten mesa con Natasha, Axel y Spike. Axel mira a Natasha y le repite una vez más que tiene que comer algo, un poco, pero ella niega con la cabeza. Lleva dos días en los que baja a cada comida porque Axel la saca de su cuarto y la lleva gentilmente de la mano, porque se deja llevar como una muñeca que ha perdido la vida y lo único que consigue es mantenerse en pie. Pero no come, por mucho que Axel se lo pida.

-Natasha... -están en la puerta del dormitorio de ella.

La joven gira levemente la cabeza, como si no estuviera segura de que le están hablando a ella.

-Tienes que cuidarte, no puedes...
-¿Para qué, eh? -su voz suena angustiada- ¿Para qué? Me he quedado sola, sola...
-Eso no es verdad.
-¿Qué más da? Por mucho que me lo repitas no voy a comer, no puedo, es que no puedo. Y si eras su amigo, deberías estar sufriendo por él antes que vigilando lo que hago y lo que no.

Axel aprieta los dientes. Sabe que está desesperada, frustrada, cansada, que tiene una situación a sus espaldas que poca gente es capaz de soportar, y que está luchando por salir adelante. Pero su lucha es como intentar sacar los pies del barro, cada vez que lo intenta acaba más y más hundida.

-Pues claro que era su amigo. Pero la vida es de los vivos, y que tú te abandones a ti misma no va a cambiar nada.

Natasha lo mira, furiosa. 

-Voy a hacer la maleta para el entierro. Si piensas venir, deberías hacer lo mismo.

Saca la tarjeta de su habitación y entra, dejando fuera a Axel. Le duele verla así y le duelen sus palabras, pero no puede enfadarse con ella, y menos todavía en esta situación. Por muy egocéntrico que pueda sonar, sabe que Natasha le necesita, porque necesita ver que no esta sola. Es posible que, en cierto modo, esa sea la forma que Axel tiene de esquivar el sufrimiento por su amigo: intentando cuidar de su hermana tal y como Derek le pidió. Y piensa hacerlo. Piensa cuidar de ella pase lo que pase.


III

Ayleen guarda un vestido negro en la bolsa de viaje. No se lo ha puesto desde que llegó a Chicago, y ahora se arrepiente de que Derek no la viera con él, porque está segura de que esas mangas de encaje le gustarían.

Probablemente la rodearía por la cintura, la atraería hacia sí y le susurraría al oído lo sexy que estaba. Parece apropiado para su entierro, pues, y además tampoco tiene nada negro que ponerse para la ocasión. Un funeral no estaba precisamente entre sus planes ese año. 

Ayleen se sienta en la silla del escritorio para recuperar el aire que ya ha empezado a faltarle. Quizás aunque no hubiera tenido ese accidente, los brazos de él nunca hubieran vuelto a rodearla, quizás estaba tan enfadado con ella, o tan asustado del amor, que nada entre ellos hubiera vuelto a ser lo mismo. Pero lo preferiría, claro que sí, preferiría que estuviera vivo pero lejos de ella a saber que el mundo de ha acabado para él.

Llorar es absurdo, se dice a sí misma mientras intenta evitar que las lágrimas escapen de sus ojos. No tiene sentido, no va a cambiar nada, no puede hacerla sentir mejor porque nada puede hacerla sentir mejor. Llorar es absurdo, pero el llanto vuelve a apoderarse de ella una vez más. 

La pantalla del teléfono de Ayleen se ilumina, y la muchacha mira quién está llamando, otra vez con la estúpida esperanza de que sea Derek. Pero no, son sus padres. No puede contestar al teléfono así, llorando e incapaz de pronunciar una palabra coherente, especialmente porque sus padres siguen sin saber nada de lo que ha pasado. Ni siquiera les habló nunca de la existencia de Derek, ni tampoco les ha dicho que va a irse de Chicago dos días para ir al entierro de él en su ciudad natal. Una vocecita en su cabeza le dice que tal vez si se lo contase a sus padres podría desahogarse, pero no se ve capaz de hacerlo. De modo que espera a que la llamada se agote, y cuando empieza a poder respirar otra vez, se levanta para terminar de preparar su bolsa de viaje.

Entonces llaman a la puerta, y al abrir, Ayleen se encuentra a Natasha con el móvil en la mano. Su corazón da un vuelco ante la sensación de déjà-vu, pero esta vez no parece que la joven morena traiga malas noticias. No peores de las que ya hay, al menos.

-¿Puedo pasar? –dice Natasha.
-Claro.

Ayleen se hace a un lado para que su amiga entre a la habitación, tras lo cual cierra la puerta. Natasha se sienta en la cama, cansada, y Ayleen se queda apoyada en la pared. 

-¿Cómo estás? –pregunta la pelirroja.
-Tú sabes la respuesta a esa pregunta tan bien como yo –esboza una sonrisa triste.

Guardan silencio un momento, cada una pensando en el vacío de su interior. La mirada de Natasha acaba posándose en el equipaje de Ayleen.

-¿Todo listo?

Ella asiente con la cabeza.

-Aunque sigo sin saber qué explicación voy a darle a tus padres de quién soy… porque supongo que no les habrá hablado de mí.

Natasha niega con la cabeza.

-Derek no es el tipo de personas que suelen hablar de su vida… era –se corrige, al darse cuenta de que ha hablado de él en presente, y cierra los ojos un segundo con una mueca de dolor-. Pero te aseguro que el simple hecho de que vayas ya les hará ver que eras importante para él. 
-O simplemente que él era importante para mí –susurra Ayleen.
-Por eso he venido –Natasha alza las cejas como si acabara de acordarse de por qué está allí, y luego muestra el teléfono que sostiene en sus manos-. Con todo lo que ha pasado, ha estado llamándome mucha gente, y no había visto… no había visto el mensaje hasta hoy. En fin, creo que tú también deberías escucharlo. 

Le tiende el teléfono móvil y Ayleen lo coge, sin estar muy segura de qué está hablando Natasha. En la pantalla del móvil pone que pulse la tecla verde para escuchar un mensaje de voz. 

-Ya me lo darás cuando termines –Natasha se levanta antes de que Ayleen pueda pulsar, y sale de la habitación con un suspiro. 

Ayleen mira el móvil, aterrorizada. No sabe qué va a escuchar, ni si quiere escucharlo. Pero pulsa la tecla verde y espera.




Hola Naty. Supongo que estás con mamá y por eso no contestas, pero… necesito hablar con alguien y ya que tú no estás disponible, tu contestador automático tampoco me parece tan mala opción. Ayleen y yo nos hemos peleado, pero peleado de verdad, y es la primera vez que nos pasa y ahora no sé qué hacer. No me vendría mal algún consejo femenino. Ha sido una tontería, ¿sabes? Estábamos bien, y de repente me ha dicho que me quiere. Nunca nadie me lo había dicho antes, y no he sabido cómo reaccionar. Ha sido una estupidez, porque me he quedado callado, sin más, cuando una parte de mí se moría por decirle que yo también la quiero. Pero es que no lo sé, no sé lo que siento, sólo sé que nunca antes me había pasado algo así con una chica, nunca había querido andar por la calle de la mano de alguien, o simplemente pasar horas hablando, o incluso en silencio, y es una tontería pero me da miedo porque no lo entiendo. Así que soy gilipollas y en vez de decirle que yo siento lo mismo, nos hemos puesto a discutir, y ahora sé que la forma de arreglarlo no es decírselo de vuelta porque va a pensar que sólo lo hago para que nos reconciliemos, no porque lo sienta de verdad, y necesito tu ayuda, necesito que me digas qué puedo hacer, porque sí que lo siento, creo que sí lo siento, y estoy hecho un lío, pero no quiero perderla, porque es… especial, lo es. Y no sé lo que es implicarse tanto con una persona, pero si lo hago con alguien quiero que sea con ella y… En fin, perdona por darte la lata, pero cuando escuches esto, llámame, por favor. 
Te quiero.




Bip.

domingo, 30 de noviembre de 2014

TESTIGOS DE LA LUNA - Capítulo 32.

I

Los ojos de Derek siguen fijos en el techo, aunque Ayleen puede notar el latido del corazón de él acelerarse bajo su mano. Finalmente gira la cara y la mira, y por un momento Ayleen cree que va a responderle que él también la quiere, pero sus labios no se separan, y sus ojos negros, muy abiertos, se inundan de algo parecido al terror. Sigue en silencio durante un largo minuto, como si las palabras de la chica se le hubieran atado al cuello y le impidiesen hablar. 
Ayleen cierra los ojos un momento. No debería haber dicho nada. Debería haberse tragado las palabras, pero no ha podido, no ha podido. Han salido solas, se ha arriesgado a asumir que Derek no le dijera "te quiero" de vuelta, y en efecto no se lo ha dicho. Evidentemente, si no se lo ha dicho es porque no lo siente. Abre los ojos de nuevo y su mirada se cruza con la de Derek, que ha dejado de acariciarle la espalda. 

Es normal que los sentimientos de uno de los dos se desarrollen antes que los del otro, es normal que sea uno el que tenga que arriesgarse a decirlo primero, es normal que Derek aún no la quiera, teniendo en cuenta que tampoco llevan tanto tiempo juntos. Es normal, y aun así le duele. Trata de convenverse a sí misma de que no importa, eso no cambia nada. Pero su estómago está encogido y le escuecen los ojos.

Ayleen aparta el brazo del pecho de Derek y coge su camiseta de la parte baja de la cama, repentinamente incómoda por su desnudez. Es precisamente la camiseta suya que él le regaló. La muchacha se sienta en la cama, rodeándose las rodillas con los brazos. Derek sigue exactamente en la misma posición de antes, como una estatua. 

-Lo siento –murmura ella-. No debería haberlo dicho.
-No, bueno, si eso es lo que sientes, en fin, está bien… saberlo.

La chica mira incrédula a Derek. ¿Está bien saberlo? ¿Eso es todo? Acaba de confesarle que se ha enamorado de él, ¿y lo único que le contesta es que está bien saberlo? Como si fuera un dato que archivar, como si eso fuera algo que se dijera todos los días. Como si no fuera algo que jamás había sentido por nadie y que nunca le ha dicho a ningún chico.

-También está bien saber que al menos has sido sincero y no me lo has dicho de vuelta sólo para que siga acostándome contigo –dice ella amargamente. 
-¿Qué? –él parpadea, como si no pudiera creerse lo que acaba de escuchar. 
-Da igual, en serio.

Ayleen suspira. No quiere pelearse con él, ni siquiera que él le diga que también la quiere. Visto lo visto, se habría conformado simplemente con otro tipo de reacción, quizás con un beso, o con una sonrisa, o con cualquier otra tontería que siguiera sin significar “yo también te quiero”, pero que fuera más un “me gusta que me quieras” a un “la palabra amor me produce alergia”, que es la forma en que Derek ha reaccionado. 

-No, no da igual –él se incorpora también, con las sábanas cubriéndolo a partir de la cintura-. Acabas de decir que lo único que quiero de ti es sexo, y eso no es verdad, no entiendo…
-¿Qué no entiendes? –le interrumpe ella- Tampoco es tan extraño que lo piense teniendo en cuenta que eso es precisamente lo que siempre has buscado con todas las tías.

Derek frunce el ceño, su pecho subiendo y bajando cada vez con más agitación. Ayleen aparta la mirada. No quería decirlo, no quería sacar el tema ni hablar con Derek de su pasado y de todas las chicas con las que ha estado. Hasta ahora había sido un asunto enterrado que ninguno de los dos se había atrevido a mencionar. Pero no podía permanecer así siempre, en algún momento iba a surgir. Ayleen gira la cara, incapaz de mirarle.

-Lo primero es que tú no sabes cómo era mi vida antes de que llegaras aquí…
-Oh, no, pero hay gente que lo sabe muy bien.
-… y lo segundo es que si lo único que buscara de ti fuese acostarme contigo, no te habría llevado a ver mi estudio, no te habría enseñado cosas de mí que nadie más sabe. No estoy tan desesperado como para tener que recurrir a eso.
-Es verdad, se me olvidaba que el grandioso Derek Harris puede conseguir a la chica que quiera y cuando quiera. Tiene sentido, ¿para qué preocuparse por el amor cuando todo puede quedarse en un revolcón?
-No lo entiendes, no entiendes nada –Derek coge sus pantalones y se los pone, seguramente asaltado por la misma incomodidad que Ayleen-. Te crees lo que sea que Connor te haya contado de mí, pero no que mi hermana y Axel, la gente que me conoce de verdad, te digan que he cambiado. 
-Dime pues que Connor me ha mentido.
-Probablemente no lo haya hecho, pero Natasha tampoco.

Ayleen se pone de pie, la camiseta cubriéndole hasta por encima de las rodillas, y Derek hace lo mismo. Quedan cara a cara, pero separados por varios metros. 

-Derek, me daba igual. Lo decía en serio. Sí, habría preferido que me dijeras “yo también te quiero, Ayleen”, pero me daba igual. Lo único que quería era que no reaccionaras como si acabara de convertirme en un cuchillo que te va a cortar si lo tocas, o incluso si lo miras. 
-Pero es que no entiendo por qué hay que meterlo todo en categorías. Creía que estábamos bien y que no hacia falta etiquetarnos como nada.
-¡Dios, Derek, no te he pedido que te cases conmigo! Sí, estábamos bien, y precisamente por eso he admitido lo que siento. ¿Tú no sientes lo mismo? Pues ya está, no pasa nada, ya lo sentirás, o a lo mejor no, a lo mejor te da tanto miedo enamorarte que puede que nunca lo sientas, no lo sé –gesticula con las manos, intentando expresar su frustración.
-¿Ves a mi hermana? ¿Ves cómo está, cómo la dejó Owen? ¡Eso es lo que pasa con el amor!
-No, para nada. Owen no la quería, ése es el problema, no el amor.

Ayleen siente la rabia y la impotencia apoderarse de todo su cuerpo, y subir por su garganta como un fuego que la quema por dentro. Sólo quiere que Derek la quiera, y cada vez le da más la impresión de que eso es imposible, de que nunca va a pasar.

-Bien, sí, escúdate en tu apariencia de chico duro que no cree en nada y que no necesita a nadie.
-Eso es una estupidez –se cruza de brazos, todo su cuerpo rígido, como si estuviera luchando consigo mismo para no explotar-. Sólo mira lo que acaba de pasar, míralo, cuando empiezan a aparecer expectativas que se supone que hay que cumplir, cuando todo se complica…
-¡Claro que se complica! Es mucho más fácil ignorar al mundo, hacer las cosas como uno quiere, pero no consiste en que sea fácil, sino en que hay veces en que las dificultades merecen la pena, en que arriesgarse a querer merece la pena. Yo acabo de arriesgarme, de admitirlo, porque creo que lo nuestro merece la pena –su tono de voz baja gradualmente, sintiéndose cada vez más cansada.
-Decir o no decir dos palabras no cambia nada, ¡no debería hacerlo! 
-¡Evidentemente no! Pero si a ti te asusta la idea de enamorarte, a mí me asusta la idea de que en realidad no hayas cambiado y de que no busques nada conmigo, de que en cualquier momento te vayas a hartar de mí y te vayas, como habrás hecho con tantas chicas y…
-¡Dios, para! No puedo, es que no puedo. ¿Lo único que crees de mí es que soy una especie de persona sin sentimientos que trata a las tías como si fueran de usar y tirar?

La furia de Ayleen se desvanece de su cuerpo como el aire de un globo al que acaban de pinchar con una aguja. No sabe ni siquiera cómo ha empezado la pelea, sólo sabe que necesita que acabe, y que no aguanta los ojos de Derek mirándola acusadoramente, que no aguanta el olor de su piel inundando la habitación, haciéndole pensar que tal vez nunca llegue a recibir nada más de él sólo porque le asusta dejarse llevar y amar. 

-Sinceramente, ahora mismo me gustaría estar sola. 
-¿Así, sin más? Sólo porque…
-Derek, por favor.

Sus ojos se encuentran unos dolorosos segundos, y la certeza de que nunca va a tener de él lo que le gustaría se apodera de Ayleen, atenazándole la garganta y haciéndola desear llorar. Pero no con él allí, no, necesita que se vaya. Quizás si no lo tiene delante aún pueda imaginar que él siente lo mismo, que ha cambiado lo suficiente como para quererla. 

Derek se pasa una mano por el pelo revuelto y se pone su camiseta.

-Bien –dice entre dientes.
-Bien –replica ella. 

Camina con paso decidido hasta la puerta, y tras mirar una última vez a Ayleen, casi como si quisiera decir algo pero no encontrase la forma, sale de la habitación con un portazo. 

Ayleen se queda de pie, clavada donde estaba, dejando que las lágrimas resbalen por sus mejillas. Es la primera vez que se pelean, y no está segura de qué pasará después. Se pregunta qué haría si Derek volviera ahora mismo, a pesar de que le ha dicho que quiere estar sola; más aún, se pregunta si realmente querría que él volviera, y la respuesta es no. No sería capaz de dejar que la estrechara entre sus brazos o de que le susurrase al oído que lo siente después de que prácticamente le haya dicho que nunca va a permitirse querer a nadie porque eso sólo conlleva complicaciones. Porque para él estar con ella no merece esas complicaciones. 

El fuerte rugido de un motor hace temblar a la chica, y en efecto al mirar por la ventana ve el viejo Ferrari rojo de Derek estremecerse levemente cuando éste pisa el acelerador y salir después a toda velocidad. Huye literalmente de ella. 

Ayleen hace la cama, como si así pudiera borrar lo que acaba de pasar, y se sienta en ella. Ha dejado de llorar, pero una profunda sensación de desolación se ha apoderado ahora de su cuerpo. Se le pasa por la cabeza ir a hablar con Connor, pero desecha la idea tan pronto como aparece, pues no se siente con fuerzas de escuchar un te lo dije. Natasha tampoco está disponible, porque está con su madre y porque siendo la hermana de Derek seguramente no sea lo más oportuno contárselo a ella. Entonces se da cuenta de lo sola que está allí. Se levanta, vuelve a poner a reproducir el disco de Ed Sheeran y se sienta de nuevo en la cama, mirando en la pantalla del ordenador más que escuchando como pasa, minuto a minuto, canción a canción.



II

Hace un rato que el disco ha terminado de reproducirse, pero Ayleen sigue sentada en la cama. Tiene los músculos entumecidos pero no quiere levantarse. De hecho es ya la hora de la cena, aunque sabe que esa noche no va a bajar; cualquier intento por comer se vería frustrado por su estómago, incapaz de aceptar comida. Ahora no le importaría que Derek apareciera. Es más, debe haber vuelto ya de adonde sea que fuera antes –a menos que vaya a quedarse a pasar la noche en su piso, lo cual sería un acto tremendamente cobarde-. Sí, está enfadada con él, por no quererla, más aún, por no querer quererla. Pero un enfado no cambia lo que siente, y ante todo quiere que vuelvan a estar bien.

Entonces tocan a la puerta. Dos golpes sordos, pausados. Ayleen se levanta de la cama como un resorte, convencida de que es él. Carraspea, se alisa el pelo, respira hondo y abre la puerta. 

Se encuentra con unos ojos negros, pero no son los de Derek, sino los de su hermana. Su rostro tiene un color pálido que Ayleen nunca le había visto antes –a pesar de que ha visto a Natasha en situaciones verdaderamente malas-, y sus ojos carecen de emoción. Abre los labios para hablar, y lo intenta dos veces antes de conseguir pronunciar una palabra.

-Se ha… ido –dice, la vista fija en el vacío.
-¿Qué? –Ayleen la mira sin comprender qué pasa.

Sólo entonces ve que Natasha sostiene un teléfono móvil entre su mano, los nudillos blancos de la fuerza con que lo aprieta.

-Derek –casi se ahoga con el nombre de su hermano-. No sé… qué ha pasado. Dicen que iba en el coche… ha tenido un accidente y… y se ha ido. Está... está... muerto.

sábado, 29 de noviembre de 2014

TESTIGOS DE LA LUNA - Capítulo 31.

I

Las siguientes semanas pasan rápido para Ayleen. No sólo está inmersa en sus estudios, sino también en su relación con Derek. Pasan juntos la mayoría del tiempo que ella tiene libre, y tal vez por aburrimiento o tal vez por verdadero deseo, Derek va a clase y a veces, sólo a veces, también estudia. 

Ayleen y Connor estuvieron unos días estudiando juntos, otra vez, en las tumbonas de la piscina, de modo que parecía casi casual, pues no implicaba que se fueran a la habitación de ninguno de los dos, y ahora que ha comenzado a hacer frío suelen irse a la sala de estudio de la residencia. Casi no hablan, probablemente porque no saben qué decirse, pero al menos han recuperado esos silencios que no son incómodos. "Poco a poco", piensa Ayleen cada vez que sale, frustrada, de la sala de estudio.

Y así pasan los días. Ayleen se ha permitido volver a acostarse con Derek porque a) Por el momento no le ha demostrado que tenga intenciones de dejarla o que siga con ella sólo por eso y b) Sabe que su fuerza de voluntad no es suficiente como para resistirse permanentemente a Derek, ni tampoco quiere hacerlo.

De modo que el día anterior a su dieciocho cumpleaños, después de ver Elysium en el ordenador con Derek, después de expresar su frustración ante esa forma de acabar de la película, y después de que Derek la bese en la clavícula y le diga que el hecho de que algo acabe mal no implica que la historia no haya sido bonita, Ayleen lo agarra del cuello de la sudadera y lo atrae hasta ella, haciendo que su cuerpo quede sobre el de ella encima de la cama, y se pierde, se pierde en sus labios, en sus manos, en la tinta negra que cubre su piel desnuda.


II

A la mañana siguiente, al despertar, Derek no está en la cama. En cambio, en la parte libre de la almohada, hay un paquete plano y de forma cuadrada envuelto en papel de regalo, con un pequeño lazo dorado en una de las esquinas. En el papel se ve escrito:

Los pelirrojos tenéis que apoyaros entre vosotros, así que he decidido contribuir a la causa. 

Aunque no tiene sentido en ese momento, Ayleen sonríe, y su sonrisa se ensancha al abrir el papel y encontrarse un disco de Ed Sheeran, el primero. No está muy segura de si es que Derek sabe que es un cantante que le gusta o sólo lo ha comprado por el color naranja, pero le da igual, porque en ambos casos le ha hecho ilusión. Se dice a sí misma que tiene que recordar decirle a Derek, una vez más, que no es pelirroja. 

Se levanta de la cama, pone el disco a reproducirse en el ordenador, y se viste mientras lo escucha. Sus padres la llaman mientras se está poniendo las botas, y habla con ellos durante casi media hora. Ventajas de cumplir años en sábado. 

Al bajar a desayunar, a Ayleen se le hace extraño que gente de la residencia con la que casi nunca ha hablado la felicite, pero se siente tan feliz sin motivo aparente que se acerca a darle las gracias a todo el mundo con un abrazo. 

En el comedor sólo están Hugo, Hayley, Mark y Connor.

-Hola –saluda Ayleen alegremente.

Luego se da cuenta de que lleva bastante tiempo sin hablar con ellos, y que tal vez no quieran saber nada de ella. Se muerde el interior del labio inferior, mira al suelo y se da la vuelta para ir a por las cosas del desayuno. Pero antes de que pueda girarse del todo, Hugo la estruja en un fuerte abrazo, y aunque le empiece a faltar el aire, Ayleen lo abraza también con fuerza. 

-¡FELICIDADES! –exclama él cuando la suelta. 

Ayleen no sabe por qué se acuerdan de que es su cumpleaños, si es que alguna vez lo ha comentado, o si es que alguien se lo habrá dicho, pero se alegra cuando todos se acercan a felicitarla. Es como recuperar algo que ya había dado por perdido. 

Connor es el último en ir hasta ella. Sus amigos se sientan de nuevo en la mesa y retoman el tema de conversación que tuvieran antes, creando una especie de espacio íntimo para ellos dos. Ayleen no sabe qué hacer, así que no hace nada. Se miran durante un instante, hasta que los labios de Connor se curvan en una pequeña sonrisa. 

-Feliz cumpleaños –dice.
-Gracias. 

El joven sacude la cabeza y suspira. Abre los brazos y dice ven aquí en voz tan baja que Ayleen no sabe si lo ha esuchado o lo ha leído de sus labios, pero no duda un momento en lanzarse a sus brazos. Entierra la cara en el pecho de él para que no vea que dos lágrimas se han escapado de sus ojos. Connor la rodea por la cintura y aspira ese aroma que tanto echaba de menos. Puede que ese abrazo no cambie nada, y a la hora de mirarse y de hablarse sigan sintiéndose extraños, o puede que no, porque en ese preciso instante todo vuelve a ser como antes, y sólo entonces Ayleen se da cuenta de lo mucho que echaba en falta al chico de la sonrisa encantadora. 


III

Derek entra al comedor y la ve, ve su melena casi pelirroja entre los brazos de Connor. Siente una punzada de incomodidad (y ganas de ir a pegarle un puñetazo a Connor por estar acariciando la espalda de su chica), pero luego recuerda la expresión triste de Ayleen al hablar del distanciamiento con su amigo, las ganas que tenía de reconciliarse con él, y en cierto modo se siente agradecido de el día de su cumpleaños no se vaya a ver nublado por ese sentimiento. Aunque las ganas de pegarle un puñetazo a Connor no disminuyen. 

El joven espera en la puerta hasta que Ayleen y Connor se separan, y entonces uno de los amigos de Connor, el que lleva el pelo de colores cuyo nombre Derek no es capaz de recordar, señala tímidamente en su dirección, y Ayleen se gira y le ve. Los ojos llorosos de la muchacha se iluminan, una sonrisa se extiende por sus labios, y Derek sonríe y se olvida de que hace un momento estaba abrazando a otro. 

Ayleen camina hasta él, y cuando Derek se dispone a besarla, ella agacha la cabeza de manera que los labios de él sólo encuentran su frente. Todos les están mirando, claro, y sin duda Ayleen no quiere poner en riesgo su frágil y reciente reconciliación con Connor. La felicita en un susurro y ella le mira pidiéndole disculpas por su poca efusividad. 

-¿Has desayunado ya? –pregunta Ayleen.
-Sí –Derek duda un instante-. Tú deberías ir y desayunar con tus amigos.

Ella asiente con la cabeza. 

-Me alegro de que os hayáis reconciliado –dice él, y de verdad lo piensa.
-Gracias –Ayleen se pone de puntillas, le da un fugaz beso en los labios y se va a por su desayuno. 

Un rato después, Ayleen le manda un mensaje a Derek diciéndole que va a pasar la mañana con Hugo, Mark, Hayley y Connor, pero que le encantaría salir a comer con él. Derek contesta que le parece bien, y se pasa las horas que quedan hasta la comida preguntándose cómo es posible que una chica se haya colado en su vida de esa forma tan desconocida para él.


IV

A la semana siguiente, Derek y Ayleen quedan con Natasha y Axel para ir a la bolera. Ayleen ha jugado muy pocas veces, pero para su sorpresa no se le da nada mal, y al final Derek y ella consiguen ganarle a la otra pareja. Derek la levanta del suelo en un fuerte abrazo y le da una vuelta, sus fuertes brazos rodeando la cintura de ella. 

-Si me llegan a decir esto hace tres meses, no me lo hubiera creído –comenta Naty.
-Yo sigo pensando que los alienígenas han abducido a tu hermano y han metido a otra persona en su cuerpo –apostilla Axel.
-Ja, ja –Derek se quita los zapatos de la bolera y se pone sus botas negras.
-Pues sí, ya no sé a quién tengo que darle las gracias por este cambio, si a Ayleen o a los marcianos.
-Quizás Ayleen sea una marciana.

Todos ríen. 

-En fin, nosotros nos vamos ya –Axel lleva al mostrador todos los zapatos.
-¿Tan pronto? 
-Sí –Natasha suspira-. Ya sabes, mi madre se ha empeñado en venir a verme de vez en cuando, por todo lo que pasó… En fin, no te preocupes querido hermano, ya te buscaré alguna excusa.
-Naty, si es que te tengo que querer –el joven le da un abrazo exagerado a su hermana.
-Qué cariñoso es el nuevo Derek 2.0 –bromea Axel cuando vuelve de dejar las cosas. 
-Es que es mi hermanita pequeña –la estruja otra vez y ella lucha por soltarse, riendo.
-¡Pero si somos mellizos! –protesta ella, con la voz amortiguada por la camiseta de su hermano.
-Pero yo nací antes.
-Agg –logra escapar del abrazo y se separa de Derek para que no vuelva a cogerla. 

Ayleen contempla la escena con una sonrisa en los labios, como siempre que Derek deja entrever esa faceta tierna suya.

-Adiós –Natasha  se despide también sonriente; en el fondo le gusta que su hermano sea así. 

Se dicen adiós con la mano y la pareja se queda sola.

-¿Qué te apetece hacer? –pregunta él.
-Mmmm –los ojos de Ayleen buscan los suyos-. Había pensado que tal vez podríamos volver a la residencia… -la punta de su pie resbala hacia delante y detrás en el suelo.
-Me parece una muy buena idea –sus labios se curvan en una bonita sonrisa. 

De modo que vuelven a la residencia y se van a la habitación de Ayleen. La muchacha pone a reproducir en el ordenador el disco de Ed Sheeran que él le regaló por su cumpleaños, y pasan un rato intentando que ella aprenda a jugar al póker, que Ayleen descubre que es una de las aficiones de Derek. Le pega tanto jugar al póker que casi parece que lo haga a propósito.

Sin embargo, después de que quede claro que Ayleen va a necesitar mucha práctica antes de comprender del todo como funciona el juego, deciden echar las cartas a un lado y simplemente besarse, que eso es algo que sí se le da bien a los dos. Kiss me suena de fondo cuando se desnudan y hacen el amor. 

No se duermen, sino que se quedan tumbados uno al lado del otro, la mano de Ayleen sobre el pecho de él, sintiendo los latidos de su corazón. Derek tiene la vista fija en el techo, pero su mano viaja distraídamente por la espalda de ella, acariciándola sólo con las yemas de los dedos. Ayleen contempla sus ojos negros, la línea de su mandíbula, sus labios, su piel, que refleja la luz del atardecer que entra por la ventana. Y no puede evitarlo. La misma fuerza que le atrae hacia él cada vez que lo ve, la misma fuerza que le hace olvidarse del resto del mundo cuando él la mira, la hace abrir los labios y decirlo, antes de poder echarse atrás.

-Te quiero –susurra.


[Hala, ya lo ha soltado. Ahora queda ver cómo reacciona Derek, qué responde... A lo mejor Ayleen se ha precipitado, o a lo mejor no. En fin, os recuerdo que quedan 3 capítulos para que acabe la novela, y os pido por favor que comentéis en el blog y me mencionéis en twitter, muchas gracias por leer]

domingo, 23 de noviembre de 2014

TESTIGOS DE LA LUNA - Capítulo 30.

I

Lleva unos tres minutos esperando cuando la ve bajar por las escaleras. Lleva unos vaqueros negros ajustados, un jersey celeste y el pelo rojo cayéndole libre por los hombros y la espalda. Quizás no lleve nada del otro mundo, pero a Derek le parece que va preciosa. Sonríe cuando la tiene delante.

-Guau –la mira de arriba abajo.

Las mejillas de Ayleen se tornan de color rojo.

-Sólo lo dices porque es lo que siempre se dice.
-No, te aseguro que no soy de los que suele decir algo que no piensa –se mete las manos en los bolsillos del pantalón-. ¿Vamos?

Ayleen asiente con la cabeza.

-¿Adónde vamos? –pregunta ella mientras salen de la residencia.
-Ahhhh –la voz de Derek adopta un tono misterioso.
-¿A tu piso? 
-Como puse en la nota, mis intenciones son honestas –esboza una sonrisa ladeada.
-Podrían serlo también en tu piso –replica ella alzando las cejas.
-Sí –concede Derek-, pero me resultaría mucho más difícil resistir a la tentación. 

Él posa una mano en la mejilla de la chica y se inclina para besarla. Automáticamente, Ayleen presiona su cuerpo contra el de Derek, y permanecen así unos instantes, besándose en la acera, hasta que el joven se separa un poco y deja que su mano resbale hasta entrelazarla con la de Ayleen. La dirige hasta su coche y se suben en él. 

Derek conduce un rato en silencio, con una pregunta rondándole en la cabeza, hasta que al final se decide a expresarla en voz alta.

-¿Te ha pasado algo con Connor? Ya nunca… os veo juntos.

Por el rabillo del ojo ve cómo ella aparta la mirada de la calle y fija los ojos en su regazo. Además, su cuerpo se ha puesto tenso.

-Nada importante –dice, aunque Derek nota que está mintiendo-. Yo fui demasiado poco sincera y él lo fue demasiado, nada más.

Él aparta los ojos de la carretera un segundo para mirarla. Parece abatida.

-Está enamorado de ti, ¿verdad? –le gustaría imprimir a sus palabras el tono de voz de te lo dije, pero sabe que eso sólo va a conseguir hacerla sentir peor.
-No, creo que no –suspira, y Derek no sabe si creérselo o no.
-Lo siento. Lo de que os hayáis peleado, quiero decir.

Ayleen se muestra asombrada.

-Creía que te haría feliz.
-No va a hacerme feliz algo que a ti te hace infeliz.

Lo dice sin pensarlo, sin ser consciente de sus palabras. Simplemente lo dice porque lo piensa, y hasta que no se escucha a sí mismo no se da cuenta de lo significativas que son sus palabras. Al menos ve a Ayleen sonreír y eso le relaja.

-Nos acabaremos reconciliándonos. Es cuestión de tiempo.

Derek asiente con la cabeza y sigue conduciendo sin decir nada. Sabe que Ayleen quiere a Connor. No sabe exactamente cómo o cuánto, si únicamente como amigo o si hay algún otro sentimiento en medio. Pero también sabe que si está con él es por algo. Ha elegido a Derek, o eso parece, y no debería tener motivos para sentirse celoso –de hecho Derek nunca se había sentido celoso-, pero le resulta imposible no sentirlo. Sin embargo, no quiere que Ayleen lo pase mal, y es ahora cuando ha sido consciente de lo importante que es Connor para ella. Cree saber qué le ocultó Ayleen a Connor, pues la pelirroja no quería que su amigo supiese de su relación con Derek, pero se pregunta qué será lo que Connor le habrá dicho a ella. 

Derek busca un aparcamiento, y antes de bajarse del coche, Ayleen se inclina hasta él y le da un leve beso en los labios. Derek no puede evitar fijarse en su trasero, alzado por los vaqueros ajustados, cuando sale del coche. Una oleada de calor se extiende por su cuerpo al pensar que la noche anterior la hizo suya. Y sin embargo aún no cree que sea suya del todo. 


II

Ayleen se deja guiar por las calles de Chicago. Sabe que están por el centro, pero no termina de ubicarse hasta que no tiene el Millenium Park delante. Son cerca de las doce de la noche, y aunque sigue habiendo un continuo de coches por la carretera, el típico hervidero de turistas que se agrupa siempre en Millenium Park parece haberse ido ya a dormir. 

Juntos y en silencio entran en el parque. Hay algunas personas caminando por allí, pero está esencialmente vacío. La luna ya está completamente llena, y acompañada de la luz de las farolas los ilumina lo suficiente como para que puedan caminar por allí, aunque las sombras de los árboles hacen que el parque se vea muy distinto a como se ve durante el día. 

-Nunca había venido aquí de noche –comenta ella.
-Es el único momento del día en que parece que forme parte de Chicago, y no de turistalandia

Ayleen suelta una carcajada. Como siempre que está con Derek, consigue olvidarse de Connor o de que tiene una carrera de medicina que intentar aprobar.

-¿Vamos al Haba? –pregunta con repentina emoción.
-Esa era mi intención, sí.

La joven pelirroja asiente con la cabeza y le toma de la mano. Le hace ir a paso ligero hasta que encuentran la escultura. Es sin duda su parte favorita de Chicago, aunque no haya estado muchas veces allí. Como su nombre indica, El Haba tiene la forma de esa legumbre, aunque de un tamaño gigante, y su superficie de metal refleja todo a su alrededor: los rascacielos, los árboles, las personas, la luna. 

-Es la primera vez que no hay absolutamente nadie aquí –dice ella, fascinada ante ese hecho.
-A veces hay turistas incluso por la noche. Hoy hemos tenido suerte. 

Ayleen se acerca al monumento y mira su reflejo, oscuro por la falta de luz. Junto a su imagen aparece la de Derek, que encuentra sus ojos en el metal y sonríe.

-Ven –la atrapa por la cintura y la lleva al interior del Haba.

Desde debajo, la forma de la figura hace que se vean reflejados por todo el techo, infinitos Ayleens y Dereks mirándolos desde arriba. 

-Es increíble –susurra Ayleen.

Ya lo había visto antes, es cierto. Pero aun así, cada vez que lo contempla le resulta maravilloso, y más todavía cuando no hay nadie a su lado haciéndose fotos, cuando no escucha idiomas extraños que no comprende a su alrededor. Es todavía más bonito cuando un sitio que normalmente pertenece a todos ahora está vacío, ahora es sólo de Derek y de ella. O a lo mejor le parece especial simplemente porque el brazo de Derek está rodeando su cintura, y nota su cuerpo contra el de ella, y sabe que en ese momento Derek es para ella. Que él es igual que El Haba, que solía ser de todos pero ahora ya no es así, ahora se ha reservado sólo para ella.

Se sientan en el suelo, apoyados en la base de uno de los lados del monumento. Ayleen descansa la cabeza en el hombro de Derek, y éste acaricia su pierna distraídamente. Se alegra de que no haya querido llevarla a su piso, porque aunque la noche anterior fue increíble, no está dispuesta a permitir que su relación se convierta meramente en sexo, porque eso es precisamente lo que lleva intentando evitar desde el principio, y es además lo que todos le han advertido de Derek. Pero él tampoco lo ha propuesto, ha sido su elección llevarla allí, a un parque a ver algo bonito en lugar de a una cama. Puede que todos estuvieran equivocados con respecto a Derek. O puede que Derek esté cambiando poco a poco. No importa mucho, en realidad.

La chica se estira un poco para besar la base del cuello de Derek, y él gira la cara para mirarla a los ojos, esos ojos negros que parecen ver en su interior cada vez que se clavan en los suyos. Ayleen sonríe, una sonrisa amplia, sincera, sencilla, y Derek le corresponde con otra igual. La muchacha pasa sus dedos por los labios de él, sintiendo su aliento sobre su piel. 

-Me gusta esto –susurra-. No sé qué es, pero me gusta.

Derek posa un beso sobre las yemas de los dedos de la muchacha.

-A mí también me gusta, Ayleen.

Se inclina para besarla, y sus infinitos reflejos le imitan. Muchas veces ha pensado Ayleen que intentar algo con Derek era un error, pero ahora, cuando la besa, cuando las manos de él recorren su pelo, cuando la distancia entre sus cuerpos es de milímetros y sigue pareciendo demasiada, ahora se pregunta cómo algo que sienta tan bien, algo que la hace sentir viva, podría llegar a ser un error.  



[He aquí lo que he intentado que sea un capítulo asdfghjklñ. Quería hacer alguno así y bueno, aquí lo tenéis, espero que os haya gustado y que también os haya gustado que suba capítulo dos días seguidos, a ver si compensa un poco todo lo que he tardado en subir otras veces. En fin, como a esto le queda nada para acabar, pero a la vez le queda por pasar algo que estoy segura que ninguna os esperáis, me gustaría que me dijerais cómo pensáis que termina la novela. Comentad aquí en el blog y mencionadme también por twitter si podéis, muchas gracias por leer]

sábado, 22 de noviembre de 2014

TESTIGOS DE LA LUNA - Capítulo 29.

I

Con las piernas cruzadas y una taza de té entre las manos, Natasha descansa en una alfombra, justo al lado de la mesita que ocupa el centro del estudio de Derek. Su hermano, también sentado en el suelo, está inclinado sobre la mesa, trazando nuevas líneas sobre las anteriores del último tatuaje de su cuaderno.

-¿Dónde vas a hacértelo? –pregunta ella.
-Creo que en la base de la espalda –responde, sin alzar la vista del papel.
-Derek.
-¿Sí?
-Llevas todo el día muy raro. ¿Te pasa algo?

Termina de dibujar una línea y mira a su hermana.

-Claro que no.

Natasha alza una ceja y Derek se rasca la nuca, molesto ante la mirada suspicaz de su hermana.

-No te creo. Estás como ido. Y ha sido hoy porque ayer por la noche antes de irte con Ayleen estabas normal… 

El volumen de su voz decrece a la vez que sus ojos se estrechan. Luego una amplia sonrisa se expande por su rostro, una que Derek llevaba bastante tiempo sin ver.

-¡Os habéis acostado! –exclama; da un bote en el suelo y el té amenaza con salirse de la taza- ¡Lo habéis hecho! 

Derek se muerde el labio inferior, buscando una forma de negarlo, pero nunca ha sido capaz de mentirle a su hermana. Nota los latidos de su corazón en sus oídos.

-¿Esta noche? 

El joven acaba por aceptarlo y asiente.

-No pidas más detalles, hermanita, que no te los voy a dar.
-Puaj –hace una mueca-. No tengo ningún interés en saber tus experiencias sexuales.

Derek pone los ojos en blanco.

-¿Y ahora… qué? –pregunta Natasha tras un breve silencio.
-¿Cómo que “y ahora qué”? 
-Pues que cuáles son tus intenciones con ella.
-No lo sé –exhala un profundo suspiro-. Te juro que no lo sé. Es que es… Ayleen es…
-Lo sé –Natasha esboza una sonrisa comprensiva-. Sólo piensa si los dos queréis lo mismo. No se merece que le hagan daño.

Su hermano asiente con la cabeza, dándole vueltas al lápiz entre los dedos.

-Mi único objetivo no era acostarme con ella.
-Derek…
-Ya lo sé –dice en voz cansina-. Quizás al principio lo fuera. Ya me conoces, Naty. Pero ahora… no.

Natasha se bebe lo que le queda de té en la taza y se pone en pie.

-¿Has pensado que tal vez ella no sepa eso? –camina hasta la cocina, y antes de desaparecer por la puerta, se vuelve hacia su hermano y le sonríe una vez más- Yo sé que la gente es capaz de cambiar. Puede que tú ya lo hayas hecho. 


II

Ayleen descansa en una de las tumbonas que queda al lado de la piscina de la residencia. Le parece que hace un día demasiado bonito como para pasárselo encerrada en su habitación, así que se ha llevado los apuntes de bioquímica consigo y allí los está leyendo, si bien realmente no les está prestando demasiada atención. Su mente no deja de viajar a la noche anterior, y de su rostro no se ha borrado la sonrisa. 

Sin embargo, esta desaparece cuando escucha cerrarse la puerta que da al patio y ve aparecer a Connor con un libro en la mano. Él la mira como si no esperase verla allí. Posiblemente no lo hiciera. Por un momento, la joven pelirroja tiene la sensación de que Connor va a darse la vuelta y marcharse, pero no lo hace. Ayleen ya está de pie cuando él llega hasta su tumbona. 

-Supongo que no vienes a bañarte –comenta ella, intentando sonar casual pero con voz tensa.

Connor alza el libro que tiene entre las manos. 

-No, venía a leerme la Constitución. Tenemos que escribir una redacción para el martes.

A Ayleen se le escapa una risa nerviosa. Es increíble lo parecidos que son en algunas cosas.

-¿Qué pasa? –pregunta él, con el ceño fruncido.
-Que yo también he venido para estudiar.

La expresión de Connor se relaja, y un amago de sonrisa asoma a sus labios.

-Echo de menos estudiar contigo –dice Ayleen en voz baja. 

Al principio el joven de ojos azules no responde, y ella se pregunta si la habrá escuchado, pero tras unos instantes suspira y se deja caer en la tumbona al lado de la que Ayleen estaba ocupando.

-Yo también.

La muchacha lo mira con resolución. Necesita reconciliarse con él, lo necesita.

-Connor –él la mira-, no sé muy bien qué ha pasado, pero quiero que volvamos a ser como antes.
-Yo también quiero…
-¿Pero? 
-Pero no sé si puedo.
-¡¿Por qué no?!
-Porque me mentiste, y porque no quiero sentir por ti cosas que no llevan a ninguna parte. 

Ayleen se lleva las manos a la cabeza, desesperada.

-Connor, te necesito.
-No es cierto –aparta la mirada.
-¡Claro que lo es!
-A la única persona a la que realmente necesitas es a Derek, siempre ha sido así. 
-Mírame –le insta ella, y Connor acaba por acceder-. Sí, Derek y yo estamos juntos, o algo así. Sí, te lo oculté porque tenía miedo de que pasara lo que ha pasado en cuanto te has enterado. Y sí, necesito que tú y yo volvamos a estar bien porque esta situación que tenemos me está matando. ¿Sabes? Tú también dijiste cosas que no me gustaron, cosas sobre Derek, sobre mí. Pero creo que nuestra amistad vale más que eso, y he perdonado que lo dijeras porque prefiero recuperar lo que teníamos. Y creo que tú deberías hacer lo mismo. 

El silencio se instala entre ellos como una barrera inquebrantable. No obstante, siguen mirándose a los ojos, y Ayleen ve en las profundidades azules de los de su amigo que está librando una lucha interna. 

-Creéme que lo intento –dice él en un susurro tan leve que Ayleen no está segura de haber escuchado bien-. Por lo pronto, quizás deberíamos simplemente estudiar.

Sus miradas se separan y Ayleen se sienta también en su tumbona. Connor no está enamorado de ella, él mismo se lo dijo, de modo que no entiende por qué le cuesta tanto dejar ir el tema de Derek y volver a la normalidad. Al menos ahora la tensión de ese muro entre ellos parece haberse debilitado un poco, y la familiar sensación de estudiar con Connor al lado reconforta a Ayleen lo suficiente como para pensar que tal vez puedan volver a ser amigos.


III

Derek desliza la nota por debajo de la puerta de Ayleen y vuelve sin prisa a su habitación.  Se cruza con Natasha en el pasillo de su cuarto, quien le saluda con un beso en la mejilla y sigue su camino. El joven no comprende qué hacía su hermana en esa planta hasta que no ve la puerta de la habitación de Axel cerrándose. Exclama el nombre de su amigo antes de que cierre por completo la puerta, y el interpelado asoma la cabeza por el quicio.

-Hey.

Derek camina hasta él con las cejas levantadas.

-¿No deberías ser tú el que acompañara a mi hermana a su habitación, y no al revés?

Axel suelta una carcajada.

-Y la faceta protectora de Derek ataca de nuevo.
-Teniendo en cuenta todo lo que ha pasado…
-Tienes razón –la expresión de su amigo se vuelve más seria-. Pero ya la conoces, es la persona más independiente de esta residencia, y le gusta demostrarlo.
-¿Más independiente que yo?
-Bueno, según las malas lenguas, has caído en las redes de una chica pelirroja…

El joven de piel bronceada pone los ojos en blanco, pero no consigue contener una sonrisa 

-Axel.
-Dígame.
-Aunque parezca que no, Natasha necesita que la cuiden. 
-Lo sé –Axel suspira-. Y tranquilo, no estamos juntos.
-Lo estaréis –Derek da golpecitos en el marco de la puerta con los dedos.
-¿Y no tienes ganas de partirme la cara? 
-No eres como Owen. En fin, ya sabes –camina hasta su habitación-. ¡Cuídamela! 

Entra en su cuarto y va directo a la ducha. Sabe que Natasha no necesita una relación ahora mismo, pero necesita a alguien que le demuestre que merece la pena confiar en el cariño de los demás, y ese alguien es sin duda Axel. 

Mientras se ducha, piensa en Ayleen, y un escalofrío le recorre la espalda. Se muere por volver a verla, besarla, tocarla. Pero Ayleen no es como las demás –en absoluto-, y sabe que tiene que ser paciente. Sabe que tiene que valorar cada pequeño trocito de ella que le da, y el hecho de que anoche le diera algo tan grande le fascina y le asusta a la vez. Y eso sólo consigue hacerla aún más especial.


IV

Después de una escueta pero alentadora despedida de Connor, Ayleen vuelve a su habitación. Va a poner el pie en el suelo cuando se da cuenta de que está a punto de pisar algo, y se queda con el pie en el aire hasta que pierde el equilibro y lo apoya justo al lado de un papel doblado. Se agacha y lo abre. Una sonrisa vuelve a apoderarse de sus labios cuando lee:

Como buena pelirroja rebelde que eres, espero que no tengas inconviente en escaparte esta noche a las 11. Prometo que mis intenciones son honestas. 
-D.



[¿Qué pensáis? En fin, espero que os haya gustado y que comentéis tanto en blogger como por mención en twitter, muchas gracias por leer. PD: la novela está a punto de terminar, así que acepto ideas para comenzar a escribir algo nuevo, si es que queréis que siga escribiendo.]