jueves, 26 de marzo de 2015

"Who's gonna be the first to say goodbye?"

Zayn se ha ido. Sé que hace tiempo dije que ya no soy directioner y que no quería involucrarme en los fandoms, pero Zayn se ha ido. Y no se trata de que vaya a dramatizar o a describir un mar de lágrimas o algo así. No, simplemente creo que es el fin de una era, y como siempre, me apetecía escribir. No voy a hablar de lo mucho que se le echará de menos, de que cada vez que haya una foto o un vídeo del grupo, faltará una persona más al lado de los cuatro, o de lo extrañas que van a ser sus canciones cuando… ¿quién hará las notas altas? Liam, supongo. Pero no, voy a hablar de que comprendo a Zayn. Bueno, realmente no porque nunca he tenido millones de seguidores de todo el mundo, ni un estadio lleno de gente cantando a coro conmigo, ni un montón de dinero suficiente para vivir cinco vidas sin tener que trabajar, ni a todas las revistas del mundo pendientes de hasta mi último movimiento, ni a gente cuestionando el amor que siento hacia mi pareja, ni desconocidos parándome por la calle a cada dos pasos que doy para hacerse una foto conmigo. Poco a poco suena menos bonito, eh. Sinceramente, no sé por qué Zayn se ha ido ni necesito saber sus motivos. Lo que sé es que tanto él como el resto empezaron demasiado jóvenes a tener responsabilidades, tuvieron –como toda estrella juvenil- que dejar rápidamente atrás toda su adolescencia para convertirse en algo que, perdonadme que lo diga, tal vez ni siquiera ellos estaban seguros de querer. No soy famosa y no sé lo que es la fama, pero tampoco quiero saberlo, porque estoy segura de que no es agradable. Imaginad sólo los rumores y las críticas. Tiene que gustarte mucho lo que haces para que al final del día merezca la pena. Y eso nunca pareció ser lo que Zayn quería. Canta bien, sin duda. Le gusta cantar, seguramente. Pero sólo recordad a aquel chico al que Simon Cowell tuvo que convencer para que saliera a bailar, y pensad si Zayn alguna vez ha querido eso. Soy afortunada porque puedo decir que fui a dos de sus conciertos cuando todavía eran One Direction, pero lo triste es que también puedo decir que en ninguno de los dos vi a Zayn como se suponía que debía estar. Se suponía que debía estar animado, disfrutando, porque si ni siquiera en los conciertos lo pasas bien, ¿cuándo vas a hacerlo? Pero no, estaba apagado y cantaba sus partes porque, bueno, era lo que tenía que hacer. Pero no creo que la fama sea soportable simplemente por hacer lo que tienes que hacer. Tienes que hacer lo que quieres hacer. Y está claro que Zayn prefiere dibujar, estar con su familia, con sus amigos, con su novia, prefiere salir, prefiere disfrutar de la juventud que ha perdido. Y lo entiendo. Imaginad lo que es no tener ni un segundo para uno mismo. Tener que vestir, actuar, hablar, incluso cantar como te digan que lo hagas. Puede parecer irónico, pero estoy segura de que Zayn quiere más de su vida, quiere dar más de sí, pero no de cara al público sino a sí mismo, quiere algo más auténtico, más real, supongo que quiere empezar a vivir, y es lo que va a hacer. Y me alegro por él. Me alegro porque en el fondo todos sabemos que lo necesitaba, que llevaba mucho tiempo en que se notaba que no estaba a gusto en su situación, y sé que a partir de ahora será más feliz. Es muy triste, sí, porque One Direction me acompañó durante mi adolescencia y ya nada será lo mismo, ha sido como ver caer una de esas cosas que se mantenían imperturbables en mi vida, pero siempre hemos dicho –y yo también, sea o no directioner- que apoyarles es estar ahí sin importar las decisiones que tomen, que si alguna vez te ha importado esa persona lo que querrás será su felicidad. Pues bien, estoy convencida de que Zayn estará mejor a partir de ahora, y sí, le apoyo en su decisión, pase lo que pase, siempre. 

domingo, 15 de marzo de 2015

PAS DE DEUX - Entrée, Capítulo uno.

Déboulé déboulé déboulé fouetté. Era fácil imaginarme a mí misma moviéndome por la clase con total ligereza, como si volara, flotando en lugar de girando, con el cuerpo erguido y el porte orgulloso, con las piernas fuertes y la mirada fija en un punto. Yo había sido así una vez, había podido hacerlo. Ahora estaba al fondo de la clase, aferrada a la barra y luchando por mantener los dos pies a la vez -y más de una milésima de segundo- sobre las zapatillas de punta. Tras una triste semana en la que intenté por todos los medios seguir el ritmo de la clase, se demostró que no era posible, y la profesora me dedicó un frío "incorpórate con tus compañeras cuando no supongas un peligro para ellas". Así que allí estaba, luchando porque mis tobillos sujetaran todo el peso de mi cuerpo, después de tres años sin tener que hacerlo. Cuánto cuesta conseguir algo, y qué rápido se desvanece. 
He de admitir que no pensé que sería tan difícil. Pensé que, de algún modo, mi cuerpo recordaría. Pero era evidente que no. Mi mente, en cambio, sí recordaba los pasos, la técnica, lo cual sólo hacía que no ser capaz de hacerlos fuera doblemente frustrante. Ver a mis compañeras con sus giros perfectos (o casi, porque en una clase de ballet nunca nada es perfecto y todo puede mejorarse) tampoco ayudaba demasiado. En realidad, de nuestro antiguo grupo sólo quedaban Luna, Catie, Maggie y Wei. Me resultó triste pensar que de unas veinte personas sólo cuatro habían seguido hasta ahora, y me sentí por un lado culpable por haberlo dejado y por otro orgullosa de volver a estar ahí. En fin, todo lo orgullosa que puedes sentirte cuando tienes tanta presión en los dedos que sientes que va a caérsete las uñas. De hecho me sorprendía que todavía no se hubieran caído.
Mi frustración al acabar la clase era evidente, y caminar como si llevara aletas en los pies no ayudaba a mi dignidad.  Me dirigía, como mis compañeras, a los vestuarios, cuando la profesora me llamó.
-Escucha, Adriana -me dijo con un tono más amable que sólo se permitía fuera de las clases-. Sé que quieres estar en este grupo, pero creo que deberías plantearte pasarte a un nivel inferior. Las chicas serían algo menores que tú, pero están menos acostumbradas a las puntas y te sería más fácil engancharte.
-Usted misma dice siempre que una bailarina jamás va a por lo fácil -me atreví a replicar, y en su cara se formó un amago de sonrisa.
-Es tan solo un consejo.
-Lo sé -mis dedos de los pies ardían-. Pero si me deja, me gustaría seguir en su clase.
Me hizo un gesto que indicaba "adelante", yo asentí con la cabeza y me fui al vestuario sin mirar atrás.

Las chicas ya se estaban vistiendo para cuando yo hube cogido mi toalla y me dirigía a las duchas. Ver sus cuerpos fuertes y musculosos -pero nunca tanto como para perder la elegancia- me hizo sentirme gorda y fofa, y eso que siempre he estado bastante delgada. La sangre de mis pies tintó el agua de la ducha en cuanto que empezó a caer. Ya había pasado por eso antes. Lo peor, claro, es que la única forma de que dejen de sangrar es que salgan callos, y para eso hay que bailar, y para bailar hace falta ponerse sobre las zapatillas, y eso sólo hace que los pies sangren y duelan más. Digamos que es dolor sobre dolor. Cuando ya crees que no es humanamente posible que duela más, lo hace. Y cuando sientes que preferirías arrancarte los pies antes que andar con ellos -y me refiero literalmente a arrancarlos, no es una exageración ni una metáfora-, llegados a ese punto, entonces el dolor disminuye y dejas de sangrar. Por un momento me sentí enfadada con mis pies, enfadada de que hubieran perdido la costumbre y de que ya no fueran capaces de sostenerme como yo sabía que podían, como ya habían hecho.

Volví a casa exhausta. Mi madre me lanzó una mirada de preocupación, tal vez porque ella también entendía por lo que estaba pasando. Fue de hecho encontrarme sus viejas zapatillas de punta lo que me hizo volver a bailar. No estaba dispuesta a abandonar lo que me gustaba, como había hecho ella, aunque hubiera tardado demasiado tiempo en darme cuenta.

Después de cenar subí a mi habitación. Me gustaba mi cuarto. Y no sólo porque fuera el único lugar del mundo sobre el que tenía un relativo derecho a llamar mío, sino porque adoraba que lo que en cualquier casa sería un desván en la mía fuera mi habitación, me encantaba esa ventana redonda y el techo inclinado, y el repiquetear cercano de las gotas cuando lluvia cuando llovía, que parecía inundar el dormitorio.

Todavía tenía que hacer una redacción para clase de literatura, pero por otro lado también era el cumpleaños de Andrea (mi digamos mejor y única amiga en España), y no me creía capaz de elegir entre lo uno o lo otro así que saqué mi ejemplar de El Gran Gatsby y un folio en blanco, y encendí el ordenador e inicié sesión en skype. Algo que tenía muy claro era que el ballet me iba a quitar mucho tiempo, pero merecía la pena.

Como suponía, Andrea estaba conectada. Estuvimos hablando un rato -en mi algo oxidado español- de lo que le habían regalado y de cómo pasaba el tiempo, hasta que supongo que no pudo resistirse más y me preguntó si en el instituto me acribillaban a deberes, porque era tarde y ahí estaba yo, haciendo una redacción. No le había contado que había vuelto a apuntarme a baile, pero decidí que ese era el momento. De modo que alcé la vista del Gran Gatsby y se lo dije. Su imagen poco nítida me estuvo mirando unos segundos antes de contestar:

-¿Y si vuelves a lesionarte?
-No voy a volver a lesionarme.
-¿Has hablado con el médico?
-El médico me dijo que ya estaba curado.
-Que esté curado no es lo mismo que que puedas bailar otra vez.

El océano Atlántico que había entre nosotras no me dejaba ver la preocupación en sus ojos, pero yo sabía que estaba ahí.

-Andrea, no va a pasar nada. 
-Ya, bueno, lo que tú digas. ¿Lo sabe Kurt?

Entrecerré los ojos.

-Kurt no tiene por qué saber lo que hago o dejo de hacer. Ya no estamos juntos, ¿recuerdas? 
-Sabes que no le va a hacer ninguna gracia -dijo, ignorando lo que yo acababa de decir.

Así era Andrea. Obstinada y cabezota como ella sola. Aunque qué puedo decir yo, si en un concurso a cabezotas seguro que habríamos quedado empate. Por eso me sorprendía que nos lleváramos tan bien, claro que el hecho de que viviéramos separadas por miles de kilómetros y que nos viéramos con suerte una vez al año ayudaba, aunque pueda sonar raro. Por cierto, Kurt era el que había sido mi novio durante casi dos años. Y no, no le gustaba que hiciera ballet, por muchas razones que creo que ni él mismo llegó a entender del todo. Creo que simplemente no le gustaba que fuéramos tan diferentes. Él tenía un grupo de rock. Supongo que el contraste es evidente.

-Me da igual que no le haga gracia -repliqué.
-¿Rompiste con él por eso? -pregunta, de repente muy seria.
-¿Qué?
-Que si rompiste con él porque querías volver a bailar y sabías que Kurt no iba a estar de acuerdo.
-¡Claro que no! He roto con él porque quiero... no sé, libertad.

Unas pequeñas interferencias se interpusieron entre nosotras durante un momento en que su imagen permaneció congelada.

-Escucha, yo sólo quiero que estés bien -me dijo Andrea cuando la videollamada volvió a funcionar-, y creo que con Kurt lo estabas. No sé si cortar con él ha sido una especie de acto de rebeldía para volver a bailar o viceversa, pero creo que estabais bien.
-¡Exacto! -alcé la vista un instante del folio ya escrito por la mitad para inmediatamente volver a mirarlo y seguir buscando recursos lingüísticos- Estábamos bien. Y ya está, no me pidas más emociones porque ahí se acaba la lista. Pero yo no quiero eso, yo quiero más. Yo no quiero que mi novio sea como una vieja cortina que no cambio porque bueno, aún está bien.
-Qué metafórica te me has vuelto.

Sonreí sin mirar a la pantalla.

-¿Y qué? ¿Te gustan las nuevas cortinas?
-Bueno, todavía no he puesto unas nuevas. Ahora mismo he descubierto que detrás hay una ventana y un mundo enorme. A lo mejor nunca pongo otras cortinas.
-¿Te sientes mejor ahora?

Asentí con la cabeza.

-En fin, me duelen un poco los pies, nada por lo que no haya pasado antes.
-Es que mira que tienes valor para volver a meterte ahí, eh.

Seguimos hablando un rato más, pero para ser sincera no le presté mucha atención a Andrea. Estaba pensando en Kurt, y en lo que ella había dicho, en que quizás tuviera razón. Tal vez, en parte, había roto con él porque quería volver a bailar y no quería que él me pidiera no hacerlo. Pero lo que yo dije también era totalmente cierto, no quería estar simplemente bien. Quería sentir todo eso que dicen que se siente en las películas y en los libros, aunque no estaba segura de que eso fuera real y alguien pudiera experimentarlo alguna vez. Os diré una cosa. El amor es un problema. No uno solo, además, sino muchos, uno tras otro. Ya os adelanto que esa situación idílica de los libros no es más que ficción, y que no puedes pasarte la vida buscando eso porque jamás lo encontrarás. El amor nunca es perfecto, es caótico. Para empezar, no siempre es correspondido. Y cuando tienes la suerte de que lo sea, es como una montaña rusa que sube y baja constantemente, sacudiéndote y haciéndote o apretar los dientes o gritar. Pero también te provoca esa sensación cosquilleante en el estómago, y también te deja sin respiración. Y, al igual que el niño que sale vapuleado de la montaña rusa pero quiere subirse una vez más, los seres humanos nos enamoramos sin remedio por mucho daño que nos hayan hecho. Porque en el amor se hace daño, mucho. El amor te rompe, pero también te repara. Por eso, supongo, volvemos a él, porque igual que te destroza de la mejor manera, es capaz de hacerte sentir vivo como nada más lo hace. Así es el amor. No es perfecto, pero es real, y eso hace que sea bonito.

Con Kurt yo sólo había experimentado una leve parte de esto que os acabo de contar, posiblemente porque le quería, pero nunca había estado completamente enamorada de él, no al menos todo lo que poco después descubrí que se puede llegar a amar. No lo supe hasta que llegó él. Destruyéndome una vez tras otra como olas del mar que te hacen chocar contra las rocas, pero a la vez reparándome lo suficiente como para conseguir mantenerme a flote. Él.

[Bueno, pues éste es el primer capítulo de mi nueva novela. Hace ya un tiempo que la empecé a subir a wattpad, así que si queréis seguir leyendo sólo tenéis que pulsar aquí. Espero que os haya gustado/ os guste, y comentad, ¡gracias!]

Expuesta.

Perdida. Muchas veces incomprendida. Ni mejor ni peor, de hecho imperfecta en absolutamente todos los aspectos. Respiro palabras mientras todos a mi alrededor cambian su sangre por alcohol. Quiero crear, explorar hasta los más recónditos rincones de la condición humana, no quiero conformarme, quiero marcar una diferencia, aunque sepa que no es posible. Idealista hasta la médula, si bien sé que todo es mentira. Que el mundo es una mentira, que la sociedad es una mentira, que a nadie le afecta lo que hago pero a todo el mundo parece importarle, que la gente se alimenta de las vidas de los demás pero nunca se sacian, porque lo que creen ver no es lo que realmente es, y llenan sus cabezas de humo e ilusiones. Pero el humo se propaga con tanta facilidad, ah, la vida es humo. Y me gustaría pensar que entre el humo todavía quedan algunas personas auténticas, de esas que prefieren conversaciones cara a cara antes que a través de una pantalla, de esas que no han convertido las risas en una forma de salir del paso y los te quiero en un compromiso. Fantaseo con la idea de que todavía hay alguien que retiene una puesta de sol en su memoria en lugar de una cámara de fotos, que algo de lo que vemos es real y que los demás actúan por sí mismos y no por lo que piense el resto. Me encantaría encontrarme a personas que aún guardan bajo llave misterios de su vida, en lugar de lanzarlos al aire y convertirlos en más humo, y que pueden llegar a mostrártelos si comprenden que vales la pena. Quiero creer que la vida es algo más que ver hojas caer, que quedan personas en las que puedes confiar, de esas que sonríen a los desconocidos sólo porque la felicidad es mayor si se comparte. Ya lo he dicho y lo repito, soy una idealista. Y es muy cierto que, menuda estupidez, las personas me ponen nerviosa. Quizás debería haber nacido en otra época, porque nunca logro comprender cómo ve la gente de mi edad las cosas. No entiendo que lean un libro sólo para decir que lo han hecho, o para aclamar que adoran la lectura, porque es lo que se lleva. No entiendo que el único tipo de relación social que la mayoría parece ser capaz de tener sea o beber en compañía hasta que el cerebro no puede retener los recuerdos o comentar cosas banales vía mensajes que hablan por sí solos con cuatro simples términos (un reloj, un tic, dos tics, y una última hora de conexión, y no importa lo que la persona haga o diga después porque ese lenguaje ya lo ha dicho todo). Anhelo alguien con quien hablar de la vida, pero de la vida en general, no de lo que creemos que puede que quizás esté pasando en la vida del prójimo, porque, sinceramente, de eso no tenemos ni idea. Sé que todavía quedan personas como esas en alguna parte, de esas que se abren paso a través del mundo de humo que hemos creado, pero no sé cómo encontrarlas, ni si al final no acabarán cayendo también, igual que yo a veces me noto tambalearme. Es tan fácil dejarse llevar, tan fácil… no hay que hacer nada, no hay que esforzarse, sólo hay que hacer como hacen todos los demás y mirar antes a la pantalla de un pequeño (o no tan pequeño) aparato electrónico que a los ojos de otra persona. Y es que nos sentimos tan solos que hemos inventado cosas que nos hacen creernos que no lo estamos, pero lo cierto es que el vacío sólo se hace más y más grande, y nos quema por dentro, hasta que nos consumimos y nos volvemos humo. Yo no quiero ser humo, pero sería tan sencillo… No quiero serlo, me repito una y otra vez, no quiero. El problema es que tal vez ya lo sea.

sábado, 14 de febrero de 2015

ESPECIAL SAN VALENTÍN HARRY Y BOMBÓN

(Para que os situéis, digamos que esto pasa entre la primera y la segunda temporada. Disfrutad del especial de San Valentín, y por favor, agradecería comentarios.)

~~~

Abres los ojos perezosamente, hasta que la consciencia del día que es te hace incorporarte en la cama de un salto. 

-¡Buenos días! -Julia aparece por la puerta, como si hubiera sabido en qué momento te ibas a despertar- ¡Feliz San Valentín!

Todo lo que contestas es un gruñido de protesta, y mientras ella sube tu persiana, te dejas caer en la cama y te entierras bajo las sábanas.

-¿Qué te pasa? -notas el peso de tu amiga hundir un poco el colchón al sentarse.
-No me apetece -resoplas desde debajo de tu parapeto.
-¿No te apetece pasar el día con ese fantástico -y guapo- chico con el que sales? -sus palabras se posan en tus hombros con un leve deje de reproche.
-No es eso -asomas sólo hasta la nariz para mirar a Julia-. Es que no sé, el día de San Valentín es mucha presión. "¿Le gustará mi regalo?" "¿Haremos algo interesante?" Es como que te obligan a querer a la otra persona, y yo ya le quiero sin necesidad de que me digan que lo haga.
-Tú siempre tan antisistema -tu amiga y compañera de piso se ríe y tira de ti para levantarte-. Lo pasaréis bien, ya lo verás.

Es tu primer 14 de febrero que estás con alguien, y no estás muy segura de cómo debes actuar. Es una tontería, y lo sabes, pero un cosquilleo de inseguridad se ha asentado en tu estómago.

Julia sigue sentada en la cama mientras sacas un jersey marrón y unos vaqueros claros del armario. 

-¿En serio? -alza las cejas cuando coges un sujetador celeste del cajón.

Ella coge un conjunto negro de encaje y te lo pone en las manos en lugar del otro. Sonríe, satisfecha.

-Pero...
-Nada de peros -y sale de la habitación tarareando una canción.

Miras un segundo el conjunto de lencería que descansa entre tus manos. Bien, aumentando la presión.

Te vas a la ducha, y después de un buen rato, sales liada en una toalla y con el pelo mojado. Vas a tu cuarto para vestirte, pero te quedas paralizada en la puerta.

Allí está, sentado en la cama.

Tarda un breve instante en darse cuenta de tu presencia, pero cuando lo hace, sus ojos verdes te recorren desde los pies hasta la cabeza, parándose un poco más de lo estrictamente necesario en tus piernas desnudas. Se pasa una mano por el pelo, que lleva algo más largo que normalmente, y se muerde sin ser consciente el labio inferior. Tú no puedes sino sonrojarte. 

-Hola, bombón -sus labios se curvan en una sonrisa.
-Hola -contestas entrando por fin, y cerrando la puerta tras de ti. 
-Guau, esto sí que es un buen recibimiento -sus dedos rozan el encaje de tu sujetador, que está en la cama.
-No te hagas ilusiones -tus mejillas arden al tiempo que coges tu ropa.
-¿Por qué te sonrojas? He visto hasta el más oculto rincón que escondes ahora mismo con esa toalla.
-Ah, cállate, Styles -le lanzas los vaqueros pero él los coge en el aire.
-Míos -dice, triunfal.
-Harry, mis pantalones.
-Ven a por ellos -su risa inunda la habitación.

Por un momento te lo planteas, pero lo más probable es que la toalla acabe en el suelo y la sangre de todo tu cuerpo se vaya a tu cara, y entonces Harry conseguiría lo que quiere, así que alzas un poco la barbilla y te vas al baño. 

-Gracias por dejarle entrar sin avisarme, Julia, gran maniobra -gritas mientras caminas por el pasillo, de forma claramente irónica.
-¡De nada! -contesta ella.

Harry ríe de nuevo.


Cuando vuelves del baño, vestida completamente excepto por los pantalones -al menos el jersey te llega a la mitad del muslo-, vuelves a pedirle a Harry los pantalones, y él se niega a dártelos de nuevo. Pero ahora ya sí estás dispuesta a luchar. Te lanzas a la cama para cogerlos, pero él se da cuenta y los quita de tu alcance. Has caído encima de Harry, de modo que te atrapa con un brazo por la cintura para que no llegues a tu prenda. Como tiene las manos ocupadas, te roza el cuello con la nariz. Sabe dónde tienes cosquillas. Sueltas una carcajada y sigues forcejeando por librarte de él, pero entrelaza sus piernas con las tuyas y te inmoviliza por completo. Dejas de luchar y miras hacia abajo, a sus ojos. Tu pelo húmedo cae a ambos lados de tu cara, mojando un poco las mejillas de él, pero no parece importarle. Sus labios rozan los tuyos un instante, y después Styles susurra:

-Feliz San Valentín, bombón.

Sonríes en sus labios y le besas, aprovechando ese momento de distracción para quitarle los pantalones de la mano. 
Te levantas, triunfal, y riendo te pones la prenda.

-Y luego las mujeres decís que somos nosotros los que os utilizamos a vosotras -suspira él.
-No te he utilizado. Sólo he sabido reconocer cuándo estás con la guardia baja -le guiñas un ojo y coges tu mochila-. ¿Vamos?

Styles asiente con la cabeza y coge una pequeña bolsa de la que no te habías dado cuenta antes.

-Mmm, ¿qué llevas ahí? -preguntas.

Sus cejas se arquean levemente.

-Ya te enterarás -sonríe y sale con autosuficiencia de la habitación.

Niegas con la cabeza pero no insistes. Desde la entrada, te despides de Julia con una voz y salís del edificio.

-Bueno... -te quedas quieta una vez que estáis en la calle y él también se para- ¿Adónde vamos?

Harry suelta una carcajada.

-¿Qué? -frunces el ceño.
-¿Te he contado alguna vez con antelación los sitios a los que voy a llevarte?
-No -no necesitas siquiera pensarlo.
-¿Y qué te hace pensar que hoy va a ser diferente?
-Quizás porque es San...
-Valentín, ya -hace un gesto quitándole importancia con la mano-. Espero que no estés pensando que te voy a llevar a un restaurante empalagoso lleno de corazones y velas y parejitas cogidas de la mano porque...

No puedes evitarlo. Das un paso al frente y le besas. Inmediatamente, sin que parezca importarle que le hayas interrumpido, te rodea por la cintura y responde a tus labios.

-Me encantas tus impulsos -dice Harry, tú aún entre sus brazos-, pero no estoy seguro de haber entendido por qué.

Te muerdes el labio y le miras.

-Porque te aseguro que no quiero ir a un restaurante empalagoso lleno de corazones y velas. No sería nada parecido a lo que... nosotros somos.
-¿Verdad? -te regala una sonrisa con hoyuelos.

Tú asientes con la cabeza.

-Pues venga, vámonos por ahí a un antro de mala muerte -te coge de la muñeca y tira de ti.

Le das un golpe en el brazo.

-Ay -protesta, aunque es evidente que no le has hecho daño.
-Término medio, Styles.
-¡A sus órdenes, mi Capitana Bombón! -se pone erguido y hace el saludo militar.
-Eres un payaso -contestas, riendo.
-Pero precisamente por eso te enamoraste de mí.
-No, me enamoré de ti por tu moto -señalas el vehículo que descansa en la acera, enfrente de vosotros.
-iPero si te daba miedo!
-No. Tú me dabas miedo -haces énfasis en ese tú-. Anda, vamos. 

Te subes en la moto, como ya has hecho tantas veces, y dejas que Styles te lleve a quién sabe dónde.


Durante todo el trayecto llevas la mejilla apoyada en su espalda, tus brazos alrededor de su torso, sintiendo el reconfortante calor que desprende su cuerpo en contraste con el frío aire londinense que choca contra vosotros. Todavía no estás tan familiarizada con los viajes en moto como para sentirte cómoda separándote de él, o tal vez es sencillamente que te gusta su proximidad. En cualquier caso, no sabes dónde estáis hasta que Harry para la moto y te invita a bajar. Son las afueras de la ciudad, y hay…

-¿Una feria? –preguntas, mirando la noria que sobresale por encima de los puestos.
-¿No te gusta? –te mira con preocupación.
-¡Me encanta! –lo agarras de la muñeca y tiras para ir al interior del recinto.
-Bombón…

Te giras para mirarlo.

-El casco –dice, riéndose.

Te ruborizas, guardas el casco en la moto, y por fin entráis a la feria. Hay una afluencia considerable de gente –no sois la única pareja que ha decidido pasar el día de San Valentín allí-, pero no está tan lleno como para que sea agobiante. 

-¡Consígale un peluche a su dama! ¡Gane para ella uno de estos fantásticos regalos! –grita sistemáticamente un tipo de uno de los puestos.

Styles lo escucha y te mira.

-¿Quiere mi dama un peluche? –ladea una sonrisa.
-¿Soy tu dama? 
-La otra opción es mi moto, pero sinceramente, te prefiero a ti.

Es absurdo que te haga ilusión que te diga que te prefiere antes que a un objeto inanimado, pero te la hace. No es un objeto cualquiera… es su moto. Su posesión más preciada. Sonríes de oreja a oreja.

-Me lo tomaré como un sí. 

Te lleva hasta el puesto.

-Buenas tardes, buenas tardes –os saluda alegremente el dueño-. ¿Quiere un regalo para la dama?

Harry asiente con la cabeza.

-Es muy sencillo. Aciertas tres veces, eliges peluche normal. Aciertas tres veces en el centro, eliges peluche gigante –explica mecánicamente al tiempo que le tiende una escopeta de bolitas.

Styles se coloca en posición, respira hondo y dispara. Da en la diana, aunque no en el centro. Vuelve a disparar, y vuelve a darle. La tercera vez que dispara, falla. Suelta un bufido y tú no puedes evitar una carcajada ante su gran orgullo herido. 

-Estaba calentando –murmura.
-Claro, Styles, lo que tú digas.

Y como no hay persona más cabezota en el mundo que Harry Styles (sobre todo cuando se trata de su autosuficiencia resentida), juega dos veces más para intentar conseguirte el peluche. Va a pagar la cuarta ronda cuando tú pones tu dinero en el mostrador. 

-Tal vez yo pueda conseguirle el peluche al caballero –sonríes ampliamente y coges la escopeta. 

Harry alza las cejas.

-¿Qué pasa? ¿No crees que pueda darle? –entrecierras los ojos.
-Yo no he dicho nada –alza las manos, exculpándose.
-Pues ya veremos qué pasa.

En tu vida has jugado a eso, pero ya se dice por ahí eso de la suerte del principiante. Por algún motivo que no tú comprendes, consigues darle las tres veces. 

Cuando te giras para mirar a Harry, ves que está con la boca abierta.

-Así que no pensabas que pudiera acertar... -esbozas una sonrisa de autosuficiencia- ¿Qué peluche quiere el señorito?
-Te dejo que elijas tú.
-No, yo he acertado, tú escoges -alzas las cejas.
-Mmm... -Styles estudia todas las opciones y el tipo del puesto os mira con aire divertido- Ese de ahí.

Señala al peluche de un delfín. El hombre lo coge y se lo tiende. 

-¿Quiere volver a probar a conseguirle algo a la dama? -sugiere.
-Creo que ya estamos bien -se disculpa Harry. 

Camináis unos minutos, Harry con el delfín bajo el brazo, hasta que se para y te mira.

-Es tuyo -te lo ofrece.
-Con lo que me ha costado ganarlo para ti... -te metes con él.
-Ja, ja, muy graciosa. A lo mejor yo he fallado a posta.
-Ni lo sueñes -coges el delfín y lo aprietas contra ti-. Dime una cosa...
-Una cosa -te regala su sonrisa con hoyuelos.
-Imbécil -le das un golpe en el hombro con el peluche.
-Vaaaale, perdón. ¿Qué cosa?
-¿Has cogido el delfín porque sabes que es mi animal favorito?

Harry ladea la cabeza.

-Pues claro. Me lo dijiste aquella vez que fuimos al zoo, poco antes de nuestro primer b...

Igual que has hecho antes, le interrumpes en mitad de frase y le besas. Tú te acuerdas perfectamente de aquel día, cuando te llevó al zoo y os disteis vuestro primer beso. Lo que no pensabas era que él se fuese a acordar de aquel detalle.

-Guau bombón, hoy estás pero que muy efusiva -parpadea un par de veces.
-No todos los días son 14 de febrero.
-No, de hecho es uno cada 365, a menos que sea año bisiesto que entonces...

Vuelves a pegarle con el delfín.

-Vamos a la noria.

Él ladea una sonrisa y te coge de la mano.

-Sus deseos son órdenes.


Después de todo el día en la feria, decidís ir a casa de Harry. Toda la despreocupación que habías conseguido desaparece, y no estás muy segura de por qué. Quizás porque se acerca el momento de darle el regalo... y de otras cosas.

-¿Qué pasa, bombón? -te pregunta Harry mientras sostiene la puerta de su piso para que entres.
-Nada -te encoges de hombros, pero Styles no se lo cree.
-¿Segura?
-Cien por cien.
-Bueno... 

Caminas hasta el salón y te sientas en uno de los sillones. El piso de Harry es para ti casi como tu segunda casa. De hecho Julia dice que pasas más tiempo allí que en vuestro piso.

-¿Quieres beber algo? -pregunta él desde la cocina.
-¿Agua? 

Styles aparece un momento más tarde con sendos vasos de agua en las manos. Los deja en la mesita que hay delante del sofá y te mira. En su ausencia, has sacado el paquete envuelto en papel de regalo que llevabas en la mochila. La bolsa que él ha llevado todo el día descansa en el suelo, apoyada en el sillón.

-¿Por qué no la has dejado aquí? Has tenido que ir cargando con ella... –das un sorbo a tu vaso de agua.
-Porque así te creaba intriga -guiña un ojo.
-Pues no lo ha hecho -mientes.
-Sé que sí.

Te sonrojas. ¿Por qué no puedes saber mentir?

-Já, te pillé.

Sueltas un bufido y le tiendes su regalo. 

-Feliz San Valentín -murmuras.
-Podría decir algo que sonaría totalmente pasteloso y pegajoso y ñoño...
-Prueba.
-Que cuando es contigo, todos los días son como San Valentín.

Te quedas mirándolo un momento y sueltas una risita.

-Demasiado pegajoso, sí -aunque en el fondo te parece bonito escuchar algo así de vez en cuando.
-Vale pues... -carraspea y adopta voz más ronca de lo que ya la tiene- Feliz día, nena.

Ahora sí que no logras evitar la carcajada.

-Prefiero bombón.
-Pues antes no te gustaba...
-Pero ahora sí. Además, nena no te pega nada, Styles.
-Bueno, es que es a ti a quien tiene que pegarle, no a mí.

Niegas con la cabeza, divertida.

-Ábrelo -señalas tu regalo.

Sus ojos se iluminan en cuanto ve una chaqueta de cuero negra. La estudia por delante y por detrás, como un niño con un juguete nuevo, alucinado. De repente deja caer la chaqueta a su regazo y te mira con preocupación.

-Pero esto vale una fortuna...
-¿Te gusta?
-Sí, pero...

Un Harry sin palabras es difícil de ver, por lo que sonríes, fascinada.

-Harry -empleas su nombre, su nombre propio, ese que reservas para ocasiones importantes-. Es mi regalo. Sólo quiero que lo uses con seguridad, que te pongas casco... esas cosas.

En lugar de decir nada, se inclina hacia ti y te da un suave beso en los labios. Recorre con sus dedos índices las líneas de tu mandíbula, hasta que te sostiene por la barbilla y la alza para que le mires. Vuestras miradas entran en contacto, y como siempre te pierdes en sus ojos, esos preciosos ojos verdes que te vuelven loca, que te producen escalofríos. Dios, ¿cómo puede ser tan guapo? Pasas una mano por su pelo, y lo acercas a ti para besarlo de nuevo.

-Todavía falta tu regalo, bombón -susurra, en tus labios.

Reticente, te separas de él. 

-¿Te he dicho alguna vez lo preciosa que eres? ¿Y la suerte que tengo de que voluntariamente hayas decidido aguantarme? -pregunta al tiempo que coges la bolsa.
-He de admitir que es una tarea ardua pero satisfactoria.

Styles pone los ojos en blanco y tú te ríes. Al abrir la bolsa encuentras dos paquetitos, uno del doble de tamaño que el otro.

-Sé que no se puede comparar con tu regalo, pero...
-Shhh.

Coges primero el más grande y lo sopesas. Como no tienes ni idea de qué puede ser, lo abres. Aparece ante ti una caja de tapa transparente con un montón de bombones -cada uno distinto- dentro, y en el hueco para cada uno, una palabra escrita. Al quitar la tapadera lees algunas: 

"Felicidad"
"Fortuna"
"Locura"

-Es de una tienda que te deja hacer una selección... Cada bombón tiene un nombre, y bueno yo he cogido los que tienen nombres de emociones que me haces sentir, porque en fin, yo te llamo bombón y eso son bombones así que es como una metáfora o algo así...

Sigues leyendo, maravillada, ahora viendo cada palabra como un tesoro.

"Amor"
"Libertad"
"Deseo"

Te sonrojas levemente ante esta última.

-Me encanta -dices en voz bajita.
-¿Qué? -Harry se revuelve en el sillón con nerviosismo.
-Que me encanta. De verdad, es maravilloso.

Su alivio es casi palpable. 

-Falta el otro... -te recuerda. 

Asientes con la cabeza, y dejando con cuidado los bombones en la mesa, coges el paquete más pequeño. 

Es un portafotos de color madera, que dentro tiene una foto que os hicisteis Harry y tú un día sentados en el césped, tú entre las piernas de él con una enorme sonrisa en los labios. Harry sale besándote la mejilla. 

-Está escrita... por detrás.

Sacas delicadamente la foto del marco y le das la vuelta. Ves a Styles mirarte ansioso, de esa forma en que no se le ve muy a menudo, cuando deja de lado su típica prepotencia y se convierte en alguien sensible y casi tímido. Te encanta. Todo él te encanta. Eres consciente de lo afortunada que eres, y un enorme sentimiento de calidez y de amor te invade y casi te quema por dentro. Todos los nervios que has sentido antes desaparecen por completo.

-Te quiero -dices, todavía sin haber leído lo que pone.
-Yo también te quiero -se inclina para darte un beso en la frente.

Entonces lees, su letra desordenada pero para ti tan bonita escrita con rotulador negro.

"Quería algo perfecto para regalarte, y me di cuenta de que no hay nada más perfecto que momentos como este contigo. Así que te regalo esta captura de uno de esos momentos, pero también todos los que espero que queden por venir. Te quiero. 
-H"

jueves, 5 de febrero de 2015

NUEVA NOVELA... PRÓXIMAMENTE


Bueno, como yo siempre digo, mi mente no descansa y no, no tengo intención de dejar de escribir, y de hecho ya tengo un proyecto de nueva novela. Una chica que hace ballet, cuya vida se ve determinada por las decisiones que toma, y cuyos sentimientos ni ella misma es capaz de terminar de comprender. Aquí os dejo el trailer, espero que os guste, y ¡comentad qué os parece! 


Ana.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

TESTIGOS DE LA LUNA - Capítulo 34 (ÚLTIMO CAPÍTULO)

I

Ayleen espera de espaldas a la entrada de la residencia. No ha sido capaz de entrar de nuevo desde que empaquetó sus cosas y se marchó de allí, y no entiende cómo Natasha ha podido quedarse. Quizás sea porque la vida de Natasha ya estaba allí, en esa residencia, mientras que la de Ayleen estaba empezando a asentarse cuando lo único que verdaderamente la ataba a ese lugar dejó de existir. Cuatro meses después de la muerte de Derek todavía le duele, todavía piensa en él, y no cree que eso vaya a cambiar nunca.

Una mano se posa delicadamente sobre el hombro de Ayleen, y la chica se da la vuelta. Frente a sí tiene a Natasha y a Connor. Esboza una pequeña sonrisa porque verdaderamente se alegra de que vuelvan a ser amigos, pero al pensar que tal vez eso sólo haya sido posible porque Derek no está le produce una punzada de dolor, y su expresión se vuelve seria de nuevo. 

Los tres echan a andar, y durante un rato caminan en silencio.

-¿Cómo te va en el piso, Ayleen? –pregunta Connor.
-Bueno, no puedo quejarme. Os echo bastante de menos, pero mis compañeras me tratan bien. ¿Y a vosotros en la residencia?

Natasha y Connor se miran con un brillo de complicidad en los ojos. La muchacha morena alza las cejas y Connor se muerde el labio inferior.

-¿Qué pasa? –Ayleen los mira al uno y al otro intermitentemente.
-Vamos, díselo –le insta Natasha.

El joven de ojos azules frunce los labios, como debatiéndose internamente por algo.

-¡Bah, ya se lo digo yo! –Natasha para de andar y mira a Ayleen con expresión grave- Connor está…
-… empezando a salir con alguien –termina la frase él mismo.
-Vaya –Ayleen sonríe-. Contadme, ¿la conozco?, ¿cómo se llama? ¿Qué hace?

Y durante todo el camino hasta la cafetería, le cuentan. Andrea, se llama, y estudia Derecho en la misma clase que Connor y Natasha. Ayleen sonríe y se intenta mostrar entusiasmada ante lo que su amigo le cuenta, pero le cuesta. No sólo le cuesta por el sencillo y egoísta motivo de que eso implique perder a una parte de su amigo, que ahora estará centrado en la tal Andrea, sino que sobre todo le resulta duro escuchar hablar de cómo otra persona ha encontrado a alguien con quien estar, cuando ella ha perdido al chico del que estaba enamorada. Cuando ella ha perdido la ilusión en las parejas, y en un futuro con alguien, porque no cree que sea capaz de volver a confiar en las historias de amor y en los finales felices. Al menos no en mucho tiempo.

-Pero bueno, aún estamos empezando, no es nada oficial… 
-Me alegro mucho por ti, Connor, de verdad –Ayleen se pasa una mano por el pelo, revolviéndoselo-. ¿Y tú, Natasha? ¿Cómo va la cosa con Axel?
-Nos estamos tomando las cosas con calma, ya sabes…
-Una tortuga tomándose las cosas con calma es más rápida que vosotros dos –bromea Connor.

Los labios de Natasha se curvan en una sonrisa, algo tampoco demasiado usual para ella. Por suerte tienen a Connor. Al principio, justo después de la muerte de Derek, cuando Ayleen decidió irse para seguir estudiando en un piso, solían quedar Natasha y ella, y sus reuniones, para qué negarlo, eran bastante depresivas. Entonces llegó Connor, a quien realmente la muerte de Derek le afectó, para qué mentir, por lo mal que lo estaban pasando Ayleen y Natasha. Para él no era lo mismo. No era la misma clase de dolor, de rabia, de impotencia, de asfixia. De modo que instauraron esas salidas, sólo ellos tres, con Connor como salvavidas, como bromista cuando es el momento adecuado. Como por acuerdo tácito, no se nombra a Derek cuando quedan, pero él está allí, todos piensan en él. Sin embargo, hoy, ese acuerdo se rompe.

-¿Y tú, Ayleen? 
-Yo, ¿qué?

Han llegado a la heladería y se sientan en la única mesa libre que hay, una para cuatro personas.

-Que si hay alguien por ahí que…
-Estás de coña, ¿no? –lo mira con incredulidad, y después sus ojos buscan los de Natasha, esperando que desapruebe lo que Connor acaba de sugerir.
-Ayleen… -Natasha suspira- A mí no me importaría. Y creo que él te diría lo mismo. No estarías faltando a su memoria, sólo estarías…
-Por favor, por favor –Ayleen cierra los ojos-. Dejadlo. Yo le quería. Y tardé mucho menos en enamorarme de lo que voy a tardar en olvidarle. Todavía le quiero. Y no podría… no puedo…
-Lo siento. No debería haber preguntado.
-Yo me alegro de que lo hayas hecho –dice Natasha-. En algún momento quería que Ayleen supiera que cuando decida empezar algo con alguien, la apoyaré.
-Si lo decido –la corrige la pelirroja.
-Ayleen, la vida sigue adelante, con o sin nuestro consentimiento… Pero si es con nuestro consentimiento, será mejor. Quizás no más fácil, pero mejor.

Ahí está. La joven cuyo novio la maltrató, cuyo hermano murió, la chica que conocía a Derek desde que nació y que posiblemente le quisiera más de lo que ya Ayleen jamás sería capaz de quererle, animándola a ella, a Ayleen, dándole consejos sobre la vida y transmitiéndole su fuerza. Eso sí es ser fuerte.

-Natasha, eres la persona más valiente que he conocido en toda mi vida –sentencia Ayleen, provocando a su amiga una pequeña sonrisa. 

En ese momento llega, muy oportunamente, el camarero, un tipo joven y bastante atractivo que siempre que van les atiende con un poco más de la atención estrictamente necesaria, y les pregunta si van a querer lo de siempre.

Ayleen asiente, pero luego cambia de idea, mira la carta, y selecciona un café al azar. Quizás nunca sea tarde para cambiar un poco.



II

Ese mismo día, está atardeciendo cuando Ayleen va en el autobús de vuelta a su piso, y no deja de pensar en Derek. Ha pasado tiempo, ya no es lo mismo, ya no se ahoga cada vez que piensa en él, ya ha empezado a aceptar que las cosas son así, y e incluso a veces, sólo a veces, es capaz de sonreír al recordar algún momento que vivieron juntos. Qué desgarradora es la vida, que en un instante se nos escapa de las manos, sin avisar, sin dar tiempo a despedidas, ni a dejar tras de ti unas últimas palabras dignas de recordar. Que a algunos no los abandona cuando lo desean, y a otros se les va antes de que sepan siquiera lo que es vivir. 

Ayleen mira por la ventana del autobús, y ve acercarse cada vez más Millenium Park. A ella todavía le faltan un par de paradas, pero antes de ser casi consciente de ello, ya está en pie y camino de la puerta del autobús cuando éste para.

Hay gente entrando y saliendo del parque –sobre todo saliendo-, y la muchacha reproduce en su mente cuando Derek la llevó allí por la noche, y tuvieron el Haba sólo para ellos. 

“A veces hay turistas incluso por la noche. Hoy hemos tenido suerte”, le había dicho Derek. Hoy es uno de esos días en los que el flujo de turistas no parece tener fin, aunque quizás sea mejor así. Cuando fue con Derek, quería tener el mundo para ellos dos solos, pero ahora prefiere huir de la soledad, porque no tiene a Derek para compartirla con él.

Camina tranquilamente hasta el Haba, como hicieron aquel día, y observa en ella su reflejo, acompañado de los rascacielos de fondo y de la luz rojiza del atardecer. No sólo se ve a sí misma, sino que ve también a toda la gente que pasa por allí y que se mira también, quizás, como ella, buscando ver a alguien a quien nunca encontrarán. No está sola, claro que no. El mundo está lleno de gente, gente a la que irá conociendo a lo largo de su vida, gente que entrará en ella y que luego se irá, y otra que se quedará para siempre. El problema es que ella quería que Derek fuera una de esas personas que se quedara. Tal vez, en el fondo, ellos dos nunca estuvieron hechos para estar juntos. 

Ayleen va hacia la parte interior de la escultura y se sienta en el mismo sitio donde se sentó la vez que fue con él. Justo en ese momento no hay nadie allí dentro, y puede verse mil veces a sí misma. Una extraña calma se apodera de ella. Derek no murió heroicamente, ni tras una larga lucha con una enfermedad, ni haciendo algo que le gustaba especialmente, ni por ningún motivo que le honrase. Simplemente, murió. Como mueren la mayoría de las personas. Pero eso ya no importa. Ahora lo que para Ayleen importa es que hay gente que le echa de menos, gente que le recuerda. El único sentido que tiene la vida es hacer más felices a los demás, dejar una huella imborrable en sus vidas, y Derek dejó varias de esas. Es cierto que no era perfecto, ¿quién lo es? Pero quería a su hermana, y ahora ella es una persona más fuerte. Y fue el primer amor de Ayleen. La muchacha nunca se había enamorado de la forma en que lo hizo con Derek, y no sabe si volverá a sentir algo así alguna vez, pero se siente agradecida de que al menos tuvo la oportunidad de vivirlo, aunque durara poco. Aunque la última conversación que tuvieran fuera una pelea, porque ella pudo decirle que le quería antes de que muriera, y de alguna forma, Derek se las arregló para decírselo también a ella con ese mensaje de voz. 

En ese instante, Ayleen casi siente latir el tatuaje de la base de su espalda, a pesar de que se lo hizo un mes atrás. Le resulta casi imposible verlo se mire como se mire en el espejo, pero no le importa, porque tiene cada línea de ese dibujo grabada en su memoria. Unas runas entrelazadas a la luna, de la que tantas veces Derek y ella fueron testigos. El último boceto del libro de tatuajes de él, ese que Derek ya nunca podría hacerse. Ayleen apoya la cabeza en la superficie reflectante del Haba. Tal vez sea absurdo, pensar que lleva a Derek consigo sólo por unas líneas de tinta negra en su espalda, pero quiere mostrarlo, quiere llevar por fuera, como lo lleva por dentro, esa huella que Derek dejó en ella, quiere recordar siempre que estuvo enamorada de él y que fue feliz, aunque algún día encuentre a otra persona, aunque algún día tenga una familia y Derek no forme parte de esa familia, siempre formará parte de ella.

Ayleen cierra los ojos y por unos segundos casi le siente a su lado, su cálida pierna rozando la de ella. Todo irá bien, puede prácticamente oírle susurrar. Ya no duele tanto, y se pregunta si algún día dejará de doler completamente. No quiere que duela. Quiere recordar los momentos felices, porque eso es al fin y al cabo todo lo que tenemos en la vida: momentos. No hay que quedarse con el último, ni con el peor, ni tampoco con el mejor. Hay que rememorar todos y cada uno de ellos, los intermedios, las risas sin sentido, los besos, las palabras susurradas al oído, las lágrimas, los suspiros. Y entonces una frase pasa por su mente, fugaz, casi tan fugaz como cuando fue pronunciada. Una leve sonrisa cruza sus labios. El propio Derek lo dijo, después de ver con ella una película de la que Ayleen ya no se acuerda, porque lo importante en aquel momento eran sus labios, sus palabras. Derek dijo: Que una historia no acabe bien no quiere decir que no fuese bonita.

Y tiene razón. 


FIN

[Se acabó, y me gustaría deciros algo. Sé que me arriesgué con esta historia, porque es la primera que no es fanfic, y que no conseguí hacerla bien y enganchar a la gente, y que la gente ha dejado de leerme progresivamente a lo largo de los capítulos (en lo que supongo que también tiene algo que ver que no suba casi nunca por falta de tiempo). Por eso quiero agradecer el doble, el triple que de costumbre a las que seguís aquí que habéis leído hasta el final. Sé también que posiblemente haya sido un final que no os haya gustado, pero espero que tengáis en cuenta precisamente la última frase de este capítulo. En fin, por último deciros que mis intenciones son seguir escribiendo. No sé cómo de frecuentemente, pero una idea se está empezando a formar en mi mente, y no, no tengo planeado dejar de escribir en los próximos tiempos. Gracias de veras una vez más,y por favor, os pido hoy especialmente que si habéis leído comentéis, aunque sea sólo un par de palabras (si puede ser más, mejor, ya sabéis), para hacerme saber que estáis ahí. Vuestros comentarios son mis motivos para sonreír. Os quiero, y feliz año nuevo.

Ana.]

sábado, 6 de diciembre de 2014

TESTIGOS DE LA LUNA - Capítulo 33.

[Pulsad en los dos hipervínculos en rosa si queréis escuchar las canciones que he puesto para mientras leéis (el primero está en el I del principio y el segundo en el "bip"), y espero que os guste el capítulo]

I

Los ojos de Ayleen están fijos en la ventana, aunque en realidad no ven nada. Hace un día estúpidamente soleado, sin una sola nube que impida ver el cielo, como recordándole que el mundo sigue, ignorando el dolor ajeno.

Cada vez que suena el teléfono, cada vez que tocan a su puerta, Ayleen piensa que será él. Que ha vuelto. Que nunca se ha ido. Y cada una de las veces, cuando no es su voz la que escucha al otro lado del teléfono, cuando no son sus ojos negros los que encuentra al abrir la puerta, cada vez la realidad la invade de nuevo, la golpea, se la lleva a un lugar donde se asfixia, y no puede respirar, y siente una presión en la garganta que le impide incluso llorar. Después, después entra en un estado de inconsciencia en que sólo está a medias, en que no siente ni escucha nada, hasta que el final, cuando cierra los ojos, esa fuerza que la ahoga libera un poco la presión, pero sólo lo suficiente para que por fin pueda llorar, llorar hasta que se queda sin lágrimas y todo el ciclo empieza de nuevo. Y así desde hace dos interminables e insufribles días. Quiere gritar, pero no tiene ni voz ni fuerzas para hacerlo. Quiere volver atrás, a cuando estaba tumbada a su lado, sintiendo el latido del corazón de Derek bajo su mano, a cuando le dijo que le quería, para desdecirlo. Si no lo hubiera dicho, no se habrían peleado. Si se hubiera callado, si tan sólo hubiera dejado las cosas como estaban, si no le hubiera pedido que se fuera... Derek estaría vivo. Y es culpa suya, es culpa suya, no deja de repetirse que es culpa suya. "Bien" fue lo último que se dijeron el uno al otro. Una pelea fue la última conversación que tuvieron. La última. No habrá otra. Se acabó.

El proceso empieza una vez más. Comienza a faltarle el aire, y Ayleen lucha por respirar, pero no puede, se ahoga. Connor le acaricia el pelo y le susurra palabras que ella no llega a entender. Se balancea hacia delante y detrás entre los brazos de su amigo. Quiere a Derek. Le quiere. Y ahora no sólo sabe que él no llegó a sentir eso por ella, sino que nunca lo sentirá, que ya no hay un nosotros por el que luchar. Que ya no hay nada, nada.


II

Durante la cena, la residencia está sumida en un mutismo más que inusual. Seguramente Derek no les cayera bien a todos, pero por empatía, por respeto, o por contagio, nadie habla. Sin embargo, la mesa de Ayleen y Natasha está especialmente silenciosa. De toda la gente de la residencia, la una es la que mejor puede entender a la otra, y por una vez Connor, Hugo, Hayley y Marcus comparten mesa con Natasha, Axel y Spike. Axel mira a Natasha y le repite una vez más que tiene que comer algo, un poco, pero ella niega con la cabeza. Lleva dos días en los que baja a cada comida porque Axel la saca de su cuarto y la lleva gentilmente de la mano, porque se deja llevar como una muñeca que ha perdido la vida y lo único que consigue es mantenerse en pie. Pero no come, por mucho que Axel se lo pida.

-Natasha... -están en la puerta del dormitorio de ella.

La joven gira levemente la cabeza, como si no estuviera segura de que le están hablando a ella.

-Tienes que cuidarte, no puedes...
-¿Para qué, eh? -su voz suena angustiada- ¿Para qué? Me he quedado sola, sola...
-Eso no es verdad.
-¿Qué más da? Por mucho que me lo repitas no voy a comer, no puedo, es que no puedo. Y si eras su amigo, deberías estar sufriendo por él antes que vigilando lo que hago y lo que no.

Axel aprieta los dientes. Sabe que está desesperada, frustrada, cansada, que tiene una situación a sus espaldas que poca gente es capaz de soportar, y que está luchando por salir adelante. Pero su lucha es como intentar sacar los pies del barro, cada vez que lo intenta acaba más y más hundida.

-Pues claro que era su amigo. Pero la vida es de los vivos, y que tú te abandones a ti misma no va a cambiar nada.

Natasha lo mira, furiosa. 

-Voy a hacer la maleta para el entierro. Si piensas venir, deberías hacer lo mismo.

Saca la tarjeta de su habitación y entra, dejando fuera a Axel. Le duele verla así y le duelen sus palabras, pero no puede enfadarse con ella, y menos todavía en esta situación. Por muy egocéntrico que pueda sonar, sabe que Natasha le necesita, porque necesita ver que no esta sola. Es posible que, en cierto modo, esa sea la forma que Axel tiene de esquivar el sufrimiento por su amigo: intentando cuidar de su hermana tal y como Derek le pidió. Y piensa hacerlo. Piensa cuidar de ella pase lo que pase.


III

Ayleen guarda un vestido negro en la bolsa de viaje. No se lo ha puesto desde que llegó a Chicago, y ahora se arrepiente de que Derek no la viera con él, porque está segura de que esas mangas de encaje le gustarían.

Probablemente la rodearía por la cintura, la atraería hacia sí y le susurraría al oído lo sexy que estaba. Parece apropiado para su entierro, pues, y además tampoco tiene nada negro que ponerse para la ocasión. Un funeral no estaba precisamente entre sus planes ese año. 

Ayleen se sienta en la silla del escritorio para recuperar el aire que ya ha empezado a faltarle. Quizás aunque no hubiera tenido ese accidente, los brazos de él nunca hubieran vuelto a rodearla, quizás estaba tan enfadado con ella, o tan asustado del amor, que nada entre ellos hubiera vuelto a ser lo mismo. Pero lo preferiría, claro que sí, preferiría que estuviera vivo pero lejos de ella a saber que el mundo de ha acabado para él.

Llorar es absurdo, se dice a sí misma mientras intenta evitar que las lágrimas escapen de sus ojos. No tiene sentido, no va a cambiar nada, no puede hacerla sentir mejor porque nada puede hacerla sentir mejor. Llorar es absurdo, pero el llanto vuelve a apoderarse de ella una vez más. 

La pantalla del teléfono de Ayleen se ilumina, y la muchacha mira quién está llamando, otra vez con la estúpida esperanza de que sea Derek. Pero no, son sus padres. No puede contestar al teléfono así, llorando e incapaz de pronunciar una palabra coherente, especialmente porque sus padres siguen sin saber nada de lo que ha pasado. Ni siquiera les habló nunca de la existencia de Derek, ni tampoco les ha dicho que va a irse de Chicago dos días para ir al entierro de él en su ciudad natal. Una vocecita en su cabeza le dice que tal vez si se lo contase a sus padres podría desahogarse, pero no se ve capaz de hacerlo. De modo que espera a que la llamada se agote, y cuando empieza a poder respirar otra vez, se levanta para terminar de preparar su bolsa de viaje.

Entonces llaman a la puerta, y al abrir, Ayleen se encuentra a Natasha con el móvil en la mano. Su corazón da un vuelco ante la sensación de déjà-vu, pero esta vez no parece que la joven morena traiga malas noticias. No peores de las que ya hay, al menos.

-¿Puedo pasar? –dice Natasha.
-Claro.

Ayleen se hace a un lado para que su amiga entre a la habitación, tras lo cual cierra la puerta. Natasha se sienta en la cama, cansada, y Ayleen se queda apoyada en la pared. 

-¿Cómo estás? –pregunta la pelirroja.
-Tú sabes la respuesta a esa pregunta tan bien como yo –esboza una sonrisa triste.

Guardan silencio un momento, cada una pensando en el vacío de su interior. La mirada de Natasha acaba posándose en el equipaje de Ayleen.

-¿Todo listo?

Ella asiente con la cabeza.

-Aunque sigo sin saber qué explicación voy a darle a tus padres de quién soy… porque supongo que no les habrá hablado de mí.

Natasha niega con la cabeza.

-Derek no es el tipo de personas que suelen hablar de su vida… era –se corrige, al darse cuenta de que ha hablado de él en presente, y cierra los ojos un segundo con una mueca de dolor-. Pero te aseguro que el simple hecho de que vayas ya les hará ver que eras importante para él. 
-O simplemente que él era importante para mí –susurra Ayleen.
-Por eso he venido –Natasha alza las cejas como si acabara de acordarse de por qué está allí, y luego muestra el teléfono que sostiene en sus manos-. Con todo lo que ha pasado, ha estado llamándome mucha gente, y no había visto… no había visto el mensaje hasta hoy. En fin, creo que tú también deberías escucharlo. 

Le tiende el teléfono móvil y Ayleen lo coge, sin estar muy segura de qué está hablando Natasha. En la pantalla del móvil pone que pulse la tecla verde para escuchar un mensaje de voz. 

-Ya me lo darás cuando termines –Natasha se levanta antes de que Ayleen pueda pulsar, y sale de la habitación con un suspiro. 

Ayleen mira el móvil, aterrorizada. No sabe qué va a escuchar, ni si quiere escucharlo. Pero pulsa la tecla verde y espera.




Hola Naty. Supongo que estás con mamá y por eso no contestas, pero… necesito hablar con alguien y ya que tú no estás disponible, tu contestador automático tampoco me parece tan mala opción. Ayleen y yo nos hemos peleado, pero peleado de verdad, y es la primera vez que nos pasa y ahora no sé qué hacer. No me vendría mal algún consejo femenino. Ha sido una tontería, ¿sabes? Estábamos bien, y de repente me ha dicho que me quiere. Nunca nadie me lo había dicho antes, y no he sabido cómo reaccionar. Ha sido una estupidez, porque me he quedado callado, sin más, cuando una parte de mí se moría por decirle que yo también la quiero. Pero es que no lo sé, no sé lo que siento, sólo sé que nunca antes me había pasado algo así con una chica, nunca había querido andar por la calle de la mano de alguien, o simplemente pasar horas hablando, o incluso en silencio, y es una tontería pero me da miedo porque no lo entiendo. Así que soy gilipollas y en vez de decirle que yo siento lo mismo, nos hemos puesto a discutir, y ahora sé que la forma de arreglarlo no es decírselo de vuelta porque va a pensar que sólo lo hago para que nos reconciliemos, no porque lo sienta de verdad, y necesito tu ayuda, necesito que me digas qué puedo hacer, porque sí que lo siento, creo que sí lo siento, y estoy hecho un lío, pero no quiero perderla, porque es… especial, lo es. Y no sé lo que es implicarse tanto con una persona, pero si lo hago con alguien quiero que sea con ella y… En fin, perdona por darte la lata, pero cuando escuches esto, llámame, por favor. 
Te quiero.




Bip.